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Keiko y Kenji: la rivalidad freudiana que viene desde Caín y Abel, por Julio Hevia

La insalvable distancia entre Keiko y Kenji da pie a una aproximación freudiana e histórica a las rivalidades fraternas que ocupan la escena pública. Desde Caín y Abel hasta Huáscar y Atahualpa, la pugna entre hermanos persiste

Reconocemos a la familia Fujimori como peruanos de ancestro japonés o entes desdoblados según las crisis del caso. Valga señalar que el retrato con que se cuenta de esa familia, en vez de transitar del ámbito íntimo al reino exterior, opera en la dirección contraria: nos reenvía del contexto público (el de una democracia devenida forzoso autoritarismo, el de una defensa de la seguridad ciudadana travestida por diversos vejámenes, el del sonado maltrato a uno de los cónyuges o el de los privilegios presupuestales de la familia) a una convivencia a medias conocida, las más de las veces hipotetizada por los indagadores del caso. 

Caín y Abel

La muerte de Abel (Gustave Doré, 1885). El crimen bíblico inspira la frase comúnmente usada como sinónimo de pasarla muy mal: ‘las de Caín’.

En vez de psicologías personales o caracteres de grupo, priman en estos enfoques la ideología, el ángulo político y las novedades mediáticas. Entre tanto, la impronta del reality televisivo y sus flujos chismográficos hacen de las suyas. Es frecuente que, en medio del vértigo informativo, se pase del análisis a la interpretación y de la crítica a la propuesta. No está de más anotarlo. 

Una pugna que empieza con K
Véase cómo a propósito del polémico indulto al ex mandatario las posturas asumidas a diestra y siniestra parecen multiplicar los Keikos y los Kenjis, ya por la aprobación a la iniciativa consumada o por el cuestionamiento esgrimido ante tal arbitrariedad. Por un lado están los partidarios del perdón y quienes califican el indulto como una aberración; los que aparean el olvido con la superación del trauma y los que aducen, a capa y espada, que el recordar evita la repetición del crimen.  

Con harta frecuencia se opina desde el sentido común: he allí las redes de la democracia. En otras ocasiones se buscan argumentaciones más sofisticadas: se trata de la solvencia en la que se instala el discurso intelectual.  

Freud y el parricidio
Volvamos a los Fujimori: crecen los menores y ocupan lugares mayores, distintos episodios corroboran que están lejos de apuntar al mismo objetivo o, peor aún, que a fuerza de coincidir en él se van tornando mutuamente excluyentes. Asesinar al padre para luego gobernar entre hermanos: esa era la hipótesis que, con lujo de detalles, extendió Freud. Mantener vivo al padre mientras se prolonga la pugna entre hermanos: he allí este complejo fraterno que, a la fecha, parece no tener visos de resolverse. ¿Acaso los crímenes y despropósitos del padre son hereditarios y la rivalidad entre hermanos el mejor pretexto para validar tal malditismo? 

Crisis políticas al margen, las hostilidades entre descendientes no parecen tener buena tribuna, aunque, hay que decirlo, cuenten con harta vitrina. Quizá no sea casual que Huáscar y Atahualpa confirmen, para la historia del Perú, la visión catastróficamente criminal que Caín y Abel escenificaron en el relato bíblico. En el ámbito de los grandes pensadores pocos saben, por ejemplo, que los hermanos William y Henry James, connotado filósofo pragmatista el primero y una de las plumas cumbres de la literatura el segundo, no podían verse ni en foto. Digamos que la anormalidad atribuida a lo defectuoso y conflictual del vínculo fraterno supone también una lectura moralista que no debemos perder de vista. Algo parece asemejar la frustrada armonía entre hermanos y la supuesta inocencia infantil. ¿No se tratará de dos mitos seculares esgrimidos contra una realidad que nos sobrepasa diariamente? 

William

Hermanos William y Henry James, filósofo el primero y una de las plumas cumbres de la literatura el segundo, no podían verse ni en foto.

La cultura de los pares
A pocos tramos de un parricidio innombrable, ese que cristaliza en lo real el trágico desenlace edípico, se yergue el fratricidio innoble. Es un traspié que tira por tierra la labor civilizadora de la familia mientras certifica el ocaso de las jerarquías adultas y da paso a otro régimen más homogéneo donde la cercanía y la paridad suelen distanciar a los protagonistas. Quizá sea preciso recordar que la modernidad trajo consigo toda suerte de trajines, vértigos y aceleraciones. Su ocurrencia pretextada por aspiraciones económicas y empoderamientos diversos habría de rebotar, tarde o temprano, en toda convivencia y, por abrumadoras probabilidades, en el núcleo de lo familiar. Las jerarquías hogareñas de ayer empezaban a sufrir severos descalabros, cual si se tratara de sacudones sísmicos experimentados a pequeña escala. Los derechos individuales de cada cual crecieron desproporcionados, mientras que los deberes y obligaciones de otrora se encontraban en severa tela de juicio. Hablamos del advenimiento, con sus pros y contras, de la cultura, hoy vigente, de los pares. Reino competitivo sobre el que ya se ha dicho demasiado. 

Más allá entonces de las ventajas tomadas por uno de los contendientes/descendientes de la dinastía Fujimori, lo cierto es que en el balance tanto debe incluirse al que pierde cuando gana (que lo diga PPK), como los modos con que se benefician los aparentes perdedores. Habría que evitar, eso sí, lo que indica el proverbio oriental: que cuando de perpetrar una venganza se trata mejor sería cavar dos tumbas. 

ESTA NOTA FUE ESCRITA POR JULIO HEVIA EN ENERO DE ESTE AÑO.

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