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Una gira olvidada: el viaje a Hong Kong que nadie recuerda y dibujó el futuro

A fines de 1980, un día del que nadie se acuerda, el combinado de Marcos Calderón disputó en Hong Kong dos partidos. Bajo lluvias impenitentes, con jet lag de 13 horas de diferencia y teniendo que alimentarse con exóticos platillos locales, se ganó, se perdió y se dibujó el futuro, dos años después

Veronica Chang. Un nombre que evoca improbables películas orientales de serie B, intrigas internacionales entre dragones de jade, negocios secretos en un restaurante chino de amplias mesas circulares. Pero para Augusto Moral, presidente de la Federación Peruana de Fútbol, se convirtió en sinónimo de oportunidad cuando, una mañana de finales de 1980, esta multimillonaria empresaria de fútbol hongkonés le ofreció cincuenta mil dólares a cambio de que la selección viajara hasta allá y jugara dos partidos: el 27 de noviembre contra el Combinado de las Estrellas de la liga local, y el 30 frente al Caroline Hill, club del que era dueña. Moral aceptó de inmediato, llamó por teléfono a Marcos Calderón, entrenador de mayores, y le solicitó preparar una convocatoria con lo más graneado de nuestro torneo nativo.

La diligencia de Moral era justificada. El fútbol peruano atravesaba horas bajas. La selección, después del bochornoso 6-0 contra Argentina en el mundial del 78, no había vuelto a demostrar nada cercano al nivel que exhibió en la primera fase de aquel torneo. El desconcertante José Chiarella fue despedido tras la pobre performance en la Copa América de 1979 y la nueva oportunidad brindada a Marcos Calderón no había sido bien recibida por la opinión pública. El Chueco dirigió cinco encuentros amistosos en Lima y el promedio de asistencia era apenas de un millar de hinchas; el desdén colectivo acarreó preocupantes pérdidas económicas a la Federación. En una breve visita a la capital, Teófilo Cubillas, ya convertido en crack histórico, criticó el manejo del seleccionado y los frecuentes cotejos de preparación ante clubes, “de los que no se saca nada claro”, y deslizó que los futbolistas consagrados que actuaban en el exterior debían jugar por las eliminatorias “solo en los puestos donde no hubiera sucesores”. Seguramente se arrepintió de estas declaraciones un año y pico después, envuelto en la polémica sobre si debía ser él o Julio César Uribe el diez de la selección para España 82.

La convocatoria de Calderón involucraba a dieciocho jugadores, algunos experimentados y veteranos (Quiroga, Chumpitaz, Cachito Ramírez, Panadero Díaz) y otros jóvenes con proyección (Uribe, Mosquera, Reyna, Gastulo o Franco Navarro). Todo hacía creer que Juan Caballero, atacante del Boys, se hallaría entre los elegidos, pero dirigentes de su club presionaron para que permaneciera en el país y disputara los siguientes partidos de la Liguilla. Caballero no regateaba su pesar a quien quisiera escucharlo: “No soy amigo de hacer líos con nadie. Pero no puedo negarles que no me siento con ánimos para nada. Quizá con el transcurso de los días se me pase la tristeza”. La expectativa en torno a esta exótica aventura de nuestros seleccionados fue, por decirlo suavemente, discreta: a su despedida en el estadio de Alianza Lima –partido contra Municipal, ajustada victoria peruana- solo asistieron 185 aficionados.

Combinados y ofendidos

Un azaroso pájaro succionado por las turbinas del avión de la Panamerican que trasladaría a una parte de la selección desde Los Ángeles hacia Taipéi, para de ahí aterrizar en Hong Kong, provocó que el extenso periplo se dilatara nueve horas más. El otro grupo también se demoró por problemas con sus visas en el aeropuerto de Los Ángeles. Por fin, dirigentes y jugadores arribaron a su destino, molidos más que cansados y padeciendo un brutal jet lag de medio día de diferencia. Si en algo coincidían las informaciones de los diarios locales era que la selección llegó precedida de un importante prestigio por su participación en el Mundial de Argentina y que había gran interés por conocer y ver jugar al capitán Héctor Chumpitaz.

