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Cuando estás con pena, ¿qué haces?, por Carlos Galdós

"Es necesario que la reconozcamos, le demos la bienvenida, le abramos las puertas". Lee "Cuando estás con pena, ¿qué haces?", la columna de Carlos Galdós

Carlos Galdós

"Es necesario que la reconozcamos, le demos la bienvenida, le abramos las puertas". Lee "Cuando estás con pena, ¿qué haces?", la columna de Carlos Galdós. ILUSTRACIÓN: NADIA SANTOS.

La pena es tal vez el sentimiento más sabio que hay. Es aleccionadora, sumamente introspectiva y, sobre todo, confrontadora. La pena nos pone contra la pared y siempre viene con una notita bajo el brazo que dice: “Esta es la oportunidad de cambiar”. La pena permite hacer cambios estructurales en nuestras vidas, pero como toda enseñanza viene también con un camino largo, profundo, honesto… La pena no enseña nada por sí sola, es necesario que la reconozcamos, le demos la bienvenida, le abramos las puertas, la acojamos, la recibamos, conversemos con ella, la sintamos, la abracemos. Es fundamental para que la pena pueda cumplir su misión sanadora que estemos dispuestos a entregarnos a ella sin tomar ningún calmante para el dolor. ¿Es fácil? No, pero lo que viene después de ella es mucho mejor y lo vale. Por eso es necesario para recibirla que seamos lo suficientemente sinceros con lo que no nos está funcionando en la vida. Sin tirarle la culpa a nadie, asumiendo la total y absoluta responsabilidad de todo lo hecho hasta ese momento en los diferentes planos de nuestro ejercicio en el mundo. Solo desde ese lugar de responsabilidad la pena hará su labor; lo otro solo te dará más dolor: pena sobre pena.

Tengo que decirte también que la pena es una visitante frecuente. Así como cuando viajas mucho en la misma aerolínea y te conviertes en ‘pasajero frecuente’. Así, igualita, es la pena. Así que más vale que la esperes siempre con su boarding pass listo, su asiento seleccionado y el itinerario bien clarito para saber a dónde te quiere llevar esta vez. Lo que de ninguna manera puedes permitir es que la pena se quede instalada en ti, que no se quiera bajar del avión, porque, si no, te convertirás en un apenado y ahí el viaje de la vida perderá su razón de ser. La vida es un viaje: me ha tomado 44 años entenderlo. Hoy que por fin lo veo, no me resisto a ello. Muchas veces elijo yo la ruta pero hay otras tantas que esta cambia de camino. Como el GPS del automóvil cuando se pone en modo ‘recalculando’. Lo peor que puedes hacer es resistirte. La ruta ya cambió: ¡acéptalo! No quieras cambiarla, ya estás ahí, lo más importante es el destino final. En la ruta está el aprendizaje. No te confundas. Entiendo que tú obviamente elegirás la ruta más fácil. Yo también lo hago siempre. La sorpresa es que nunca es así, aparece el ‘recalculando’ del GPS de nuestra vida y le pone sabor a la ruta. En ese momento aparecerán baches y huecos, luego verás que, como Mario Bros. en el Nintendo, mientras más obstáculos en el camino, más poderoso te haces.

La pena es como la meditación, hay que estar solamente quieto. Así de simple, en escucha, abierto. Al principio no escucharás su mensaje… pero confía en tu silencio. Es necesario que silencies todo lo que te hace bulla. Silencia el sexo, que cumple funciones analgésicas del dolor. Silencia el alcohol, la juerga, las drogas. Silencia a las personas que siempre te dan la razón. Silencia el impulso de hacer algo para sentir alivio. Como contraparte te sugiero conectar desde la quietud, un espacio de soledad, la naturaleza, el campo o el mar, lo que más te guste… No es necesario estar a oscuras en tu cuarto con las cortinas cerradas y unos Kleenex al costado. Eso está bien para las películas. La pena es un regalo muy profundo que sale de tu interior, de ti para ti, disfrútala.

Deseo de todo corazón que la pena te haga feliz.

P. D. Cuando tengo pena escribo como ahora mismo y he entendido que en mi caso compartir mis emociones también me sana y estoy esperando con ansias su mensaje. Cuéntame qué sientes cuando nos veamos por la calle. Yo siempre escucho, salvo que me veas con mis hijos. Ahí me concentro solo en ellos. Ahí nos vemos… Porque una pena entre dos es menos atroz. //


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