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“La vida cambia en cuestión de segundos”, por Carlos Galdós

Razones para ir por la vida –y manejar un automóvil- con mucho, muchísimo cuidado.

La vida cambia en cuestión de segundos

'La vida cambia en cuestión de segundos', por Carlos Galdós. (Ilustración: Nadia Santos)

“La vida cambia en cuestión de segundos” es una frase que más de una vez hemos escuchado. Seguro la avalas, pero no le tomas la importancia suficiente hasta que algo te lo demuestra de un sopapo. “La gente es indiferente y nadie te ayuda en la calle” es otro de los enunciados que ya se ha hecho costumbre en nuestro día a día. “La ambulancia, cuando la llamas, nunca llega”, “pa’cojudos los bomberos”, “las viejitas son buenas”, “los niños no saben nada”. Todas son sentencias populares que lo único que tienen en común es la manera de pensar de quienes las repiten como loros.

Alberto y yo acabamos de ocupar el rol protagónico en un accidente de tránsito. Conocedores cada uno de nuestra responsabilidad en el evento, estamos viviendo segundo a segundo un partido que nos puede cambiar la vida a ambos por igual. Seguro te sabes de memoria los números de emergencia, de los bomberos, de tu casa, de tu esposa, etc… La realidad es que cuando esto ocurre no te acuerdas de nada y la primera frase toma sentido y se comienza a hacer carne en ti: LA VIDA CAMBIA EN CUESTIÓN DE SEGUNDOS. Miramos a los lados y estamos rodeados por un montón de gente que no hace nada, solo mira. Algunos toman fotos, asignan culpables y ni siquiera han visto nada. Se activa entonces la segunda frase: LA GENTE ES INDIFERENTE Y NADIE TE AYUDA EN LA CALLE. Parece ser cierta hasta que un taxista se acerca, saca su teléfono y llama a los bomberos y a la ambulancia del SAMU. Alberto y yo solo miramos desde donde estamos y sin energías. Frase desactivada. Claro que hay gente que ayuda, gente que inclusive deja de trabajar, pues logré ver que el pasajero se bajaba del taxi para embarcarse en otro mientras el chofer nos auxiliaba. Pasan diez minutos aproximadamente y el ulular de las sirenas nos da un primer alivio. Se desactiva inmediatamente la enquistada idea de que LA AMBULANCIA NUNCA LLEGA A TIEMPO. Falso de toda falsedad. No solo llega una, sino dos. Quienes primero auxilian son los bomberos con una pericia realmente asombrosa: dos paramédicos nos revisan con minuciosidad y en ese momento pienso en quién habrá sido el infeliz que acuñó eso de PA’COJUDOS LOS BOMBEROS. Si me preguntas qué pasó, no lo sé a ciencia cierta; es decir, tengo imágenes, flashes, voces y entre ellas la de una señora viejita que nos decía: “Ya váyanse ya, puro escándalo”. LAS VIEJITAS NO SIEMPRE SON BUENAS. Acto seguido unos niños que están saliendo del colegio nos preguntan si queremos que llamen a nuestras familias.

Traumático episodio. Alberto y yo, en la misma emergencia, con las mismas ganas de que esto salga bien y acabe pronto. No ha llegado a mayores daños, dice el médico, y ahora nos toca el trámite de ley.

Estamos ambos tan agradecidos con la vida que tampoco le damos importancia a eso, solo queremos llamar a nuestras casas y es lo que hicimos. Llegan nuestros familiares, nos abrazan, nos reconocemos y más allá de enfrascarnos en una discusión, nos enfocamos en que estamos vivos. Sacamos algunas conclusiones, reconstruimos los hechos, damos inicio al trámite policial, pero sentimos que no tiene razón de ser en nuestro caso. Nos sentamos en la vereda a conversar, no a ‘arreglar’, como nos dijo un policía. “¿Y tú que haces? ¿Tienes hijos? ¿Cómo te sientes?”. Tenemos más en común de lo que pensábamos: somos padres, tenemos hijos, estábamos preocupados en el momento del accidente, sentimos miedo, pensamos que no la íbamos a contar, intercambiamos teléfonos, no hemos dejado de comunicarnos todos los días para saber el uno del otro, y sobre todas las cosas estamos muy agradecidos con la vida porque nos dimos cuenta de que solo tenemos una.

Tengo un nuevo amigo, se llama Alberto y los dos hemos sobrevivido para contarlo. 

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