En el mundo preinternet era muy difícil para los periodistas peruanos averiguar cualquier cosa acerca del Combinado de Estrellas de Hong Kong. La impresión general se resumía en que nada hacía suponer que fuese un equipo muy sofisticado; la selección debía superarlo con facilidad y lujos. La realidad era menos indulgente, pues el Combinado no había sido derrotado en sus diez confrontaciones internacionales disputadas a lo largo de dos años, doblegando en ese tramo a estimables adversarios como el Washington Diplomats de Johan Cruyff. No se trataba de un firmamento de luminarias, pero sí contaba con lo mejor de la plantilla vernacular y una respetable nómina de jugadores internacionales, de mayoritario origen británico. Aparecía también un peruano en su alineación titular: el ariete Augusto Palacios, impenitente trotamundos que fue reconocido durante dos años consecutivos como el jugador más valioso de la liga de Costa Rica y ahora esperaba en el Caroline Hill la chance de saltar al fútbol norteamericano o canadiense. Él había sido quien contactó a la Federación con Veronica Chang. “Mi participación fue sin intereses secundarios, no he cobrado un sol a la Comisión” aclaró.

Cuando la delegación peruana se instaló en la ciudad, comprobó que la veneración hongkonesa por Chumpitaz no era un bulo de los periódicos limeños. Las imágenes vía satélite del Granítico pulverizando los ataques de escoceses, holandeses e iraníes en la Copa del Mundo de 1978 habían perdurado en la agradecida memoria de los aficionados de la ciudad y ahora que lo tenían a su disposición le rindieron toda clase de homenajes. Minutos antes del partido contra el Caroline Hill recibió un presente de los dirigentes deportivos, quienes celebraron sus diecinueve años de carrera. La misma Veronica Chang se lo entregó y Chumpitaz, caballeroso, le obsequió un tumi y un banderín rojiblanco. La Asociación de Fútbol, por su parte, organizó una ceremonia en su honor y reservó para ello el restaurante Blue Heaven Night. El presidente de la Asociación otorgó a Chumpi un recuerdo de plata e insistió, entre reverencias, en recordarle la sobresaliente calidad de su juego. Los numerosos periodistas congregados pidieron tomarse fotos con él y arrebatarle un autógrafo. Nuestro capitán, incapaz de ocultar su emoción, firmó todo.

En la última práctica Calderón reunió a sus hombres y les exigió un triunfo que prolongara la racha de ocho partidos –no oficiales- en condición de invictos. “Considero que nuestro fútbol es superior, pero no debemos salir confiados porque ellos no tienen nada que perder. En cambio, nosotros estamos obligados a ganar. Si podemos dar espectáculo, en buena hora. Pero lo más importante es ganar”. Esa misma tarde estableció los nombres que compartirían el titularato: Quiroga; Duarte, Chumpitaz, Díaz, Gutiérrez; Malásquez, Reyna, Drago; Mosquera, Uribe y Cachito Ramírez.

Veronica Chang esperaba atestar las graderías del Government Stadium –un bonito escenario enclavado en una colina y con capacidad para treinta mil almas-, pero solo asistió la tercera parte de lo calculado. El partido comenzó a la hora pautada, siete y media de la noche. Perdimos por 2-1: al tempranero gol de Julio César Uribe a los cuatro minutos, previo pase de Malásquez, respondió el Combinado cuando a los 18’ Bernie Poole cogió en primera un rebote contra el travesaño de Quiroga y rubricó el empate. A los 55’ Yip Chee Keong, en grosera posición adelantada, desniveló el marcador. Los peruanos reclamaron al réferi, quien hizo oídos sordos a sus protestas. Era tanta la rabia del Oso Calderón que mereció una amarilla por un comentario tan subido de tono que el árbitro no necesitaba saber español para sancionarlo.

Con respecto al trámite del partido, las versiones que he recopilado divergen seriamente. Según el periodista de “La Crónica”, Teodoro Salazar –invitado por la Comisión España 82 para cubrir las incidencias de la gira-, Perú fue inmensamente superior y obligó al adversario a atrincherarse en su área casi todo el lance. Afirmó haber contabilizado doce tiros de los nuestros al arco en la primera etapa y dieciséis en la complementaria, pero la definición anduvo desastrosa. El cable de UPI, en cambio, relata que “el marcador no refleja el dominio de los locales, que superaron a Perú cómodamente, especialmente en el segundo tiempo” y que “la valla sudamericana sufrió ataque tras ataque, salvándose de goles por cuestión de centímetros”. Incluso consideró que el mejor jugador peruano fue el arquero Ramón Quiroga, según el mismo cable protagonista del partido por su notable y continua actuación. También consigna que a los 61’ el Loco atajó un tiro a quemarropa de Poole y a los 68’ debió salir de su área a lo Gatti para neutralizar una escapada de Chee Keong.

