Muchos peruanos creímos que aquella atmósfera virulenta se había disipado. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Verónica Calderón)
Muchos peruanos creímos que aquella atmósfera virulenta se había disipado. Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Verónica Calderón)
Renato Cisneros

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El 17 de setiembre del 2000, a tres días de la , Alberto Fujimori anunció por radio y televisión la desactivación del SIN y la convocatoria anticipada a elecciones generales, precisando que no participaría en ellas. En las semanas siguientes, la ruina del régimen fue concretándose con una galopante sucesión de revelaciones, destituciones, huidas y renuncias, incluida la del propio Fujimori desde Tokio.

Después de aquel desastre, una vez recuperada la democracia, muchos peruanos creímos que aquella atmósfera virulenta donde personajes turbios convivían de forma natural con la corrupción se había disipado como se disipan los malos recuerdos. No fue así.

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La promesa general de nunca más incurrir en prácticas nefastas fue traicionada sistemáticamente por todos los gobiernos que siguieron, incluso por aquellos que llegaron al poder en medio de apabullantes ofertas de honestidad y moralización. El hecho de que ninguno haya alcanzado las profundidades miasmáticas en que nos depositó la dictadura, no los hace menos culpables del estado de putrefacción general del país en lo que va del siglo veintiuno.

A la luz de los eventos recientes cabe preguntarse si estamos otra vez frente a un escenario de similar descomposición. ¿Por qué, en medio del reguero de muerte que viene dejando la pandemia, los peruanos tenemos que preocuparnos de nuevo de grabaciones clandestinas, asesores ocultos, secretarias felonas, allanamientos, mentiras, conspiraciones y vacancias?

El intento de concretar una reforma política radical y el compromiso de entregar la banda el 28 de julio de 2021 llevaron a la opinión pública a . Esa confianza, no obstante, se ha cuarteado de modo irreversible a raíz del audio difundido la semana pasada donde se escucha al mandatario urdir una estrategia para escamotear a los fiscales detalles clave de su extraña relación con un personaje tan ridículo como Richard Swing.

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Si esa mentira no ha tenido efectos devastadores, es gracias a la angurria y torpeza de la dupla Manuel Merino y Edgar Alarcón, tontos útiles el uno del otro. Son ellos quienes, en su aparatoso afán por defenestrar a Vizcarra, terminan salvándolo. Su caradurismo lleva a pensar en ese aforismo del escritor español Ramón Eder que dice “la lucha por el poder puede ser terrible, pero la lucha por las migajas del poder es siempre patética”.

Más allá de las implicancias penales y las posibles sanciones que tendrán que enfrentar todos los aquí nombrados, lo que ya no se soporta, lo que de verdad agota es esta continua reiteración de eventos, como si nuestra política fuera una secuencia de déjà vu, un flashback larguísimo seguido de otro y de otro, un interminable Día de la Marmota cuyo mañana es exactamente igual a la víspera.

Aquí estamos, pues, al cabo de veinte años, espantando con idénticos conjuros a los mismos soñolientos fantasmas, recurriendo como antaño a esa palabra que parece definir el estado de ánimo del país desde los tiempos de su fundación: crisis.

El diccionario etimológico nos recuerda que “crisis” proviene de un término griego que significa “ruptura”, “separación”, “discernimiento” y “resolución”. Es decir, algo se ha roto y es necesario optar por un camino distinto de aquel que propició la ruptura. La cuestión es: ¿cómo se desliga de la ruptura una sociedad que la ha convertido en tradición?

Convendría no caer en el desánimo y arengar al lector recordándole que el 11 de abril del 2021 tendremos una nueva oportunidad de sancionar a los impresentables y renovar la clase política. Es seguro que algunos candidatos participarán con auténtico deseo de trabajar sin que eso implique aprovecharse del Estado; y es seguro que muchos votaremos con la ilusión de elegir a los mejores. Todo hace pensar, sin embargo, que pese a eventuales oleadas de cambio, pese a fugaces temporadas de vientos democráticos que distraerán la memoria, la historia acabará, tarde o temprano, por imponer su verdad. Esa verdad cíclica de la que no hemos aprendido a escapar. //

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