Por Oscar García

El año no lo recuerda bien, pero calcula que sucedió a inicios de los 80. Una delegación de escolares partía rumbo al convento de Santo Domingo para una visita. En ella iba un niño Gonzalo Torres, quien rememora los detalles de la anécdota con la emoción de quien relata los pasajes formativos de su vida. Ese día, el pequeño ingresó a la biblioteca del lugar, que data del siglo XVI, y lo que vio lo dejó asombrado. Más de 25 mil libros, incunables muchos, descansaban en libreros altos, como columnas que llegaban al techo. Sobre todo, le llamó la atención una puerta abierta: en ella encontró una ruma de libros apolillados. Abrió uno. La fecha decía 1712. El dato le impactó. Se sintió pequeño al sentir el peso de la historia en sus manos.

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