La derrota, dolorosa por impensada, motivó los más variados pretextos de algunos jugadores. Alegaron que el súbito cambio horario le había impedido dar su mejor versión ante el Combinado. Se culpó a la lluvia y al balón de plástico con el que no se practicaba el fútbol en Sudamérica. Se adujo que los premios recabados por los elementos hongkoneses –“de quinientos dólares por partido ganado cuando menos” aseguraba Salazar- eran un aliciente que nuestra realidad no permitía. En el camarín, Mosquera se lamentaba: “Hoy estuvimos con el santo de espaldas. Ese arquero chino hasta ahora no sabe cómo se ha salvado de que le hagan varios goles”. Jaime Duarte se limitó a compartir la estupefacción de su colega: “En mi vida vi un arquero tan lechero. Estoy seguro que si jugamos de nuevo con ese equipo ganamos fácil. Pero así es el fútbol, que le vamos a hacer.” Cuatro jugadores –Duarte, Díaz, Uribe y Mosquera- acabaron con feas contusiones en las piernas, producidas por el juego violento del rival.

En Lima las reacciones por el inesperado revés fueron previsiblemente negativas y tremendistas. Víctor Nagaro, jefe del Inred (Instituto de Recreación, Educación Física y Deporte, hoy IPD) declaró que los jugadores peruanos “eran muy engreídos”. Pero no se detuvo ahí: “En años pasados los jugadores se creían los salvadores de la patria y se les daba mucha importancia, pero eso ya no va a suceder con nosotros”. Concluyó con la advertencia de que podría haber nuevas y más dolorosas derrotas: “Si no clasificamos a España 82 no hay que poner el grito en el cielo, eso no cambia nada ni afectará la economía de la población”.

Un gol que nunca verás

Era época de lluvias en la colonia inglesa. Apertrechados de gruesos abrigos, los futbolistas peruanos salieron a las principales vías de la ciudad y admiraron el kurosawiano espectáculo de los grandes paraguas coloridos contrastando con la tarde quieta, húmeda y gris. Julio César Uribe, eufórico en medio de las inacabables precipitaciones pluviales, se vanagloriaba de haber ganado más de quince mil soles en apuestas a sus compañeros merced a la victoria de Sugar Ray Leonard –de quien el Diamante era fanático- sobre Mano de Piedra Durán. Los jugadores visitaron el barrio flotante de Aberdeen, pasearon por las calles comerciales erizadas de avisos luminosos y surcadas por taxis negros y siempre ocupados. Entraron a templos budistas de vistosa arquitectura. Pero lo que más les impresionó fueron los cinco Rolls-Royce, estacionados uno detrás de otro, frente al palacete de un jeque árabe en la zona más exclusiva de la urbe. En uno de los sectores comerciales –Lu Ma Chao- compraron suvenires, juguetes y electrodomésticos. Augusto Moral y el dirigente Fausto Alvarado adquirieron unos graciosos sombreros chinos y juraron que si no se le ganaba al Caroline Hill regresarían a Lima con ellos puestos.

Uno de los temas que obsesionaba a los dirigentes peruanos era la disciplina. Sabían que cualquier escándalo podía hacer estallar en mil pedazos la frágil imagen del fútbol nacional. Augusto Moral ofreció un premio económico por vencer al Caroline Hill y mantener el buen comportamiento que se había demostrado. Julio Natters, el jefe del equipo, enfatizó que el grupo era modélico y lo comparó con jugadores que jugaron años atrás por la selección, proverbiales por su carácter díscolo: “León, Baylón, Chale y Mifflin no eran ejemplos de disciplina. Y los tuve juntos. Felizmente no me crearon problemas mayores, pero había que estar muy cerca de ellos siempre. A estos muchachos, en cambio, se les puede dejar sueltos con la seguridad de que no harán nada malo”.

El diario La Prensa había calificado al Caroline Hill como un “fuerte equipo”, pero esa información es inexacta. Por esos días el club de Veronica Chang figuraba en el undécimo lugar de la liga, y, salvo Augusto Palacios, carecía de figuras que pudieran marcar la diferencia. Chang reforzó sus líneas con el arquero malayo Chow Chee Keong, el costarricense Jiménez y Alan Venables, Norman Sutton y Chip Yee-Ki, jugadores del Combinado. No contenta con esto, Chang prometió duplicar el monto de los premios si ganaban. También se comunicó de emergencia con el club argentino Huracán y propuso pagar quinientos dólares al defensa Víctor Longo y a los delanteros Dante Zanabria y Roque Avallay por participar solo en ese partido. Los porteños aceptaron el trato, pero no llegaron a tiempo: fueron retenidos por inconvenientes con sus documentos en Los Ángeles y no tuvieron más remedio que retornar a Buenos Aires al día siguiente con las manos vacías.

