Por Oscar García

Los parques de Lima se han convertido en escenarios improvisados donde, cualquier fin de semana, decenas de jóvenes saltan al compás de los caporales. Comparten el espacio con grupos de K-pop, reguetón y hip hop, y no es raro verlos grabar tiktoks o ‘shorts’ para capturar sus mejores movimientos. Pero el caporal no nació para las redes sociales. Su origen se encuentra en los años setenta, cuando esta danza echó raíces en el altiplano —entre Perú y Bolivia— y halló su escenario principal en la festividad de la Virgen de la Candelaria. Hay algo en la fuerza y el magnetismo del caporal que atrapa a las nuevas generaciones. Quizá es el salto que reta a la gravedad, la galantería o solo el tintineo metálico que marca cada unos de sus movimientos.

Conforme a los criterios de

Trust Project
Tipo de trabajo: