Por Oscar García

A sus respetables años, a Everardo Zapata no le gusta depender de nadie. Su salud es bastante fuerte, dice, aunque hace unos años se cayó y estuvo mal, con una mano lastimada y un dolor en las costillas que no le permitía dar la vuelta en la cama. Aun así, él se manda solo: va por la calle de impecable terno y lleva consigo un bastón, con el que llama a un taxi y pide que lo lleven a la mejor pollería de su Arequipa natal.

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