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¿Por qué nos fascinan tanto las películas o series sobre mafiosos?

Hace 20 años, y tras haber sobrevivido a Capone, Corleone o Luciano, Los Soprano se impusieron desde las pantallas de televisión para darnos dosis iguales de crimen e ironía.

Es italoamericano y vive en Nueva York. Tiene alrededor de 40 años, calvicie y barriga evidente, esposa, dos hijos adolescentes, una psiquiatra curiosa y la gran responsabilidad de sacar adelante el negocio que ha aprendido de su padre. Hasta aquí podría tratarse de cualquier estadounidense promedio de fines de los 90, hasta que en un momento del día lo escuchas decir, a toda voz: “Me da igual que me tengan miedo. ¡Dirijo un negocio, no un puto concurso de popularidad!”.

Entonces, recuerdas que ese hombre es el ‘Don’ de Nueva Jersey y que, si lo miras mal o le faltas el respeto, puedes terminar como Luca Brasi en El Padrino: durmiendo con los peces.

Tony Soprano y sus maneras de gritar, enojarse, fumar un puro, negociar, interrogar o imponerse, llegaron por primera vez a la televisión americana un 10 de enero de 1999, a través de la señal de HBO. Desde aquel primer episodio, en el que lo vemos lidiando con su esposa e hijos, cuidando a una familia de patos salvajes o esforzándose por no contarle a su psiquiatra detalles muy escabrosos sobre su vida, llevó a las pantallas un personaje distinto y complejo, parte de una manera distinta de hacer y entender la televisión que dio paso a una llamada ‘era dorada’, en parte responsabilidad del ejecutivo Chris Albrecht, quien dio luz verde a producciones como Sex and the City, Band of Brothers, Deadwood o Six Feet Under. “Cuando conocí al personaje de Tony Soprano pensé: la única diferencia entre él y toda la gente que conozco es que él es el capo de Nueva Jersey”, dijo Albrecht sobre el momento en el que se sintió atraído por la idea de esta familia americana ‘tipo’. Eso, por supuesto, aunque aquella familia fuera más ‘tipo’ Corleone que ‘tipo’ Ingalls.

“Yo pensaba que contratarían a un tipo con buena pinta. No a George Clooney, pero sí a una especie de George Clooney italiano”, le dijo hace unos años a la revista Vanity Fair James Gandolfini, el recordado protagonista, cuando pensó que, tras su casting, no le darían el papel. Gandolfini llegó porque habían visto su trabajo en True Romance, película dirigida por Tony Scott y escrita por Quentin Tarantino. Allí, interpreta a Virgil, un hampón que trabaja para la mafia. A alguien le pareció que el papel de Tony le quedaría como anillo al dedo. Pero ¿por qué esta serie se impuso a otras y marcó una época? Quizás porque retrata con maestría el lado oscuro de la sociedad americana en un momento delicado de su historia –entre 1999 y 2007–, que incluye hechos violentos como el 11 de setiembre. Quizás también por la fascinación que sienten millones por la gloria, el poder o el dinero, aunque sea conseguido de mala forma, como hemos visto recientemente en casos como Narcos o El patrón del mal. Ya lo dice Robert McKee, una institución americana en lo que a guion se refiere: “Me dediqué casi un año a investigar específicamente la dimensión del personaje, que básicamente significa ver sus contradicciones y eso refleja su naturaleza. Tony es mucho más complejo que Hamlet”.

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Prueba de la influencia que los gánsteres han tenido en la cultura popular norteamericana es que esta historia no comienza con Tony Soprano golpeando a alguien. La historia de Los Soprano se remonta a inicios de los años 50, cuando el pequeño David DeCesare vio por primera vez a James Cagney repartir balas e imponer sus condiciones en El enemigo público, un filme de 1931 que presentó a la gran audiencia el ‘nuevo estilo’ de los tahúres, contrabandistas y mafiosos de los años de la prohibición, cuando la venta de alcohol solo se daba en los callejones y patios traseros de un submundo sórdido. El pequeño David empezó a soñar con la vida de otros sujetos despiadados e inescrupulosos, en las muchas películas del género que vio con afán en aquellos años, para evadir el mal humor constante de su padre y el desequilibrio histriónico de su madre. Años después, el pequeño David DeCesare se empezó a hacer llamar David Chase y, tras pasar algunos años trabajando como corrector de guiones y productor de algunos episodios de series, sería el creador de un proyecto que, al principio, solo iba a ser una película sobre “un mafioso en terapia que tiene problemas con su madre”: Los Soprano.

Chase fue el verdadero motor de la serie, la primera de la TV por cable en ganar Emmys (21) y Globos de Oro (5). Viendo hacia 20 años atrás, y conociendo lo irrepetible de un fenómeno televisivo semejante, es tiempo de entender aquella frase dicha por el don de Nueva Jersey: “La próxima vez no habrá próxima vez”. //

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