Washington D. C. Dos enfermeras de la Cruz Roja conducen a un paciente durante la pandemia de gripe en 1918, que coincidió con los días finales de la Primera Guerra Mundial. Al frente, un titular de El Comercio de enero de 1919, que llamaba a prevenir la enfermedad. FOTO: Getty Images.
Washington D. C. Dos enfermeras de la Cruz Roja conducen a un paciente durante la pandemia de gripe en 1918, que coincidió con los días finales de la Primera Guerra Mundial. Al frente, un titular de El Comercio de enero de 1919, que llamaba a prevenir la enfermedad. FOTO: Getty Images.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

Hasta ahora, una de las más letales de las que se ha tenido noticias ha sido la peste negra, que azotó Europa y parte de Asia en el siglo XIV. Felizmente para nosotros, fue mucho antes de que sus navegantes pudieran traerla a este lado del planeta. Tristemente para ellos, se calcula que entre 25 y 30 millones de personas murieron como consecuencia de una enfermedad espantosa, que incluía fiebres de más de 40 grados, tos y flema sangrienta, sangrado por varios orificios del cuerpo, manchas azules o negras y la aparición de bubones negros, producto de la inflamación de los ganglios, en ingles, cuellos, brazos, piernas o axilas. La gangrena era casi inevitable. Literalmente, la gente se pudría en vida.

Hasta hoy, noche del jueves 12 de marzo, Italia, Francia y España son los países del Viejo Continente donde han aparecido más casos de . Más de 15 mil en el primero; alrededor de 3 mil en los otros. El miércoles 11, la OMS declaró la . Pero las cifras ni se acercan a lo acontecido en la Edad Media o a lo sucedido ya en el siglo XX, cuando a fines de la Primera Guerra Mundial la llamada ‘gripe española’ llegó a matar, incluso, más gente que el conflicto mismo. “Fue una cepa muy agresiva del virus que se llevó, más o menos, a un tercio de la población europea –nos dice Núñez Espinoza–. Llega a América y, en un verano entre 1918 o 19, es el tema central del carnaval de Río de Janeiro. Es una expresión cultural del pueblo a propósito del impacto que tiene una enfermedad”. A diferencia del , que afecta con mayor dureza a adultos mayores o personas con determinadas precondiciones de salud, la ‘gripe española’ tuvo entre sus víctimas a muchos jóvenes y adultos saludables, además de mascotas como gatos y perros. Es considerada la más letal, pues superó las 50 millones de víctimas entre 1918 y 1920. Curiosamente, no se originó en España, pero se le llamó ‘española’ pues, al ser neutral durante la guerra, fue uno de los países que difundió más noticias sobre la enfermedad y donde se le dio más atención.

A pesar de que los avances de la medicina lograron que la viruela dejara de ser tan mortal como lo fue antes, se siguieron presentando algunos casos. En esta imagen de 1898 podemos ver cómo ha afectado la enfermedad a un paciente. Imagen extraída del libro La Maladie de Carrion, ou la Verruga péruvienne, del doctor Ernesto Odriozola.
A pesar de que los avances de la medicina lograron que la viruela dejara de ser tan mortal como lo fue antes, se siguieron presentando algunos casos. En esta imagen de 1898 podemos ver cómo ha afectado la enfermedad a un paciente. Imagen extraída del libro La Maladie de Carrion, ou la Verruga péruvienne, del doctor Ernesto Odriozola.

Antes, durante el siglo XIX, Europa sufrió varias pandemias breves de cólera, enfermedad que tendría en 1991 su año más crítico en el Perú. “Las epidemias van más allá del impacto en la tasa de mortalidad. También hay uno en la cultura misma. Sobre todo en Lima y la costa del Perú hubo mudanza de hábitos alimenticios –nos dice Núñez Espinoza–. Una de las explicaciones posibles de por qué aumenta enormemente el consumo de pollo es porque el pescado fue satanizado. Cerraron cebicherías o se reinventaron con otros platos. La mayoría no quería arriesgarse a comer mariscos y contraer la enfermedad”.

“Definitivamente, una de las características de una epidemia es el desconcierto frente a lo desconocido. Además, deja ver reacciones sociales particulares, como el rechazo a ciertos grupos humanos que consideran sospechoso o la culpabilización de las víctimas”, anota el historiador.

En tiempos más recientes, el cólera y otras epidemias, como la gripe aviar H5N1 (2003), la gripe porcina H1N1 en el 2009 o el brote de ébola que sufrieron varios países del África occidental en el 2014 han sido un reto no solo para los servicios sanitarios, sino para los medios de comunicación y la población en general. Cuando vemos que algunos noticieros invitan ‘videntes’ que potencian el caos con apocalípticas predicciones, sentimos la misma desilusión que al ver las góndolas de los supermercados vacías después de que miles compraron mucho más de lo que necesitaban. En 1803, a su paso por Lima, Alexander von Humboldt escribió: “Un egoísmo frío gobierna a todas las personas y lo que no perjudica a uno no perjudica a nadie”. Más de 200 años después, algunos se esfuerzan por demostrar que hemos cambiado muy poco. //

Indígena con viruela, según una acuarela de Baltazar Martínez Compañón. Gracias a la colección de este religioso español, que llegó a ser obispo de Trujillo, hemos podido comprobar cómo afectaba la enfermedad durante el siglo XVIII. Lámina extraída del libro Trujillo del Perú.
Indígena con viruela, según una acuarela de Baltazar Martínez Compañón. Gracias a la colección de este religioso español, que llegó a ser obispo de Trujillo, hemos podido comprobar cómo afectaba la enfermedad durante el siglo XVIII. Lámina extraída del libro Trujillo del Perú.

VIRUS Y MITOS

La pandemia del COVID-19 contagia también las dudas. Algunas claves a tener en cuenta:

Contagio: El COVID-19 no se transmite por picadura de mosquito. Ocurre por contacto directo con gotículas de una persona infectada.

Rango: El virus expulsado por tos o estornudo de una persona infectada puede llegar hasta un metro de distancia. No más.

Desinfección: Ni alcohol ni cloro pueden acabar con el coronavirus cuando este ya ha entrado en el organismo. Solo desinfectan superficies.

Mascarillas: Hay que saber cuándo y cómo usarlas. Tiene un 95% de efectividad para evitar que personas infectadas contagien al hablar o toser.

Frío o calor: Las bajas temperaturas no mata al coronavirus. Más bien, los lugares cerrados o con poca ventilación por el frío, sí pueden ayudar a propagarlo. Algunos especialistas sostienen que el calor intenso puede destruir los patógenos, pero sobre todo sirve airear los ambientes.

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