Por Oscar García

Como pasa a veces en la vida, los grandes amores pueden comenzar con un tropiezo. Carlos Gassols tenía cinco años la primera vez que pisó un escenario. Era un niño menudito, vestido como un súbdito imperial en una obra ambientada en el Japón feudal. No tenía que hablar, solo cargar un cojín, avanzar con respeto, dejarlo frente al señor y salir. El auditorio lo miraba con comprensible ternura, pero el pequeño dio un paso en falso y cayó de bruces. Se hizo un breve silencio, y luego, las inevitables risas. Igual, el niño se incorporó con dignidad, como un profesional. “Me levanté como si nada, recogí el cojín, lo coloqué de nuevo y me retiré despacito. Y el público se mataba de risa. Aplausos por todos lados. Así fue como empecé. Me enamoré de esa reacción”, le cuenta Carlos Gassols a Somos, con una sonrisa que aún guarda algo del niño.

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