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La verdadera historia detrás del 'Israelita', el hincha más célebre de la selección 

Había cruzado océanos y continentes hasta llegar a la lejana Rusia para hinchar por su idolatrada selección, pero David Chauca Quispe ya está en su casa de Villa María del Triunfo, relatando a los suyos pasajes del éxodo que compartió en el Mundial con miles de peruanos


Quinto mandamiento: honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da.

Martina Quispe está bien abrigada. Las seis de la tarde en el aeropuerto siempre cala en los huesos, se lo habían advertido. Ha llegado hasta allí el 4 de julio porque su hijo David Chauca regresa de Rusia. Aunque es católica, tiene bien amarrada en la cabeza una vincha en la que se lee Frepap, nombre del brazo político de la congregación religiosa a la que él pertenece, o mejor dicho, de la Asociación Evangélica de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal. La cusqueña, con 40 años en Lima, no será hincha de Ezequiel Ataucusi, pero sí de su hijo. Y siempre hay que apoyar al que creció en el vientre de una. Eso está escrito.

Junto a ella esperan Deysi, su nuera, y sus nietos, Josué (8) y Betzabé (3). El chico va de un lado a otro pateando el borde de su túnica azul, jugando con las puntas de sus cabellos jamás cortados. No puede con los nervios por volver a ver a su papá, quizá el fanático más célebre de la selección peruana de fútbol. Aquel que, de pura fe en términos de plata y logística, cruzó mares y tierras para alentar a lo que, después de Dios y su familia, es lo más sagrado: el equipo bicolor. Varias cámaras esperan por él. Su retorno será televisado, en vivo, en el noticiero de las 8. Y en el de las 10. Y en el de las 11. Vamos, el que no haya escuchado de él, al menos una vez desde que Perú clasificó al Mundial después de 36 años, que tire la primera piedra.
Veintisiete días ha estado fuera de su casa el hincha pródigo que, a diferencia del de la parábola, no regresa nada arrepentido. Con un brazo levantado, el otro jalando su maleta, y gritando su propia versión del “¡Arriba Perú!” (con pausita incluida entre las palabras), David ingresa a la zona de llegadas internacionales del Jorge Chávez generando casi el mismo alboroto que el que hubiera producido Paolo Guerrero. Y entonces, más rápidos que el soplo con el que Dios le dio vida al hombre, periodistas y fans golondrinos cazadores de selfies están sobre él. Flashes. Ráfagas de preguntas y respuestas atropelladas. Empujones. De guacha, por entre las piernas de la multitud, Josué consigue abrazar a su papito. Llora.

—¿Cuán fanático de la selección eres tú? —le había preguntado Somos al niño una hora antes de tamaña concentración.
—¡Yo soy el segundo hincha de la selección! Pero cuando mi papá se muera, seré el primero.

La abuela Martina lo reprende con la mirada y luego se vacila. “Será el sucesor, pues”, vaticina. Ahí está su polla.

                                                   
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Segundo mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El otro, para el ahora internacionalmente famoso ‘hincha israelita’, es en esencia el Perú. El Perú es la selección, la selección es el fútbol, el fútbol es locura, y el loco es él. Desde pipiolo, David quiso ver al país en el campeonato más glorioso de todos, pero no fue sino hasta hace ocho años que el amor infinito por el combinado bicolor empezó a desbordarse. Eran épocas de Markarián. Entonces no tenía hijos y podía gastar. Su sueldo como obrero pagaba a las justas viajes por tierra a Bolivia, Uruguay, Paraguay, Argentina, Brasil. Con los críos después, la verdad, siguió en su ley. Conocidas son sus trepadas al techo de casas continuas a La Videna para ver los entrenamientos (a 10 luquitas la tarde); sus oraciones, ayunos de 24 horas y sacrificios de corderos para que los jugadores se alejasen del dinero y las mujeres; sus asistencias puntuales en los hoteles donde se quedaba la escuadra durante las Eliminatorias.

Bienaventurados los desgarros de voz y las banderas millones de veces flameadas. La fidelidad, pues, sería recompensada. De tanto verlo persiguiéndolos con frases de aliento escritas en cartones, Ricardo el ‘Flaco’ Gareca, director técnico, promotor de la clasificación y héroe nacional, lo fichó. Así, comenzó a dejarlo observar los entrenamientos, incluso cuando se amargaba y botaba a periodistas y curiosos. Advenedizos. “Tú estuviste con nosotros en los peores momentos. Gracias”, le diría el argentino a David, en un abrazo, luego del inolvidable partido con Nueva Zelanda, aquel que nos puso en Rusia. Al ‘hincha israelita’ le decían antes que él era el salado. Ya no. Hoy le gritan que es la cábala.

