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Nos encontramos con Luisa García Alva un día antes de que “Manuales de supervivencia” recibiera el premio a mejor película peruana en el Festival de Cine de Lima. La directora llega a esta conversación después de diez años inmersa en un proyecto que empezó como un ejercicio íntimo para registrar lo que le estaba ocurriendo tras recibir el diagnóstico de VIH. Con el tiempo, aquel material terminó convirtiéndose en una pieza audiovisual que explora el miedo, el estigma y, sobre todo, la necesidad de hablar.
Nos encontramos con Luisa García Alva un día antes de que “Manuales de supervivencia” recibiera el premio a mejor película peruana en el Festival de Cine de Lima. La directora llega a esta conversación después de diez años inmersa en un proyecto que empezó como un ejercicio íntimo para registrar lo que le estaba ocurriendo tras recibir el diagnóstico de VIH. Con el tiempo, aquel material terminó convirtiéndose en una pieza audiovisual que explora el miedo, el estigma y, sobre todo, la necesidad de hablar.
—¿Cómo recuerdas el momento en que recibiste el diagnóstico?
Lo primero que recuerdo es la negación. Mi madre y yo tenemos una relación muy estrecha y ella estuvo conmigo durante todas las hospitalizaciones, que ocurrieron en distintos lugares y duraron más de un mes. Recuerdo que las dos pensábamos: ‘no puede ser, esto no puede estar pasando’. Existe también un imaginario sobre el perfil de las personas con VIH y yo estaba muerta de miedo. Creo que volví a ser una niña: muy vulnerable y muy asustada.
—¿Qué fue lo más difícil de abordar con la cámara al contar tu propia historia?
Grabar a mi familia. Si iba a hablar de mí y de mi historia, ellos también estaban involucrados. No sabía cómo contarles. Entonces sentí que la cámara me ayudaba: era un escudo que me permitía acercarme a ellos, filmarlos y contarles que estaba haciendo una película. Fue difícil grabar a mi madre y a mi padre, pero la cámara me ayudó a vencer ese miedo.

—La película tomó alrededor de diez años. ¿Alguna vez pensaste en abandonar el proyecto?
Sí, muchas veces. Paraba de grabar y me cuestionaba si estaba bien hacerlo, si realmente era necesario. Lo que me motivó a continuar fue algo muy personal. Tengo tres sobrinos y una sobrina que ya es casi adolescente. Me aterrorizaba pensar que algo así pudiera pasarle a ella. Siento que es necesario hablar del VIH porque todavía se cree que es un problema del otro, cuando en realidad le puede pasar a cualquiera.
—¿Qué te gustaría que cambiara en la mirada de la sociedad?
Me gustaría que la gente se informe y conozca los avances científicos relacionados con el VIH. También que la educación sexual integral sea una realidad y no esté bañada de moralismos, y que adolescentes y jóvenes conozcan mejor los métodos de prevención. Hace falta más información y también una mayor participación del Estado.

—En la película aparece de manera indirecta tu relación con el sistema de salud. ¿Cómo ha sido esa experiencia?
Siento que, a pesar de que existe medicación y leyes que garantizan el acceso al tratamiento y la no discriminación, falta mucha información dentro del propio sistema médico. En algún momento, gracias al activismo, me enteré de que las pastillas que estaba recibiendo no eran de última generación y tenían muchos efectos adversos. Cuando reclamé, me dijeron que aún quedaba un lote por terminar y que solo los recién diagnosticados recibían la medicación más moderna. Hace falta capacitación, no solo científica, sino también en empatía.
—¿Cómo cambió en ti el hecho de poder hablar públicamente de tu proceso?
Cuando recibí el diagnóstico, mi mamá fue la primera persona que lo supo. Hicimos un pacto: no se lo contaríamos a nadie. Pero me di cuenta de que era durísimo tener que callarlo. En Argentina descubrí personas que hablaban del VIH con orgullo, sin prejuicios, y eso fue una transformación enorme para mí. Pasé de no decir nada a pensar que era posible hablarlo, hacer una película y ahora estrenarla.

—¿Qué ha significado para ti hacer esta película?
El cine es una herramienta muy poderosa. No quiero decir que todas las personas tengan que hacer pública su experiencia, porque cada quien tiene su propia historia, pero para mí ha sido muy significativo darle un rostro al VIH.
—¿Cómo fue recuperar tu vida afectiva después del diagnóstico?
Al comienzo fue muy difícil. Pensaba que un beso podía ser peligroso, a pesar de que me habían explicado que no era así. Después conocí el concepto de indetectable e intransmisible y empecé a investigar. Entendí que, con una buena adherencia al tratamiento, cuando la carga viral es indetectable, el virus no se transmite sexualmente. Eso me dio mayor libertad para hablarlo con mi pareja. Él también se informó, y ya tenemos casi ocho años de relación.
—Después de contar tu historia y hacer la película, ¿con qué aprendizaje te quedas?
Que no hay nada como poder decir tu verdad. Durante todos estos años sentía que cargaba una mochila llena de piedras. Ahora siento esa mochila muy liviana. Contarles a mi familia y a mis amigos ha sido completamente liberador. Creo que esa es una de las mejores cosas que me ha pasado.
—¿Qué se viene ahora con el proyecto?
Quiero que tenga espacios de conversación, no solamente que se vea. Después del recorrido por festivales queremos trabajar con una distribuidora y llevarla a cineforos, institutos, universidades, colegios, hospitales y centros médicos. Además, estamos pensando crear una plataforma a partir de ‘Manuales de supervivencia’, donde puedan aparecer otras historias de personas con VIH. Yo traté de crear una especie de manual para sobrellevar el diagnóstico, pero muchas personas tienen sus propios manuales. Me gustaría poder contar también esas historias.//
“Manuales de supervivencia” tendrá una función especial este domingo 23 de agosto a las 6:00 p.m. en el Centro Cultural de la PUCP. Las entradas se consiguen en www.ccpucpencasa.com.
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