TEXTO Y FOTOS: Luis Miranda

Me sellan el antebrazo, me entregan un cartón verde y me dejan entrar. “Si lo pierdes, no podrás salir”, me advierte una agente del sin pizca de buen humor.

Camino por un pasadizo y un guardia grueso me lleva a una habitación estrecha y, cuando termina de rebuscarme los bolsillos y toquetearme hasta comprobar que estoy desarmado, me siento adolorido por tanta desconfianza.

Es imposible no sentir claustrofobia en un fortín originalmente pensado para encerrar personas. No para reeducarlas. Unos tres mil doscientos internos pululan en un espacio menor a dos hectáreas y en una atmósfera que a veces huele a brisa marina y otras a tripas podridas. El edificio fue construido para quinientos setenta reos; es decir, hay dos mil seiscientos treinta de más. Como si en un departamento diseñado para una familia de cuatro personas vivieran veintidós.

Una de las lámparas empotradas al techo arroja chispas de vez en cuando. Un cortocircuito en el auditorio –a donde al fin he llegado– no preocupa a nadie. La clase de música continúa. Pero, por si acaso, yo me alejo de esa zona.

La historia de los músicos del penal Sarita Colonia que de vez en cuando salen a dar conciertos.
La historia de los músicos del penal Sarita Colonia que de vez en cuando salen a dar conciertos.

En el escenario varios hombres, cuyas condenas suman unos cuatrocientos años, intentan dominar instrumentos como el violín, el cello y el contrabajo. Veo burriers mexicanos, asaltantes chalacos, homicidas, ladrones en su mayoría. O, perdón, eso fueron. Hoy son alumnos de música clásica. Hoy se codean con Beethoven. También veo a un sujeto que tuvo el apodo de ‘Matapolicías’. Los jueces lo condenaron a veinticinco años.

Desde que empezó el programa Orquestando, la respuesta ha sido sorprendente. Eso me dice Aníbal Martel, un joven profesor del Conservatorio Nacional (hoy Universidad Nacional de Música) que llegó aquí mediante un proyecto del Ministerio de Educación y terminó siendo contratado por el INPE luego de obtener mejores resultados de los que era de esperarse.

“Es la primera vez que el INPE invierte dinero en comprar instrumentos sinfónicos”, agrega. No solo grilletes, armas y cachiporras. La música tiene un poder del que carecen las matemáticas y las rejas.

Los logros que los internos inscritos van obteniendo mes a mes, hasta que consiguen arrancar sonidos más o menos agradables a instrumentos tan difíciles de aprender como el violín, van convirtiendo a hombres que no le tenían miedo a nada en persistentes alumnos que están construyendo algo nuevo con su vida. Ahora temen desafinar.

“Casi me pongo a llorar”, me dice un hombre flaco de ojos encendidos. Evitaré registrar algunos nombres en esta crónica. Está implicado en un caso de tráfico de drogas y una temprana vida de ladrón. “Nos sacaron para tocar en una universidad en Lima. Era la primera vez en años que veía la calle. Había muchos niños en el auditorio. Y al final de nuestra presentación, varios de ellos se acercaron sabiendo que somos presos y nos abrazaron”. Le brillan los ojos y dice bajito: “Me sentí importante”.

El despegue de Orquestando ocurrió en el 2017, cuando surgió la idea de grabar un video de salsa dentro de las rejas. Y es que Sarita contaba con más de una orquesta del género. La dirección a cargo de Koky Málaga dio como fruto una producción vibrante que puso los ojos del mundo en el talento de los internos y que capturó la atención de los periodistas de CNN. Trampolín a la fama: Mi libertad hizo de los protagonistas estrellas con grilletes.

