ELDA CANTÚ
PERIODISTA


Antes de que Madonna cumpliera 40, no recuerdo que a nadie le importara demasiado su edad. Pero es cierto que eso fue hace 20 años y el ciclo noticioso era diferente. Que Madonna cumpla 60 subida en un escenario y no con una, sino dos portadas de Vogue, es una forma de actualizar y continuar su gran carrera transgresora. En un mundo que hoy bosteza ante la sobreexposición de las celebridades (Madonna parece haber inventado el género, y ella aparecía en medios cuando hacía falta algún talento para figurar) quedan muy pocas cosas que nos escandalizan. Pero envejecer sigue siendo un tabú para las mujeres, uno de esos techos de cristal. Ni a Mick Jagger ni a Steven Tyler les pedimos que se comportaran como hombres mayores: que dejaran atrás los líos con mujeres muy jóvenes o las cirugías o que empezaran a cantar algo más ‘acorde con su edad’. Madonna tal vez sea la primera abanderada de una de esas causas imposibles: la de la guerra contra el ‘edadismo’.

KATYA ADAUI
ESCRITORA



Nació con certificado de autenticidad y bajo su propia ley. ¿Quién es Madonna? Es difícil narrarla, semióticamente es múltiple. Aparece y desaparece, como los deslumbramientos y los enigmas. Tiene recursos secretos. Solo ha sabido ser en libertad. Una sobrecapacidad dúctil, voraz y gozosa de transitar entre géneros, de ser ella misma deseo y vanguardia. Se adjudicó el erotismo y lo queer, una sexualidad desprejuiciada y sin culpa. Cambió de religiones. Ha sido madre seis veces. Miró a donde había que mirar, se hizo las preguntas decisivas, habló con el cuerpo, cuando otros preferían postergar eso. A Madonna no solo la hemos bailado. Ha sido algo demasiado visual. Un reinvento con guión. Un campo magnético. Una deliciosa incomodidad. Un acontecimiento sin intervalos. Hemos crecido rezagados en su evolución, somos nosotros los que le llegamos tarde.

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