
Como pasa a veces en la vida, los grandes amores pueden comenzar con un tropiezo. Carlos Gassols tenía cinco años la primera vez que pisó un escenario. Era un niño menudito, vestido como un súbdito imperial en una obra ambientada en el Japón feudal. No tenía que hablar, solo cargar un cojín, avanzar con respeto, dejarlo frente al señor y salir. El auditorio lo miraba con comprensible ternura, pero el pequeño dio un paso en falso y cayó de bruces. Se hizo un breve silencio, y luego, las inevitables risas. Igual, el niño se incorporó con dignidad, como un profesional. “Me levanté como si nada, recogí el cojín, lo coloqué de nuevo y me retiré despacito. Y el público se mataba de risa. Aplausos por todos lados. Así fue como empecé. Me enamoré de esa reacción”, le cuenta Carlos Gassols a Somos, con una sonrisa que aún guarda algo del niño.
Como pasa a veces en la vida, los grandes amores pueden comenzar con un tropiezo. Carlos Gassols tenía cinco años la primera vez que pisó un escenario. Era un niño menudito, vestido como un súbdito imperial en una obra ambientada en el Japón feudal. No tenía que hablar, solo cargar un cojín, avanzar con respeto, dejarlo frente al señor y salir. El auditorio lo miraba con comprensible ternura, pero el pequeño dio un paso en falso y cayó de bruces. Se hizo un breve silencio, y luego, las inevitables risas. Igual, el niño se incorporó con dignidad, como un profesional. “Me levanté como si nada, recogí el cojín, lo coloqué de nuevo y me retiré despacito. Y el público se mataba de risa. Aplausos por todos lados. Así fue como empecé. Me enamoré de esa reacción”, le cuenta Carlos Gassols a Somos, con una sonrisa que aún guarda algo del niño.
LEE TAMBIÉN | De la Casa Ghezzi a la de Hastings en un acantilado: Juvenal Baracco, el arquitecto que innova espacios y reinventa Lima en una libreta
Ese día, detrás del telón, su padre le dio su primera lección valiosa de teatro: “En escena, solo puedes hacer lo que esté escrito, lo que te diga el director”. Fue su primera gran enseñanza. Desde aquel tropiezo inaugural, Carlos Gassols no volvió a bajarse del escenario. Fue parte de una estirpe precoz y singular: la Compañía Infantil Hermanos Gassols, integrada por sus hermanos Irma, Zaida, Hilda y Fernando. Lo especial con ellos es que no hacían teatro para niños: lo suyo eran las zarzuelas, las operetas, las comedias y hasta los dramas, como “Los miserables”. El encanto estaba en que todos eran niños. Debutaron en 1934, en el Teatro Municipal del Callao, cuando Carlos tenía apenas cinco años, y durante los seis años siguientes recorrieron el Perú entero, encaramados en dos autos Ford, un Chevrolet y un Hudson de tres hileras.


“No había carretera Panamericana en esa época, así que era bien complicado. A veces dormíamos ahí mismo, comíamos fruta en el camino, y si llegábamos a un restaurante, comíamos ahí. Así fuimos los cinco hermanos, de Tumbes a Tacna, varias veces”, recuerda el actor sobre aquellos años en la carretera. Tiempo después, ya con una fama establecida, cruzarían fronteras y llevarían sus funciones hasta Chile, Argentina y Bolivia, con gran éxito. El maestro Gassols tiene un libro de recortes, que nos lo enseña, con las notas de prensa que salían en estos países, luego de cada función. Todas son celebratorias.
Hoy se discute mucho sobre lo duro que puede ser crecer bajo los reflectores, sobre todo en industrias de gran presión como Hollywood. Pero Carlos Gassols no parece guardar amargura alguna de aquellos años. Al contrario: su paso por la compañía infantil, está entre los recuerdos más felices de su vida. Trabajaban, sí, pero también estudiaban —una tutora viajaba con ellos— y, sobre todo, jugaban. La carretera no era castigo: era campo abierto para la aventura. Dormir en camiones o esperar durante horas mientras los autos se desatoraban del barro se convertía en el pretexto perfecto para saltar de los camiones y correr. Sus escenarios favoritos eran los departamentos de utilería de los teatros. Allí, con solo abrir un baúl, podían transformarse en piratas, en caballeros medievales, o en cualquier criatura que la infancia —y los disfraces— les permitiera imaginar.

