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Ivalú Acurio, la hija de dos íconos de la gastronomía que sigue sus pasos y hoy lidera siete locales en Suiza
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En Ginebra, Ivalú Acurio encontró su propia historia. “Siempre me gustó comer, pero no estaba segura de querer dedicarme a la cocina”, recuerda. Estudió hotelería en Suiza pensando en la gestión, pero entre clases y prácticas se dio cuenta de que su felicidad estaba detrás de los fogones. “Mis amigos me decían que me veían más feliz cocinando que haciendo cualquier otra cosa”, cuenta muy emocionada.
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Su historia no sigue el guión esperado para la hija del cocinero más influyente del Perú, Gastón Acurio, ni de una madre tan icónica como Astrid Gutsche. En lugar de quedarse bajo el amparo del apellido, Ivalú se fue a Tokio a estudiar en Le Cordón Bleu. Se graduó con honores, “la primera de la clase”, dice con orgullo y trabajó en un restaurante, donde pasó meses lavando arroz y cocinando para el personal. “Era el trabajo más duro y, aun así, era feliz”, recuerda.
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La pandemia la sorprendió en Japón, pero lejos de detenerla, la impulsó a avanzar. Junto a su socio japonés, con raíces familiares en Suiza, se mudó a Ginebra y abrió su primer restaurante: Sando, una hamburguesería de inspiración japonesa. “Fue mi primer bebé”, confiesa. El éxito fue inmediato y sin grandes inversiones. “Todo lo hemos hecho con nuestros propios recursos. No tenemos inversores, todo ha sido orgánico”, afirma.

Tras Sando llegó Saoko, una propuesta nikkei street food donde el poke bowl es la estrella. Pero desde noviembre, el pan con chicharrón, el gran símbolo del desayuno peruano, se ha abierto paso en el menú, de momento de manera temporal, pero Ivalú no está muy segura de esto. “Saoko es mi marca más personal. Es el punto de encuentro entre dos culturas: la japonesa y la peruana”, explica. Su tercera marca, Lulu’s Fried Chicken, nació como un pop-up centrado en su plato más reconfortante: el pollo frito. “¿A quién no le gusta el pollo frito? Es una de mis comidas favoritas del mundo”, dice entre risas, esta última propuesta aún no tiene local, pero no debe tardar en tenerlo.
Hoy, con siete puntos de venta entre sus dos marcas (Sando y Saoko), Ivalú dirige lo que llama su propio “mini imperio gastronómico”.
Aunque vive lejos, el Perú sigue siendo su centro emocional y su fuente de inspiración. “Siempre hablo de nuestra gastronomía como si fuera la mejor del mundo”, confiesa. Su amor por los sabores del país se refleja en pequeñas sutilezas: el uso del ají, las salsas cremosas, el balance entre lo picante y lo dulce. “Cada vez que voy a Lima, mi primera comida es un cebiche. Y la última también”, dice.

A la pregunta de ¿Abrir un restaurante en Lima?, Ivalú responde que le encantaría, pero tendría que “hacerlo bien, con un socio local”. Por ahora, su casa está en Suiza, pero su corazón sigue en territorio peruano. En uno de sus dedos lleva tatuado el mapa del Perú, un recordatorio constante de sus raíces y de la tierra que la formó.
A sus 31 años, Ivalú Acurio ha demostrado que su apellido no la define. Su éxito no se mide por herencia, sino por constancia, como cuando practicaba nado sincronizado. “Quería probarme que podía hacerlo sola”, asegura. Y lo logró: desde la base del arroz japonés hasta las mesas suizas donde hoy se sirven sus creaciones. En cada proyecto, Ivalú ha sabido convertir su historia familiar en una inspiración, no en un peso.
“Antes me molestaba que me pregunten por mis papás”, confiesa. “Ahora me siento orgullosa, porque sé que ellos también lo están. Pero todo lo que he hecho es mío, construido paso a paso, con mis propias manos”.
Su propuesta resume lo que ella misma encarna: la fusión entre dos mundos (o tres: Perú, Suiza y Japón), la búsqueda de una identidad propia y la certeza de que el legado familiar puede ser, también, un punto de partida hacia algo completamente nuevo.
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