Taylor Swift, como se la ve en el video de Cardigan, el single de promoción. (Foto: YouTube).
Taylor Swift, como se la ve en el video de Cardigan, el single de promoción. (Foto: YouTube).
Oscar García

Redactor en la revista Somos

oscar.garcia@comercio.com.pe

Sea para cantar sobre sus virtudes o como un mero animador de la discusión, la prensa musical no ha dejado de hablar en estos días de Folklore, lo nuevo de . Como se sabe, en un golpe maestro de efecto, la responsable de hits del calibre de Shake It Off (3:39m de duración) compuso y grabó su octavo disco en máximo secreto y en plena pandemia. Más sorprendente aún es el giro de sus nuevas canciones, co escritas y producidas por Aaron Dessner de The National, y por su recurrente Jack Antonoff, que se ubican varios pueblos lejos de ese pop sintético, hiperproducido, pulido y orientado a las pistas que ha distinguido buena parte de sus esfuerzos anteriores. Para una estrella de su perfil, un repertorio así de melancólico y “adulto” es una jugada avezada que amerita el respectivo desmenuce.

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Taylor Swift se vuelve indie”, titulaba la BBC la semana pasada una nota sobre el asunto mientras que la revista Billboard, con una duda razonable, se preguntaba si los Grammy clasificarían este año a Folklore como un disco de pop vocal (la etiqueta en la que Taylor ha sido reina indiscutible) o alternativo. Los chicos que elaboran los rankings no se lo han pensado mucho: la hazaña de Swift ha debutado por primera vez en los principales charts de música alternativa, en los que antes no hubiera podido calificar. Folklore se estrenó en la cima del remozado Hot Rock & Alternative Song, del Billboard, y lo mismo ha ocurrido en iTunes, en donde tres de sus canciones figuran en el top 20 de canciones alternativas.

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Esto, desde luego, abre un antiquísimo debate que cada cierto tiempo llega a nosotros, como esa herida que se resiste a hacer costra, sobre qué entendemos por “indie” o “alternativo”; ambos conceptos que alguna vez significaron algo pero que hace varias décadas, acaso desde los confusos años noventa, acabaron destripados y eviscerados de su sustancia original. Se solían usar antes para definir a esa escena musical que bullía en los márgenes de la industria musical, con independencia económica de esta y, por lo mismo, con la libertad artística para ir a contracorriente de los tastemakers corporativos que deciden el sonido del verano desde sus escritorios. Al menos esa era la ilusión que nos contaban.

Taylor Swift en sesión especial de fotos para Folklore. (Crédito: Beth Garrabant/UMG)
Taylor Swift en sesión especial de fotos para Folklore. (Crédito: Beth Garrabant/UMG)

Taylor Swift claramente no es una artista independiente. No lo es, al menos en el sentido que antaño se empleaba para describir a artistas como Cocteau Twins o The Smiths que se manejaban en un circuito paralelo. Desde el 2018, Swift graba para Republic, sello que pertenece al inmenso conglomerado de medios Universal Music Group. No obstante, con ocho discos a cuestas, la mayoría de ellos auténticos fenómenos culturales que han roto récords de ventas y de audiencia, cuesta creer que alguien la obligue a estas alturas a seguir un manual predeterminado de cómo conducir su carrera. Trabaja con productores como Max Martin, Jack Antonoff y más, sí, pero que ella misma escoge.

Folklore es ejemplo de ello. Es un disco que Ariana Grande o Dua Lipa no podrían haber firmado, ante sus afanes de sonar nostálgicamente “actuales” (sea en el trap o el retro disco) o por el temor de alienar a su base de fans que espera de ellas un determinado sonido. La de Pennsilvania lo ha podido hacer porque tiene la confianza, la experiencia y la libertad para hacer el disco que le plazca sin que nadie le ponga un pero. Así llegamos a su disco adulto, que es descrito como exploratorio o “íntimo”, como se suele llamar a aquellos álbumes grabados a medio tempo, con letras reflexivas y con una producción despojada y semi acústica, basada en pianos y guitarras limpias. Todo barnizado con una patina de reverb para que parezca que proviene de una parte lejana de la habitación o de un rincón nuevo de tu propia cabeza.

Taylor Swift en sesión de fotos para Folklore (Crédito: Beth Garrabant/UMG)
Taylor Swift en sesión de fotos para Folklore (Crédito: Beth Garrabant/UMG)

Los swifties, si han llegado hasta acá, recordarán que no es la primera vez que su musa realiza un cambio de dirección radical que le consigue un nuevo público o al menos momentánea notoriedad. Ya lo hizo en el 2012, cuando lanzó Red, en el que realizó un exitoso crossover del country ligero de sus primeros álbumes al pop a secas, directo y sin complejos, de la mano del Rey Midas de la música popular dosmilera, el sueco Max Martin (Britney Spears). Otro giro de interés lo dio con la salida de su criticado Reputation (2017), aquel de la guerra con Kanye West y Kim Kardashian, en el que quiso sonar menos ingenua, cínica y vengativa, con un sonido synth pop distorsionado y oscuro que, valgan verdades, no hizo daño a nadie y apenas arañó una fibra vulnerable con sus efectivas baladas.

El siguiente Lover (2019) la despercudió ciertamente de la mala onda cultivada de Reputation, y nos la trajo en su versión más tornasolada y sin nubes de amargura en la cabeza. Dicho sea, las baladas de ese disco ya prefiguraban de alguna forma lo que sería el sonido completo de Folklore, al que se le reconoce valor en muchos tramos y varios momento de goce estético que no termina de redondear por su habitual propensión a los temas de relleno y a pasarse largamente de tiempo. Desde Red, la mayoría de discos de Swift han superado la hora de duración, con la encomiable excepción de 1989, su conciso tributo al pop de los ochenta, que luce todavía como su mejor trabajo acaso porque es el que tiene menos canciones y el que menos dura. Folklore tiene 16 canciones y después de varias escuchas queda claro que bien pudo quedar en 10 y nadie se iba a morir.

