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Viaje al interior de una mente corrupta, por Umberto Jara

La neurociencia ha identificado los siniestros sensores que se activan en el cerebro de corruptos y corruptores, y los rasgos psicopáticos que ostentan. No es una condición patológica, pero frente a lo que vivimos, vale preguntarse cuán enferma está una sociedad que los tolera y los elige

Corrupción

Los corruptos padecen dos desórdenes de la personalidad: conducta narcisista y conducta antisocial o psicopática. Aléjese de ellos.

En el año 2002, durante la investigación realizada para el libro Ojo por ojo, la verdadera historia del Grupo Colina, el entonces prófugo jefe del citado destacamento paramilitar, Santiago Enrique Martin Rivas, hizo una afirmación que anoté en una libreta hace ya 16 años. En su momento la afirmación me pareció exagerada; hoy tiene una dramática vigencia: “Usted verá que las acciones de Montesinos tendrán secuelas en por lo menos toda la siguiente década”.  

Integrante del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), Martin Rivas conocía detalles siniestros y diversos y, en aquella ocasión, se refirió al método de copar las instituciones con individuos elegidos por el único mérito de estar dispuestos a aceptar las órdenes que se les entregaban. En el caso del Congreso, parlamentarios manejados vía beeper; y en el Poder Judicial, jueces y fiscales digitados desde el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Dos poderes del Estado, el de las leyes y el de la justicia, operaron durante años con un esquema ajeno a las normas establecidas y bajo el signo de las prebendas monetarias y el tráfico de influencias. El signo desastroso de aquel tiempo continúa afectando al Perú de hoy y se resume en la destrucción de la institucionalidad del país originada en los años 90, situación que no fue corregida por ninguno de los cinco gobiernos siguientes. 

Un vídeo de esos años sombríos ha reaparecido, esta vez, en las redes sociales. Fue grabado en el año 1998 y en él se puede ver a Montesinos diciéndole al íntegro de la bancada fujimorista de entonces: “Tenemos el control del Poder Judicial y el Ministerio Público. Teníamos en contra al Consejo Nacional de la Magistratura. Hemos llegado a tener una posición positiva. […] ¿Qué pasa si el año 2000 no tenemos el control? [...] A toditos nos mandan al Poder Judicial”. Hoy hemos sido testigos de la existencia de un sistema para controlar los dictámenes de la justicia, sea para procurarse impunidad o para avanzar en negocios no siempre lícitos. El motor que activa e impulsa al mercado judicial se resume en una palabra: corrupción. 

Orígenes de la corrupción
El fenómeno de la corrupción es muy antiguo –“No recibirás presente porque el presente ciega a los que ven y pervierte las palabras de los justos”. La Biblia, Éxodo 23:8– y es también muy diverso, pues sus causas tienen que ver con aspectos históricos, sociológicos y antropológicos. En los últimos años, las neurociencias han empezado a prestar atención al asunto porque, al fin y al cabo, corresponde a aquello que nombramos como la (pobre) condición humana.

Un neurólogo argentino Facundo Manes logró trascendencia con un libro que tituló Usar el cerebro, uno de cuyos hallazgos fue una dura conclusión: “Sin importar cultura, edad, clase social o religión, el hombre es corrupto por naturaleza: piensa primero en el bien propio y luego considera reglas morales y sociales”. A idéntica conclusión arribó el médico español Luis Fernández, autor de Psicología de la corrupción y los corruptos: “El ser humano es un animal con una tendencia biológica a la corrupción”, alguien siempre dispuesto “a aprovecharse del sudor de los demás y a aprovechar cualquier cargo en beneficio propio”.  

He citado dos autores extranjeros para evitar suspicacias antes de escribir la línea que a continuación anoto: los peruanos somos, pues, bastante humanos; quiero decir: somos animalitos del Señor con el pecado original de la corrupción.

Ahora bien, esa tendencia natural a la corrupción es controlada cuando una persona recibe en su niñez una educación con valores y su estructura psicológica llega a distinguir aquello que está permitido y aquello que transgrede una norma moral. Después, cuando el individuo pasa del ámbito familiar al social, empieza a tener influencia el tipo de sociedad en que se inserta. Y ya sabemos que en este país la educación está colapsada desde hace demasiado tiempo y uno de sus efectos es haber instalado la tolerancia a la corrupción, y cuando no hay sanción ni social ni legal para esta conducta, se llega al extremo de ver la honestidad casi como una excentricidad. En el reciente Mundial Rusia 2018, los habitantes de la ciudad de Moscú tenían la costumbre de devolver al propietario los celulares extraviados. Ante este hecho, que debiera ser normal, asomaron las dos facetas peruanas: unos contaban con asombro haber sido testigos de un acto de honradez; otros… reían.  