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Noveno mandamiento: No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. Ninguno, tampoco, pensará mal de él o lo menospreciará en su corazón.

“Éramos mucho más que México, que Colombia, que Dinamarca; ese partido pudimos ganarlo. Francia solo metió un gol. Era para que avanzáramos. Dios lo ha querido así, me dio tanta pena. Pero acá voy a orar y tratar de entender. Él me escucha. En Sochi, en el tercer choque, contra Australia, le dije: ‘Padre, mira cuántos hijos han venido hasta acá. Danos una alegría’. Resultado: 2-0”, narra ya David en la casa de su hermana, en Villa María del Triunfo. Ahí sus familiares y hermanos de congregación le han preparado una bienvenida. Hay arroz con pollo para todos. Siguen metidos allí los periodistas, como una plaga.

El hombre de 42 años (“¿42?”, cuestionaría luego su esposa. “Si él tiene 42, yo tengo 32, porque soy 10 años menor”) rememora que el pasaje a Rusia se lo regaló el alcalde de San Juan de Miraflores. En la maleta llevaría los US$ 800 que sacó de una pollada y kilos de sobrepeso de esperanza para sobrevivir. “Fui a la de Dios, hermana. No tenía hotel, entradas, tren, nada”. El panorama era, ciertamente, tan imposible como pasar un oso polar por el ojo de una aguja.
Pero, otra vez, dice él, el Creador proveyó. Halló albergues de hasta US$ 8 la noche, donde se hospedó junto al ‘Fantasma del 69’ y el ‘Niño Cóndor’, otros pintorescos fanáticos. Los compatriotas, especialmente los residentes fuera, le invitaron comida y le regalaron pasajes internos. Fue Edwin Oviedo, presidente de la Federación Peruana de Fútbol, el que le dio entradas populares. “En Sochi, otro hincha me dio una a Occidente. Dijo que lo merecía. La que tenía... Bueno, necesitaba recursos, hermana...”. Y termina por confesar: “El ‘profe’ Gareca me dio mi propina también: 200 dólares. Un gran tipo. Yo le voy a ir a decir que no se vaya. Le voy a ir a decir”.

La alegría en tierra de Putin fue mayor, al final, que la penuria. Y eso que a David la policía lo intervino cinco veces porque lo creía terrorista. Él tenía que enseñarles su Facebook y sus fotos con los jugadores para que le creyeran. Otros peruanos se metían para defenderlo. Al final, todos se tomaban fotos con él. Las cadenas de TV internacionales tampoco podían resistírsele. Menos, los jugadores. Guerrero le pasó la voz en Moscú. La 'foquita', también. André Carrillo lo grabó con su celular y subió el registro en su cuenta de Instragram con más de un millón de seguidores. El ‘israelita’ superstar.

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Séptimo mandamiento: no cometerás adulterio.

Tanta fama, claro, trae consecuencias. Fotos con atractivas rusas llegaron hasta Lima. Trucadas, dice él. Deysi, segura y hasta canchera, nunca creyó en ellas: “Si no le tuviera confianza, no lo habría dejado ir. Debe portarse bien si quiere ir a la Copa América”. Bebe Betzabé, desde los brazos de su madre, jala la pierna de pollo del plato que su papá sostiene mientras sale al aire en el 2. Muerde. El ‘hincha israelita’ parece un poco pisado, aunque feliz. De fondo musical en una pantalla, el karaoke de Cómo no te voy a querer o, cortesía de YouTube, la imitación que hace ‘Yuca’ de David en El Wasap de JB.

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Décimo mandamiento: No codiciarás los bienes ajenos.

—Y, David, ¿cuándo empiezas a buscar chamba?
—Algunos empresarios me han dado sus teléfonos, ya los llamaré... [se queda callado unos segundos] Yo lo único que quiero es la Copa.
—¿Qué Copa?
—¡La de Qatar 2022! ¡Tiene que ser nuestra! Las polladas arrancan este año sí o sí. Hermana, ¡me compra un ticket, ah! ... Josué, tráele la huancaína.  

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