Incluso los ocasionales momentos de desventura le enseñaron lecciones de amor y solidaridad, como aquella vez en que un incendio acabó con los materiales de la compañía durante una gira por Chile. “Hicimos la función de teatro como siempre y nos fuimos al hotel donde estábamos todos, y de pronto veíamos a un grupo de personas que salían y corrían, y era que nuestras cosas se estaban quemando en el local. La gente iba a ayudar a apagar el incendio. Se quemaron nuestros decorados, que eran de papel, algunas ropas”. La generosidad del público lo conmovió: en los días siguientes, vecinos y asistentes al teatro colaboraron con telas y mano de obra para que la compañía pudiera continuar. Diez días después, ya estaban nuevamente sobre el escenario.

A sus 95 años, el maestro Carlos Gassols no es un adulto mayor encerrado en el pasado. Está tan al tanto del acontecer nacional como cualquiera, y los temas políticos son los que más lo inflaman. Como a tantos peruanos, lo enervan la corrupción, el abuso de poder y la violencia de estos tiempos, pero se distiende cuando ve fútbol, su gran pasión. “Ve partidos todo el día, sobre todo de la ‘U’, que es su equipo favorito”, cuenta Gelsomina, su única hija, la que tuvo con Herta Cárdenas, su compañera de toda la vida. Don Carlos aprovecha para apuntar que pudo ser futbolista en lugar de actor. Jugó como puntero izquierdo en su adolescencia, cuando la compañía infantil ya se había disuelto. Su hermano, Fernando Gassols, llegó a jugar en clubes como el Atlético Chalaco. Carlos también fue muy bueno con la pelota, tanto que le propusieron dedicarse profesionalmente. “Yo llegué a jugar en el Estadio Nacional. Por eso es que me duele mucho la pierna, tuve una lesión que me quedó de esa época, pues”. Perdimos a un futbolista, pero obtuvimos un primer actor.


Los amigos de Carlos Gassols dan sobradas muestras de su integridad y desprendimiento. Uno de ellos es el productor y realizador Camilo Olivera, exalumno suyo en la época en que estudiaba en el IPP y quien aún lo visita con frecuencia. “Conversamos de todo. Tiene una memoria increíble. Reclama cuando ve algo que no le gusta en televisión, se emociona, recuerda, sigue vivo en todo el sentido de la palabra. Carlos no se ha detenido nunca”, cuenta. Durante la pandemia, Camilo fue testigo de la preocupación de Gassols por proteger a los suyos: “No quería salir de casa, no por él, sino para cuidar a su hija y a su nieta. Eso dice mucho de él. Siempre ha estado pensando en los demás”.
Por todo ello, hace algunos años, Camilo impulsó una campaña para que uno de los principales teatros del país lleve su nombre. “Quería que un teatro del país, como puede ser el Municipal, por ejemplo, se llame Teatro Municipal Carlos Gassols. No porque él lo necesite, sino porque lo merece. Y hay que dárselo en vida, para que él pueda sentir ese homenaje. No después”.


Don Carlos, leyenda viva del teatro en el Perú, ha protagonizado centenares de obras, además de algunas telenovelas y películas como “Caídos del cielo”, “Tinta roja”, “Viejos amigos” y “Octubre”, de los hermanos Vega, por la que obtuvo un premio a mejor actor en un festival en Vladivostok. Hasta hace un par de años, conducía un programa cultural y un podcast en Radio Nacional. Hoy vive con la salud algo delicada —lo natural a su edad—, alejado de los reflectores, pero no inactivo. Escribe todos los días: desde apuntes y publicaciones para Facebook hasta obras de teatro que espera ver montadas algún día. Recibe a sus amigos, los llama por teléfono (fijo siempre: él no usa celulares) y sigue observando el mundo con la atención de quien nunca dejó el escenario, aunque ya no se suba a él. //
:quality(75)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/elcomercio/XXS5WPWOGJGWTM6G7IULZTQRPY.jpg)
MIS RECUERDOS FAVORITOS
Para conocer a fondo la vida de Gassols, hace unos años publicó su libro de memorias, Mi vida en el teatro. Allí recopila anécdotas de su infancia, su trayectoria en el arte dramático, su viaje a Buenos Aires junto a su esposa Herta en busca de un mejor porvenir, y sus últimos años en Lima. El libro fue editado por el Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
- Los mellizos Braedt y su incursión en el mundo culinario: “Pollizos”, el restaurante que celebra al pollo, el diseño y la familia
- “Volver a tierras niñas”: la artista visual Inés Wiese reflexiona sobre el juego, la creación y la libertad en su nueva exposición
- Vernácula: más de diez años como una vitrina para la moda y el arte peruano
- Magnesio: el mineral ‘multitasker’ que (casi) todos necesitamos
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.






