“A la luz de los resultados electorales, podríamos pensar que esta maniobra del miedo no surtió efecto”. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
“A la luz de los resultados electorales, podríamos pensar que esta maniobra del miedo no surtió efecto”. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Todo empezó con esas en algunas de las principales avenidas de Lima advirtiendo del peligro de la llegada del . En ellas podía leerse las frases “Piensa en tu futuro, no al comunismo”, “El comunismo genera miseria y pobreza”, “Ganar más por mi esfuerzo es ser libre”, “Protege tu trabajo y libertad”. Con el paso de los días las vallas fueron replicándose por varios distritos, San Borja, San Martín de Porres, El Agustino.

De repente, los letreros comenzaron a descentralizarse. Ahora se exhibían en Cusco y Arequipa con lemas sensibles a esas regiones, como por ejemplo “Con el comunismo, no hay turismo”, aunque también se repetían consignas avistadas en la capital: “En el Perú está en juego la libertad, es momento de poner el pecho por la patria”; “Anular tu voto es anular el futuro de tus hijos”; “¡Despierta, Perú!”. El tono era cada vez más intimidatorio.

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Desde un primer momento fue obvio el objetivo de esta estrategia financiada por empresarios: persuadir al público indeciso de los riesgos que, según entendían, comportaba una eventual presidencia de Pedro Castillo y orientar el voto en favor de Keiko Fujimori. Para justificar su “neutralidad” y no tener líos legales con la ONPE, evitaron mencionar a los candidatos en los paneles, pero el propósito era tan evidente que mucha gente comenzó a percibir estos mensajes como una manifestación arrogante y condescendiente de la clase empresarial, una consejería no solicitada, una subestimación al criterio del peruano de a pie.

Enseguida los carteles migraron a Huancayo y Cajamarca portando advertencias con referencias al extranjero: “Cuba: pobreza, muerte, miedo, desesperación” o “10 soles es el sueldo mínimo en Venezuela, yo voto por mi familia”. El miedo buscaba ahora colarse por el siempre apaleado bolsillo popular.

Sin embargo, para ese momento seguramente ya muchos transeúntes se reían o indignaban con esas pancartas llenas de publicidad hueca, que pretendían erigirse en algo así como la voz de la conciencia nacional, pero remitían más a la voz de una madrastra chinchosa que cada cinco minutos te jalonea las patillas para decirte, pobre inútil, cómo debes pensar.

También en Piura, en algunos distritos muy pobres, se colocaron avisos que parecían provenir del propio inconsciente ciudadano: “Mi mayor temor: que un kilo de pollo pueda costar mil soles”.

Y ya en el colmo de la desesperación, en la misma Piura, se colgaron banderolas con burdas y primitivas exhortaciones religiosas como esta: “No pierdas la fe, Dios te ama, confía en Él, ya no dudes. No votes en blanco, no a Castillo”. Sabíamos que Dios era peruano, pero no fujimorista.

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Consultado por periodistas de radio Cutivalú, el sacerdote jesuita Francisco Muguiro Ibarra dio una opinión contundente para descalificar esta sucia guerra publicitaria con toques de guerra santa: “Dios no va a votar: Dios quiere que el mundo mejore y todos nos igualemos un poco más. A Dios déjenlo ser Dios”.

A la luz de los resultados electorales, podríamos pensar que esta maniobra del miedo no surtió efecto, pues la mayoría de indecisos no se dejó engatusar por quienes, para combatir el terror, no se les ocurrió mejor idea que esparcir terror. Además, lo hicieron grotescamente, ni siquiera a través de austeros grafitis en muros de ladrillos, sino por medio de costosos y sofisticados artefactos. Y no se dieron cuenta de que al apropiarse de conceptos comunes a todos –democracia, libertad, familia o porvenir–, en vez de unir, polarizaban; en vez de convencer, disuadían. Cuanto más ‘didácticos’ creyeron ser, más insultantes resultaron.

Lamentablemente, el miedo fue diseminado con tal virulencia que cobró no pocas víctimas: gente que retiró su dinero del mercado, gente que busca irse ya mismo del país, gente que está segura de que le quitarán lo ganado en las últimas décadas, gente que invoca un golpe de Estado antes de fin de año, gente que a punta de agresiones biliosas arruinó buenas amistades.

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Es ingenuo esperar un gesto de armonía por parte de Castillo y Fujimori. No los imagino en un balcón, de la mano, haciendo un llamado conjunto a la unión de un país a cuya fragmentación ambos han contribuido. Como tantas otras veces, nos toca a nosotros apaciguar los ánimos a nuestro alrededor, buscar información real para erradicar los miedos que sobrevuelan el ambiente y confiar, como antes confiaron nuestros padres y abuelos y mañana confiarán nuestros hijos, en que no todo está jodido en el Perú y que allí donde muchos ven apocalipsis quizá haya, escondida, una oportunidad. //

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