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Ernesto Pimentel y su historia de lucha a 20 años del diagnóstico que cambió su vida

Hace 20 años que Ernesto Pimentel anunció que era portador del VIH y empezó entonces una historia de fortaleza y valentía en la que el humor ha sido fundamental. ¿Cómo se vive detrás de las polleras de uno de los personajes más longevos de la televisión peruana?

El amor familiar camina por los pasillos de su casa todo el día. A veces corretea por el jardín, otras sube y baja las escaleras, deja las huellas de sus patitas y algunas veces hasta alcanza a subirse a los muebles con él: Dumba y Perla, madre e hija de cinco y dos años, son las embajadoras del cariño chihuahueño en este hogar. En otro rincón de la casa, Miluska, su amiga y mánager de siempre, se encarga de coordinar todo tipo de detalles laborales y las señoras María y Leonila lo ayudan con diversos quehaceres, entre los que está tener siempre listos los vestidos de la Chola: si Ernesto Pimentel fuera un Avenger, ese sería el traje con el que daría rienda suelta a sus poderes.

Esta historia no se inició en Asgard o Wakanda, sino en los estudios de ATV, hace casi 25 años, cuando la Chola Chabuca hizo su primera aparición en las pantallas peruanas en el programa Sinvergüenza, conducido por Tatiana Astengo y Christian Thorsen. Trenzas, tacos y coloridas polleras eran parte de un personaje que pronto se hizo entrañable. Luego siguió su secuencia propia en Risas y salsa, Aló Chabuca, Chola de miércoles, Más chola que nunca, Chola latina y el Reventonazo de la Chola, con el que ya lleva 12 años al aire.

Tras casi un cuarto de siglo ininterrumpido en pantallas –algo muy poco común en la actualidad de nuestra TV–, Ernesto Pimentel es una rara avis en el panorama televisivo local, pues no se involucra en escándalos y tiene una vida personal bastante tranquila. “Es que las cosas que yo hago no son polémicas ni controversiales. No es noticia que yo vaya a una exposición de arte o a una obra de teatro. Yo vivo en función de mi propia agenda, no de la agenda del espectáculo o de la televisión”.

-Mil años de choledad-
Un día normal en la vida de Ernesto Pimentel inicia a las 9:30 de la mañana. Escucha un poco de música, se da un baño, lee, desayuna y toma dos pastillas fundamentales para continuar con todo. Adelanta coordinaciones de lo que será su circo de este año y pule los diálogos de su próximo unipersonal. A causa de un antipático mal que aqueja su cadera, hace ejercicios diariamente. Ese mismo mal lo ha llevado a tener una colección de más de 20 bastones de diversos colores y estilos. Una vanidad que se permite hoy aunque, en su momento, fue una decisión dura para alguien de solo 48 años. “El doctor me ha dicho que use bastón porque así me va a durar más la cadera. Entonces, lo he incorporado a mi vida y cada día uso uno más bonito, aunque solo cuando me desplazo, para equilibrarme mejor. Una decisión difícil es pensar: ¿agarro el bastón o no?”, confiesa.

Y es que uno no siempre tiene humor para ir explicándole a todo el mundo sus rollos. “Yo ya aprendí a trivializar eso y cuando me preguntan qué me pasó, digo que pateé un avión –cuenta Ernesto entre risas–, porque al final uno no va por el mundo diciendo: ‘Hola, soy José, tengo hipertensión’, ‘Hola, me llamo Juana, estoy en la menopausia’. Uno no tiene que ser definido por sus problemas médicos”, asegura con otra gran sonrisa.

Hace 20 años decidió contar públicamente todo acerca de su debilidad inmunológica, y así acabar con una serie de rumores malintencionados. “Tener fama te da accesos, pero te hace vulnerable”, nos dice. Entonces se pensaba en el personaje público, pero no en el joven de poco más de 20 que empezó a averiguar precios de ataúdes apenas se supo VIH positivo. “Como no me alcanzaba, no tuve otra que seguir trabajando, y aquí me tienen”, bromea hoy, que lleva un control absoluto y estricto de su salud y no se siente para nada condenado a muerte. “Sigue siendo un diagnóstico serio. Hago mis análisis cada seis meses y todo lo demás son situaciones de salud que debe tener cualquier persona mayor de 40 años”, nos dice, tras contarnos que su única rutina fija es tomar aquellas dos pastillas fundamentales diarias al despertarse.

¿Sientes que te ha cambiado en algo el VIH?, le pregunto. “Yo creo que sí. He aprendido a tener más respeto por la vida. Pero puedo decir que tú y yo podemos tener la misma expectativa de vida. La diferencia es que yo tengo que llevar un control. Pero también tengo sueños, tengo ganas de más”. Como activista en la lucha contra el VIH, piensa que todas las personas con esa condición deberían acceder inmediatamente al SIS. Esa preocupación constante fue reconocida por algún ex presidente, que alabando su carisma multitudinario le preguntó si no estaba interesado en entrar en política. “Disculpe, presidente, pero quiero seguir siendo honesto”, le dijo Ernesto, entre las carcajadas de ambos.

Para él, retrasar los derechos de las minorías “es doloroso, porque es inminente, es algo que se va a dar. ¿Por qué se le va a negar el derecho a otras personas simplemente por su orientación sexual?”. Sostiene, además, que su mayor cuestionamiento ha sido existir en una sociedad donde lo andino ha sido, lamentablemente, siempre visto como pobre o ignorante. “Si hubiera sido realmente mujer y andina, no me habrían dado la oportunidad ni el espacio”, asegura convencido.

¿Cuál es el gran proyecto pendiente de alguien tan exitoso? “La paternidad es un proyecto que está encaminado. Pero el proyecto que yo considero más importante es no darme por vencido”. //

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