"Aunque nos separa solamente una pared, a veces me siento recluido en el último pabellón de Piedras Gordas". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Aunque nos separa solamente una pared, a veces me siento recluido en el último pabellón de Piedras Gordas". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Se suponía que, llegadas las últimas semanas de julio, escaparíamos del calor calcinante de Madrid internándonos en una isla del Mediterráneo. Así lo hicimos el año pasado, pretendíamos repetir la expedición y cumplir el libreto: visitar playas, comer pescado, ver a la niña correr y construir esculturas de arena, nadar en la mansedumbre de las aguas transparentes, tumbarnos en la toalla y beber mojitos hasta que se oculte el sol, fenómeno que en verano suele retrasarse hasta pasadas las diez de la noche.

Faltaban solo dos días para las vacaciones; sin embargo, los planes se frustraron a raíz de un incidente negativo. O más bien, positivo. Un amigo mexicano informó en el chat grupal del fútbol que acababan de diagnosticarle covid. “Lo lamento, chicos”, añadió. No era para menos: dos días atrás, después del último partido, nos habíamos reunido a beber cervezas, de modo que ahora los demás éramos sospechosos comunes. No bien llegué a casa me apliqué una prueba de antígenos. Salió positiva. No podía creerlo. Maldije a mi amigo, a México, al fútbol y al destino. Quise negar lo evidente pensando que a lo mejor había manipulado incorrectamente el hisopo a la hora de introducirlo en mi nariz, así que acudí a un laboratorio cercano para una segunda muestra. A la media hora un documento confirmó la presencia del virus en mi organismo.

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Apenas le conté lo sucedido, mi esposa, que llevaba meses diseñando el viaje, comenzó a echar humo por la cabeza y a dirigirme unas frases que, aunque no alcancé a oír con exactitud, resultaban claramente ignominiosas. Superada la cólera, sacó a relucir su espíritu resolutivo de médico y en dos patadas definió cómo nos distribuiríamos familiarmente para cumplir el rigor de la cuarentena. “Tú, al cuarto, a-h-o-r-a”, ordenó.

Mi hija de tres años, con el flotador en la cintura y el balde en una mano, lista para subirse al avión (aunque todavía faltaban cuarentaiocho horas), no encajó bien las tristes novedades, pero la pena le duró diez segundos –bueno, veinte–, pasados los cuales, en conmovedor gesto de desprendimiento, me prestó su muñeco de Papá Pig para que me hiciera compañía durante el confinamiento.

Durante los tres primeros días arreciaron el dolor de cabeza, la tos seca y el malestar general, luego los síntomas fueron remitiendo gracias a que estaba vacunado. Hoy es el séptimo de los diez días que debo permanecer aislado. En esta habitación convertida en isla sanitaria no hay mar ni palmeras ni mojitos. Apenas un ventilador de pie cuyo aire constituye una pésima imitación de la brisa mediterránea, un velador que es también escritorio y una bolsa donde se mezclan mascarillas sobreusadas, cajas de paracetamol y botellas de agua vacías. En vez de gaviotas, me ronda una mosca que se cuela diariamente por la ventana (no puedo asegurar que sea la misma) y, a falta de horizonte marino, tengo frente a mí una laptop que me rescata del aburrimiento, donde se me ha dado por ver películas con tema isleño: La isla siniestra, La isla de los condenados, La isla del doctor Moreau, La isla de las mentiras.

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Aunque la cama tiende a succionar al enfermo y el enfermo a dejarse absorber, estar echado mucho tiempo es peligroso para un infectado por covid: pueden formarse coágulos en las piernas o brazos y trasladarse a otras zonas, como los pulmones. Para evitarlo hago calistenia matutina, desinfecto las superficies aledañas, ordeno el guardarropa y hasta leo de pie (pero no mucho rato, porque me complica el subrayado). También me levanto para recoger los alimentos que mi esposa deja tres veces por día al otro lado de la puerta, junto a los dibujos que envía mi hija. A ellas solo las veo por Facetime. El encierro es tan severo que aunque nos separa solamente una pared, a veces me siento recluido en el último pabellón de Piedras Gordas, aunque dadas las gollerías esto se parece más a la Base Naval.

Me tranquiliza comprobar que la vacuna funciona. No dejen de vacunarse ni dejen de vacunar a su familia. La vacuna no impide que te contagies, pero sí que mueras. Vacúnense, pero mantengan la guardia arriba, no asuman la inmunización, no se relajen, no piensen que ya están fuera de peligro. Lamentablemente esto todavía tiene para largo. //

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