Vida socialEso es lo que ha dicho sobre España noticias, delantero del Real Madrid, luego de sufrir un episodio de racismo en el estadio de Mestalla, en Valencia. No ha sido el primer ataque y quizá no sea el último que tenga que lamentar el jugador brasileño, pero esta vez sucedió algo que antes no. Hubo repercusiones. Esta vez, harto de que se le comparara con un mono, Vinícius reclamó, alzó la voz todo lo que pudo y convirtió su indignación en cuestión internacional. En la cancha enfrentó cara a cara a sus agresores y luego, en redes sociales, criticó a los mandamases de la Liga por tolerar el comportamiento de los malos aficionados.
El caso ha desatado una corriente de solidaridad con el jugador a la que se sumó rápidamente el propio presidente de Brasil, Lula da Silva. En España, representantes de todas las fuerzas políticas se pronunciaron pidiendo dureza en las sanciones, tanto para los hinchas implicados como para el propio club. Los resultados se vieron pronto: tres de los culpables ya han sido identificados, mientras que la cancha del Valencia recibió cinco fechas de suspensión luego de los deplorables acontecimientos.
MIRA TAMBIÉN: “La sabiduría de Cuto”: Renato Cisneros comenta el reciente caso protagonizado por el exfutbolista
En la espiral de apoyo a Vinícius, sin embargo, se apreció, como en casi todas las cruzadas morales, notables contradicciones. El usuario de Twitter Mario Ojeda (@marioojeda724) recopiló hace unos días una serie de mensajes de adhesión al brasileño de parte de aficionados al Real Madrid que en el pasado reciente incurrieron en prácticas racistas públicas contra jugadores de otros equipos, al lanzar epítetos tan censurables como los que ahora ellos mismos encuentran indignos. No olvidemos tampoco a los políticos, periodistas y comentaristas que aseguran comprender la situación de Vinícius, peroooo… discrepan de sus críticas al país. Para ellos, en vez de decir «España es racista», lo sensato sería matizar: «hay racistas en España».
Ese ángulo de la polémica recuerda lo vivido en el Perú hace unos años, cuando se viralizó el ‘hashtag’ #PerúPaísDeVioladores para visibilizar el incremento de casos de agresión sexual. Muchos protestaron. Consideraban injusta esa etiqueta, pues metía en el mismo saco a culpables e inocentes. No obstante, lo que ese lema pretendía era llamar la atención de la sociedad frente a un flagelo indiscutible que hasta el día de hoy sigue sumando víctimas. (Siempre me ha parecido curioso, por cierto, que frente a generalizaciones laudatorias –«Perú, país de chefs», «Perú, tierra de arqueros», «Perú, cuna de poetas», «Perú, nación de emprendedores»–, nadie se moleste en hacer los matices que también corresponderían. Los mismos peruanos que hinchan el pecho con las definiciones positivas, aun cuando no los aludan, son los primeros en soliviantarse antes las frases incómodas).
Volvamos al fútbol y a la discriminación étnico-racial, un problema que en el Perú tiene historial. En «Casos de racismo en el fútbol (2013-2015). Una mirada desde sus protagonistas», el sociólogo Gonzalo Silva Infante hace un minucioso recuento de los diecisiete casos más saltantes registrados en esos años. En la mayoría de ellos, las víctimas fueron jugadores afrodescendientes, atacados desde la tribuna con los sonidos onomatopéyicos típicos del gorila o el orangután. La prensa también ha hecho lo suyo acuñando y naturalizando motes del tipo ‘Negro’, ‘Cholo’, ‘Foca’ o ‘Foquita’. Las conclusiones de Silva Infante son contundentes al remarcar la responsabilidad de las autoridades –árbitros, dirigentes, federación, Estado–, pues se trata de actores que solo reaccionan ante el escándalo público, pero que no mueven un dedo en materia de prevención.
COMPARTE: “Entre hijos y palabras”: Renato Cisneros y una reflexión por el Día de la Madre
Ese último factor me parece determinante para responder que sí, España como el Perú, y tantos otros países, son racistas. No solo por lo que sucede dentro de sus estadios, sino sobre todo fuera de ellos, donde los agredidos no son figuras deportivas con sueldos altos y medios masivos a su alcance, sino gente común, que casi nunca encuentra a nadie ante quien reclamar. Y no son países racistas solo porque haya gente que practica el racismo; también lo son porque existen autoridades que, pudiendo hacer algo, se quedan de brazos cruzados.
Como señaló el diario «Marca» esta semana: «no es suficiente no ser racista, hay que ser antirracista». Todos deberíamos militar en el antirracismo radical, y quienes encuentren exagerada esa postura deberían preguntarse primero cuántas veces han sido víctimas de un ataque por el color de su piel. Es crucial aprender a ponerse en los zapatos de los afectados. Solo esforzándose por ver la herida, algunos terminarán de convencerse de que hay enfermedad. //
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.

:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/UAZ6J52XUNBZLICZGOAG4ISBMI.png)
