Portada de Folklore, el octavo disco de Taylor Swift.
Portada de Folklore, el octavo disco de Taylor Swift.

Acaso un sonido tipo demo, más casero y descarnado, habría sido una ruta más radical para ella en esta ocasión -y más consonante con el concepto de folk-, pero la compositora, fiel a su estilo, optó por darle un acabado brillante y ultra limpio a las canciones, lejos del amateurismo encantador de un disco como For Emma, Forever Ago, de Bon Iver, al que busca por ratos emular. Dicho sea, Justin Vernon (Bon Iver) canta con Taylor en Exile, sin duda uno de los momentos más notables del repertorio, junto con “My Tears Ricochet” y “Betty”. La impronta de The National también se siente en algunos surcos, gracias a la sociedad con Dessner, un productor sutil que se ubica en las antípodas de Max Martin y otros habituales de Swift.


El infaltable “disco del cambio” de los músicos pop: algunos ejemplos.

A continuación, juntos pero no necesariamente revueltos, presentamos una breve lista de artistas de pop y rock que en la cima de su carrera optaron por sacar discos de un talante distinto, que combinaban ambición y madurez artística con valentía para desafiar las expectativas de sus fans. No todos fueron esfuerzos exitosos pero lo intentaron.

Nebraska (Bruce Springsteen, 1982)

En su momento, Columbia Records consideró a Nebraska un disco suicida para la carrera de Springsteen. Ellos esperaban al sucesor de The River, otro disco de rock grabado con la mejor banda del planeta (la E Street Band), y El Jefe les entregó en cambió una cinta precaria con canciones desoladas, grabadas por él mismo en la soledad de su casa. Encima les exigió que no la alteren, que la quería escuchar tal cual, con “aire” y ruido ambiental. Varios ingenieros de sonido fueron convocados para la tarea y casi todos se sintieron insultados, pero había que respetar la visión del artista. El descarnado Nebraska es un hito en la carrera del de New Jersey y el sello quedó más que contento dos años después, cuando este les entregó, ahora sí, un bombazo comercial llamado Born in The USA (1984).

Pet Sounds (The Beach Boys, 1966)

Para 1966 el líder de los Beach Boys, Brian Wilson, estaba cansado de escribir canciones sencillas sobre autos, chicas y diversión en la playa. La adolescencia de su banda terminaba y la madurez exigía nuevos lenguajes por explorar. Para colmo, había tenido una crisis nerviosa que lo alejó de las giras. Al quedarse solo en el estudio, tuvo el tiempo de dar forma al sonido que escuchaba en su cabeza, que iba más allá de la plantilla que él mismo había creado. Reclutó a los mejores músicos de Los Angeles (The Wrecking Crew) y con ellos dio forma a un disco que más de cincuenta años después sigue maravillando a nuevos fans por su innovación armónica, temática y laboriosidad pop. Una joya del siglo XX. Y no, no insinuamos que sea equiparable a Folklore.

Frozen Pool (Christina Rosenvinge, 2001)

La carrera de Christina Rosenvinge conoce de al menos dos reinvenciones considerables y todas ellas han estado marcadas con la salida de un disco específico. La primera se dio con la aparición de Que me parta un rayo, el disco que la hizo popular en Hispanoamérica (con temas como Tu por mi), y que la distanció por completo del pop naif y la imagen cuasi infantil que se había ganado en España con el duo Alex y Cristina. La segunda reinvención podría ser con el álbum Cerrado (1997) y más específicamente con Frozen Pool (2001), que marcarían el inicio su etapa de experimentación en la escena neoyorquina, de la mano de miembros de Sonic Youth. Su aventura anglosajona continuó en Foreign Land (2002) y culminó con Continental 62, que alude al nombre del vuelo que la llevó de vuelta a Madrid.

Vagabundo (Robi Draco Rosa, 1996)

La aparición de Vagabundo en 1996 fue como uno de esos milagros que nadie solicita, pero que igual llegan de pronto para cambiarle la vida a muchos. Nadie se lo esperaba, al menos, dado los peculiares antecedentes que se tenía de su autor, el portorriqueño Robi Draco Rosa, que solía cantar y dar saltitos en la banda juvenil Menudo, además de actuar en películas de valor cinematográfico dudoso como Salsa (1988). Vagabundo, su segundo disco como solista, fue grabado nada menos que por el ex Roxy Music Phil Manzanera y derrochaba rock, poesía y una clase inédita en cada surco. Rosa haría luego una carrera como compositor de éxitos para Ricky Martin.

El Futuro se Fue (Jorge González, 1994)

Luego del amargo divorcio de Los Prisioneros, el que fuera su líder, Jorge González, se embarcó en una carrera solista de perfil alto y muy consonante a sus ganas de sorprender e incomodar hasta a sus más leales. Lo hizo primero con un disco de pop descaradamente comercial y tan optimista que parecía la negación consciente a la mala leche que había caracterizado sus mejores trabajos (el shock de verlo sonriendo y cantando es inolvidable. Su segundo disco fue una pesadilla para la discográfica: González admitió años después que tenía el dinero y el estudio pero no las canciones. Ante esa sequía, se limitó a grabar pistas de ritmos básicos sobre las que improvisó voces y coros. El disco le valió ser despedido por EMI y tiene hoy un status de culto entre sus incondicionales.

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