Ante el Caroline Hill hubo algunos cambios en la alineación. El más llamativo fue el de González Ganoza por Quiroga. Los aderezados y detonantes platos de la comida hongkonesa desencadenaron en el rosarino una descomposición estomacal fulminante . Franco Navarro, que debía jugar ese encuentro, quedó fuera de combate por un dolor de muelas que ni las inyecciones del doctor Alva lograron menguar; Cachito Ramírez conservó así su puesto en la delantera. Ante los 8,032 espectadores del South China Stadium –asistencia bastante menor que la del primer encuentro- nos impusimos por dos a cero. El tanto inaugural fue de Roberto Mosquera a los 21’ y el segundo se gestó en una elegante media vuelta de Julio César Uribe a los 86’. Este gol de la selección peruana debemos agregarlo a muchos otros cuyos atributos estéticos nunca podremos degustar, salvo que nos haga el milagro una eventual y patriótica expedición a los –supongo- muy completos y ordenados archivos de la televisión hongkonesa.

Aunque la victoria fue sudamericana, la figura del encuentro tiene nacionalidad malaya. Chow Chee Keong, cancerbero de su selección durante veinte años y considerado por los entendidos como uno de los más eficientes porteros del sudeste asiático de todos los tiempos, salvó no menos de dos tiros contundentes –uno de Uribe y otro de Rey Muñoz- que según los manuales debían ir adentro. A Chow Chee sus seguidores lo bautizaron 神經刀, que en chino puede traducirse como Espada Demente. Su espectacular agilidad –adjetivada como extraordinaria por el admirativo Lolo Salazar- libró al Caroline Hill, según este periodista, de un marcador lindante con el deshonor. Salazar anota que Perú mejoró en su juego y que fue otra vez absoluto dominador de las acciones, aunque la debilidad manifiesta del rival hacía aventurado cualquier análisis. La prensa hongkonesa tampoco coincidió con las apreciaciones de Salazar. Robert Park, encargado de la página de deportes del Morning Post, fue lapidario. Afirmó que habíamos derrotado a una “alineación improvisada” en un segundo partido “que afortunadamente es el último”. Su cólera lo animó a hundir hasta donde quiso el estilete en la blanda piel de nuestro orgullo: “A lo largo de los años hubo equipos que han venido del exterior brindando pobres actuaciones, como si llegaran de vacaciones o para aprovechar unos días de descanso. Lo de Perú debe estar entre lo peor que hemos visto. Si solo la mitad de estos jugadores van a constituir el seleccionado que luchará por la Copa del Mundo, la causa es bastante desesperada”. Tony Tse, redactor del Hong Kong Standard, no se quedó atrás: “Perú tiene muy pocas razones para festejar (…) Los peruanos pueden pensar que han salvado parte de su dignidad tras su derrota. Pero lo que realmente ocurrió es que con su actuación solo pudieron salvar las apariencias. No tienen un equipo que se supone disputará un Mundial”. Nuestros jugadores, ajenos a las críticas, recibieron un premio de trescientos dólares por cabeza, además del permiso para salir hasta la medianoche y hacer compras navideñas. Era domingo, pero ni siquiera ese día cierran los negocios en Hong Kong.

Después de un partido contra los Tigres en Monterrey –triunfo peruano por la mínima diferencia- la delegación regresó a Lima la noche del 5 de diciembre. Marcos Calderón fue el primero en declarar a los medios con un breve discurso que oscilaba entre la puesta de parche y el reproche de patriarca futbolero: “Hay quienes piensan que el fútbol que se practica en Hong Kong es primitivo y escaso de figuras. Están totalmente equivocados. Sus equipos tienen permanente roce internacional con clubes europeos. Nuestros muchachos tuvieron que viajar más de treinta horas, hubo problemas de alimentación y además la permanente lluvia nos impidió entrenar. De ahí la derrota”. Teodoro Salazar, ya aposentado en su oficina de La Crónica, escribió un texto en el que hizo el balance de la gira. Reconoció que deportivamente había mucho que hacer, pero se alegraba de la unión del grupo y de que “las argollas, las envidias y los celos han quedado atrás”. La brillante selección de Tim, apenas un año y medio después, echaría abajo tan optimistas conclusiones.

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