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Los diferentes rostros de Jesús y un acercamiento histórico a este misterio

Es uno de los principales referentes culturales y espirituales de Occidente. Pocos personajes han sido representados tantas veces como él. Su rostro nos es tan familiar que imaginarlo es tan fácil como recordar el de un pariente o un amigo. Y eso que nadie sabe a ciencia cierta cómo se veía.

No importa si profesas o no la fe cristiana: si ves su imagen, indefectiblemente lo reconocerás. Incluso, si te muestran un boceto en el que apenas se ha trazado una cabellera larga y una barba tupida (no hay opción de confundirlo con John Lennon si no lleva anteojos). Jesús de Nazareth, Jesucristo o simplemente Cristo es uno de los personajes más representados en los últimos 2 mil años –de ahí la popularidad de su imagen–, y deben de ser muy pocos los espacios de la cultura occidental que en algún momento de la historia no hayan caído en esta suerte de “jesusmanía”.

Lo curioso es que no hay documento, evangelio ni libro que describa cómo habría sido Cristo físicamente. Algunos evangelios mencionan asuntos referidos a su vestimenta, como cuando se cuenta que los soldados romanos se repartieron las túnicas del crucificado; pero sobre su aspecto, nada de nada. Es otro más de sus misterios.

Incluso, en la primera representación pictórica conocida de la crucifixión, un grafiti encontrado en un muro del monte Palatino (Roma) y que se remonta al siglo III d. C., el rostro de Cristo fue reemplazado por una cabeza de caballo, pues el grabado resulta ser una representación irónica contra los cristianos.

En las representaciones de los primeros siglos del cristianismo, mientras tanto, las imágenes son completamente simbólicas (la cruz, el pescado) y otras veces se representa a Jesús con la imagen del buen pastor.

Se podría pensar, entonces, que fue el hallazgo del Santo Sudario (también llamado Sudario de Turín) lo que nos reveló el verdadero rostro de Jesús, pero esta suposición es falsa. Ya las pruebas de carbono 14 han revelado que el manto data de la Edad Media. Específicamente, de algún punto entre el año 1260 y el 1390 d. C.

¿Entonces cuáles son los orígenes de uno de los rostros más representados en la historia? Primero que nada, olvídese de pensar que Cristo habría tenido los ojos del color del cielo al que se elevó tras morir en la cruz y los cabellos y la barba dorada, como la luz que lo iluminó durante sus oraciones en el jardín de Getsemaní. “Si nos ponemos a pensar, lo más probable es que en cuanto a fenotipo, Cristo –que es una figura histórica de Judea– fuera más bien semítico, similar al de un hebreo de hoy en día: tez y cabellos oscuros y facciones un poco rudas”, dice Cécile Michaud, directora de la Maestría de Historia del Arte de la U. Católica.

De hecho, hace cuatro años el médico y artista Richard Neave se propuso reconstruir el aspecto del fundador del cristianismo. Con la ayuda de científicos británicos y arqueólogos israelíes, y tras exhaustivas labores de antropología forense a partir de estudios de cráneos semitas en Israel, los especialistas presentaron el que aparentemente fue el verdadero rostro de Cristo. La imagen muestra a una persona cuyos rasgos empatan mucho más con el perfil judaico de Medio Oriente: rasgos más gruesos, tono de piel más oscuro, cabello corto y rizado.

La imagen presentada dista mucho del patrón de representación que todos conocemos, aunque quizá los artistas de la época bizantina sean los que más se acercaron a esa imagen del mundo cristiano que lleva 2 mil años siendo un misterio. Los más importantes ejemplos de estas representaciones los podemos encontrar en los vitrales de la iglesia de San Vital de Rávena.

Durante la segunda mitad del Medioevo, cuenta Michaud, hay un cambio en la representación de Cristo como un ser más humano. “Se va a enfatizar mucho la pasión de Cristo y su sufrimiento físico, y eso se va a ver en particular en la representación de crucifijos, donde se pintan hasta los detalles de las heridas, el cuerpo dislocado, etc.”, agrega la catedrática.

Es en la época del Renacimiento cuando se idealiza la imagen de Cristo, dándole razgos occidentales y rodeándolo de indumentarias doradas, color asociado con lo divino. Un claro ejemplo de este momento es el Cristo de El Juicio Final, de Miguel Ángel. Este tipo de representación es una de las primeras en llegar al Perú tras la conquista española. Un poco más adelante, durante el barroco, nacen las representaciones del Sagrado Corazón de Jesús, una de las más difundidas en el mundo.

“La figura de Jesús se mantiene recurrente desde los primero siglos del cristianismo hasta el siglo XIX. En el arte del siglo XX, es una figura que no deja de fascinar a artistas como Salvador Dalí. Siempre ha habido y sigue habiendo una voluntad de representarlo, incluso en el arte popular, donde se hacen reinterpretaciones de la figura de Cristo”, afirma Cécile Michaud.

UN CRISTO MUDO
El cine bíblico nace con el cine mismo, a fines del siglo XIX e inicios del XX, explica Ricardo Bedoya, profesor, investigador y crítico de cine. Las empresas francesas Pathé y Gaumont se interesan por hacer las primeras películas que tienen como personaje a Cristo; aunque, claro, no nos referimos a las películas de hora y media o dos horas, como las actuales, sino a filmaciones cortas y silentes en las que básicamente se representa la crucifixión.

En 1916, en el Hollywood que se está consolidando, David Wark Griffith filma Intolerancia, a decir de Bedoya, “una de las grandes películas de la historia del cine y una de las que acaba construyendo el lenguaje cinematográfico”. Uno de los tres episodios de la película es sobre Cristo, juzgado y ejecutado por intolerancia.

El nuevo mercado cinematográfico hace miles de películas sobre Jesús, esto debido al amplio cristianismo que existía en los países en los que se estaba formando y donde Cristo es un referente cultural, espiritual e iconográfico.

No podría decirse a ciencia cierta cuántas películas sobre la figura de Cristo se han hecho hasta la fecha, pero de acuerdo con páginas especializadas sobre cine, él y la figura del vampiro son los personajes más representados en el séptimo arte.

“Jesús es una presencia familiar en el cine, a nadie le llama la atención y por eso pasa rápidamente a la cultura pop. Jesucristo Superstar (1973) es la película más clara en eso. En ella, Cristo se convierte en una serie de antecedente de la era hippie”, dice el crítico de cine.

Este es solo un resumen de la presencia de Cristo en la cultura, pero habría mucho más por decir. Recordar, por ejemplo, que Cristo es andino y peruano en los retablos ayacuchanos, cool y sonriente en las prendas de algunos diseñadores, y hasta es el silencioso copiloto que guía más de una combi. //

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