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Marruecos o por qué hacer lo impensado, de vez en cuando, por Lorena Salmón

"La receta de la felicidad incluye invertir en experiencias, en recuerdos que se queden". La columna de Lorena Salmón

Marruecos

Marruecos o por qué hacer lo impensado, de vez en cuando, por Lorena Salmón.

Era el 2007. Había tomado la decisión de ir a visitar a mi hermana, que, años antes, en un arrebato de independencia, valentía y en una demostración de amor ciega, se había mudado a Londres con su enamorado. Él realizaría su maestría y ella buscaría trabajo momentáneo.

La idea del viaje era estar unos días en Inglaterra para llegar a Lisboa, desde ahí alquilar un auto, pasar por Sevilla, luego por Cádiz, llegar al extremo de España, Algeciras, tomar un ferry y cruzar el Estrecho de Gibraltar. Queríamos conocer Marruecos en busca de exotismo. Yo deseaba recibir mis 27 años en África.

En ese momento de mi vida –cuando tomé la decisión de viajar–, estaba sola, había sido madre soltera, mi hermana y quien actualmente es mi cuñado vivían en Londres y el viaje era una excusa para conocer su casa allá y conocer más de Europa. Pero como en la vida nadie puede darlo todo por sentado, el destino me presentó meses antes al amor de mi vida, quien sin dudarlo se trepó al avión conmigo. Era nuevo para todos, prácticamente, pero nos llevamos de maravilla.

Desde Algeciras hasta Marruecos solo hay 90 minutos de distancia en ferry. En nuestra travesía no había muchos pasajeros y por marearme estuve la mayor parte del tiempo echada boca arriba, bajo techo, mirando el techo (había la opción de salir a la proa o popa al aire libre).

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Marruecos o por qué hacer lo impensado, de vez en cuando, por Lorena Salmón.

La puerta de entrada a Marruecos –por España– es el puerto de Tánger, durante muchos años considerada la cuna diplomática europea. Sus costas son bañadas por el Mediterráneo y los visitantes son recibidos por el caos de decenas de comerciantes.

Llegamos y fuimos prácticamente atropellados por ambulantes o jaladores o choferes ofreciendo llevarnos. Todos gritaban. No entendíamos una sola palabra pero coincidimos en que solo queríamos movernos lo más pronto de ahí.

Cogimos un taxi cuyo conductor se ofreció a hacernos de guía. Hablaba, gracias a Dios, español. Teníamos que esperar horas en Tánger antes de nuestro tren a Marrakech, así que nos hizo un pequeño tour: visitamos barrios lujosos llenos de mansiones antes embajadas, las Cuevas de Hércules –14 kilómetros de grutas naturales donde se dice que pernoctó una noche el mismísimo Hércules– y la playa, donde me tomé una Coca-Cola en vidrio helada y con logo en árabe. Ese fue el momento premium.

En Marruecos el calor es insoportable. Hace tanto calor.

Sin mucha expectativa y sin reservación alguna, llegamos a Marrakech en temporada alta. Todo estaba lleno, así que conseguimos casi como de contrabando que nos subalquilen las habitaciones de servicio de un lujoso hotel cuyo nombre nadie recuerda.

Si pienso en ese viaje, lo primero que viene a mi mente es el calor, que derretía cualquier entusiasmo por ir a conocer nada. Me quejé absolutamente todo el tiempo y el último día desistí de cualquier movimiento que no fuera en el agua de la piscina con una Heineken helada en una mano.

Inclusive, camino a Esauira, playa cuna del windsurf, nos detuvo la policía, lo que nos generó una gran cantidad de ansiedad. No teníamos idea de cómo comunicarnos y nos intimidaban los rifles de los uniformados.

Después de hablarles con señas y apelar en español a que era mi cumpleaños, nos dejaron ir.

Juramos no volver nunca más ahí.

Pero la vida, insistiendo en mis lecciones de humildad y en que no necesariamente tengo el control de todo, me lleva nuevamente a ese lugar.

En unos días estaré tomando un avión hacia España con destino final Marrakech.

Una amiga mía se casa allá en una boda de ensueño, con parte ilustrado y todo, y nos vamos a festejar con ella.

Nunca había hecho algo así: tomar una decisión basada en ¿por qué no? En el hecho simple de aprovechar oportunidades que son únicas.
Antes criticaba internamente –quizá por celos o envidia– cuando mi hermana viajaba a través del globo para ir a un matrimonio (claro, tanto ella como su marido vivieron fuera muchos años e hicieron muchos amigos).

Pero ya no soy la misma persona que hace años. La receta de la felicidad incluye invertir en experiencias, en recuerdos que se queden a nivel vibracional, esos que cuando aparecen nos hacen sentir cosas hermosas y nos ponen la piel de gallina. //


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