A partir de ahí más internos se inscribieron voluntariamente en el programa, que se convirtió en Ahora, en Sarita, unos ciento cincuenta toman clases de instrumentos sinfónicos y cajón peruano. El programa también se abrió en otros penales de Lima y en algunos de provincias. Uno de los temas que ensayan con esmero es un popurrí del grupo Queen. Pero el proyecto apunta a un sueño: convertirse en la primera orquesta sinfónica de internos con miras al Bicentenario de la Independencia del Perú. Lástima que no podrán tocar “Somos libres”.

le pregunto esta vez a un hombre recluido por homicidio, justamente uno de los que participaron en el video Mi libertad. Mira a un costado como maliciando el veneno de la pregunta. De hecho, él mismo ya se fugó una vez, me sorprende. Pero no de este penal, sino de una casa de reclusión. En ese lugar recibió la visita de quien en realidad era un especialista en túneles y, mirando hacia un punto preciso, le dijo con seguridad profesional: “Por ahí es”. No me cuenta detalles, pero sí que él y sus compañeros hicieron un hueco donde les había señalado el experto. Al poco tiempo lograron escapar.

Pero esas fueron otras épocas, reflexiona. Cuando asaltar con armas era la única manera concebible de ganar dinero. Cada trabajo exitoso podía darle unos meses de vida plena y lujosa. Pero esa adrenalina tenía un precio. Una cicatriz le marca el cráneo pelado como una larga cremallera. Le quedó de una balacera contra dos policías. Pertenecía a la banda Barrio King por entonces. Consiguió acertarle un balazo a un agente. Pero también recibió un tiro. Despertó en un hospital después de un mes en coma.

Ya lleva preso más de diez años. Y en este tiempo su madre nunca dejó de confiar en él. Ahora, gracias a Orquestando, ella tiene un músico como hijo. Ya no un asaltante.

Una decena de profesores imparte las clases, unos en el auditorio y otros en los rincones disponibles del estrecho penal. Muestran una paciencia de acero para lidiar con hombres que no tienen más recursos que la intensión de cambiar. Es el único requisito que les piden: deseo de aprender.

Siempre se siente un escalofrío cuando ingresas a un penal peruano. Algunos presos te piden dinero, aunque sea un sol; te cruzas con los protagonistas de las peores noticias policiales, asesinos solitarios o jefes de bandas; te pones cara a cara con el rostro cenizo de quienes han pasado más de veinte años encerrados y saldrán en un ataúd. Es poco probable que hoy vea –aunque sea de lejos– a Martín Rivas, el del Grupo Colina. Hay huéspedes que son premunidos de la visita de extraños.

El mar está tan cerca que en una alerta de tsunami pasada abrieron las rejas para que los internos puedan esperar el maremoto en los techos de sus pabellones. Los mismos techos por donde en 1995 lograron escapar los miembros de la banda Los Destructores: el ‘Negro Nicho’, ‘Cerebrito’ y Tito Uscuvilca ‘Pitufo’. Seguramente, tenían asuntos pendientes en la calle o no les gustaba dormir en el piso y en las escaleras, como hace la mayoría de presos ante la falta de espacio dentro de las tugurizadas celdas.

“Este es un cementerio de vivos, aquí te entierran vivo”, me dice ahora con amargura este hombre que proviene de una familia chorrillana y que cayó con drogas en el Jorge Chávez. El sujeto tuvo un pasado como asaltante. Vivió en España y de vez en cuando viajaba al Perú por mercancía.

“Dónde están los whiskies que me tomaba, dónde las mujeres que me asediaban. El delincuente vive en un mundo de fantasía”, filosofa. “No puedo disfrutar de nada de eso. Por eso estoy trabajando en mi inteligencia. Quiero aprender nuevas técnicas de música. Dominar el saxofón y aprender a tocar otros instrumentos”. Ya sabe leer partituras y deberá aprender a componer melodías, pues es uno de los fines de Orquestando.

Ya es tarde y le digo que fugo.
—¿Fugar? No. Nadie puede fugar de aquí. //

-EL LIBRO-
El pintor de Lavoes y otras crónicas

-Autor: Luis Miranda 
-Editorial: Colmillo Blanco (206 páginas)

-Presentación: 6 de julio a las 7 p.m., en Machasqa Bar, Barranco

-Precio: 42 soles
-Encuéntralo en El Virrey, Sur, Book Vivant y más