Por Ángel Navarro Quevedo

De todos los vuelos nacionales, hay un gran motivo para replantearse pedir el asiento de ventanilla cuando se viaja a Madre de Dios. Desde el cielo, lo que era un manto verde sin fin hoy muestra manchas grises o amarillentas que avanzan a la par del Amazonas. Al descender, el panorama no mejora; desde la carretera, los incendios —legales o ilegales— acompañan la vista por ambos extremos, mientras cobra sentido por qué cada hora se talan un aproximado de 17 campos de fútbol.

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