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toreando de salón en su finca en las afueras de Sevilla. Detrás suyo la señora Melita, de Junín, que trabaja con el. En la pared, la cabeza del toro Buzonero al que le cortó dos orejas en Madrid, 2016, el día de su confirmación. Con ese toro empezó todo lo que sucede ahora. (Fotos: Jaime Bedoya)

toreando de salón en su finca en las afueras de Sevilla. Detrás suyo la señora Melita, de Junín, que trabaja con el. En la pared, la cabeza del toro Buzonero al que le cortó dos orejas en Madrid, 2016, el día de su confirmación. Con ese toro empezó todo lo que sucede ahora. (Fotos: Jaime Bedoya)

Resumen

Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

toreando de salón en su finca en las afueras de Sevilla. Detrás suyo la señora Melita, de Junín, que trabaja con el. En la pared, la cabeza del toro Buzonero al que le cortó dos orejas en Madrid, 2016, el día de su confirmación. Con ese toro empezó todo lo que sucede ahora. (Fotos: Jaime Bedoya)
toreando de salón en su finca en las afueras de Sevilla. Detrás suyo la señora Melita, de Junín, que trabaja con el. En la pared, la cabeza del toro Buzonero al que le cortó dos orejas en Madrid, 2016, el día de su confirmación. Con ese toro empezó todo lo que sucede ahora. (Fotos: Jaime Bedoya)
Por Jaime Bedoya

Al cabo de quince días de estar viviendo en hoteles y durmiendo en la cama que tiene en su furgoneta, Andrés Roca Rey vuelve a su casa en las afueras de Sevilla. Hace un mes se jugó la vida en una tarde heroica en Bilbao, donde siguió reescribiendo con su propia sangre, mezclada con la del toro, la resurrección de un arte escénico extremo que sobrevive a contra pelo de una sociedad hipócrita que hace todo lo posible por no verle la cara a la muerte. Ni la del hombre ni la del animal. La vaca me la como, pero que se muera a solas.