Cuando el tejido social admite la viveza como atajo para conseguir objetivos; la influencia de los ‘contactos’ para conseguir ventajas por encima de las normas; las trampas menores toleradas como un uso social, entonces esa sociedad es un lugar propicio al surgimiento de personajes dispuestos a ejercer la corrupción en niveles mayores. Si la elección de autoridades admite, por ejemplo, la cínica frase ‘roba pero hace obra’, se están quebrando los necesarios medios de control y se está impulsando a personajes dispuestos, precisamente, a robar desde los cargos públicos utilizando las obras como coartada.  

En estos días hemos tenido ocasión de ver a insólitos personajes que se han unido a diversos miembros de la fauna parlamentaria. Como lo ha escrito el célebre politólogo Samuel P. Huntington: “Unos intercambian poder político por dinero; los otros, dinero por poder político. Pero en ambos casos se vende algo público (un voto, un puesto, una decisión) en beneficio personal”.  

A este tipo de personajes empiezan a prestar atención las neurociencias porque sus acciones ingresan en el complejo terreno psíquico. Evaluaciones neuropsicológicas como la prueba Iowa Gambling Task, una simulación de la toma de decisiones en la vida real, han demostrado que una persona, al momento de tomar decisiones, percibe señales emocionales –temores, dudas– que le permiten anticipar o evaluar los probables efectos de su conducta. En cambio, señala Nilton Custodio, magíster en neurociencias de la Universidad Cayetano Heredia, “los individuos con alteraciones de la corteza prefrontal ventromedial son incapaces de reconocer [dichas señales] y, a sabiendas de qué es lo correcto y qué es lo incorrecto, deciden elegir lo incorrecto”. 

Los científicos han logrado determinar un fenómeno que tiene que ver con un sensor cerebral llamado amígdala, que es una región del cerebro a cargo de las emociones, las sensaciones y los comportamientos del ser humano. Esta amígdala cerebral se enciende como una alarma cuando el individuo realiza actos impropios pero, indica el profesor Custodio, “conforme van repitiendo la misma historia, la activación de la amígdala va disminuyendo, lo cual se asume como una adaptación a la deshonestidad, a tal punto que los individuos terminan asumiendo que su comportamiento constituye un acto normal”. Esta es la razón por la cual vemos y oímos cómo los individuos registrados cometiendo actos de corrupción actúan con naturalidad utilizando un lenguaje banal, como si estuviesen realizando actos cotidianos. Es la misma razón por la cual, por ejemplo, la señora Yesenia Ponce dice que fue al colegio pero no recuerda ni a sus profesores ni a sus compañeros de aula. Y lo dice sin sonrojo ante cámaras. 

Además del inconveniente en la corteza prefrontal, los corruptos padecen dos desórdenes de la personalidad: conducta narcisista y conducta antisocial o psicopática. El narcisismo es un trastorno de la personalidad que lleva a los individuos que lo padecen a considerarse sumamente importantes; tanto, que asumen que pueden trasgredir las convenciones sociales. El diagnóstico añade un rasgo peligroso: carecen de empatía, es decir, consideran a las personas como objetos para sus fines. En cuanto a los rasgos antisociales o psicopáticos, significa que están dispuestos a correr riesgos actuando al límite de lo permitido socialmente, se sienten inmunes al peligro y carecen de compasión y remordimiento.  

Esto explica por qué tantos de estos personajes pueden prestar declaraciones ante la prensa o difundir vía Twitter comentarios negando lo evidente o exhibir títulos profesionales de los que carecen. El actual Parlamento constituye, en este sentido, todo un manual clínico.  

En vista de que los cultores de la corrupción son hábiles para hallar refugio en la impunidad, conviene alcanzarles una mala noticia: los expertos de las neurociencias coinciden en señalar que la presencia de los rasgos psíquicos antes señalados no justifica en absoluto los actos de corrupción porque no constituyen patologías y menos pueden ser considerados síntomas de una enfermedad mental. No es, pues, una causal de inimputabilidad.  

Aumento de la corrupción
En los últimos años, los niveles de corrupción se han incrementado notoriamente. ¿A qué se debe? En el caso peruano asoman dos factores. El primero está descrito con precisión por el científico social Samuel P. Huntington al indicar que, en los países en proceso de modernización, “la política se convierte en el camino a la riqueza, y las ambiciones y talentos emprendedores que no pueden encontrar lo que quieren en los negocios pueden hacerlo en la política”. El otro factor es la fatal tolerancia y la pasividad ciudadana ante los actos de corrupción. Soportamos desde hace años que la institucionalidad jurídica esté quebrada sin hacer nada frente a ello. El infortunio del país es que la corrupción avanza porque existe demasiada ausencia de organización social legítima en una ciudadanía más dispuesta a organizar protestas para que el futbolista Paolo Guerrero vaya al Mundial y menos a dar una batalla democrática, diaria y sostenida para evitar los desmanes del poder. 

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