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Todo lo que se siente cuando sabes que tendrás tu primer bebé, por Adriana Garavito

Adriana Garavito es periodista, profesora de yoga, y hace 7 meses descubrió que iba a ser una joven mamá. Esta es la primera entrega de un fabuloso viaje, y todo lo que ocurre alrededor de una noticia así por primera vez

Adriana Garavito

Todo lo que se siente cuando sabes que tendrás tu primer bebé, por Adriana Garavito. FOTO: Alejandra Kaiser.

Eran las 3:20 a.m. cuando abrí los ojos y me quedé mirando el techo con una mano en la panza. Llevaba ya casi una semana en Miami, en el departamento de mi hermano, pero la cama se sentía más ajena que nunca. Desperté por un retorcijón en el vientre. Quería pararme, ver qué pasaba, pero solo miraba el techo y comencé a atar cabos.

Mi papá había muerto tres meses antes. Un cáncer al pulmón se lo llevó en la misma cantidad de tiempo. Lo tumbó fortísimo y nos llevó a todos de encuentro. Pero antes de morir, dejó claro uno de sus tantos deseos: que sus dos primeros hijos –mi hermano mayor y yo- lleváramos a los dos menores, los mellizos que tuvo en su segundo matrimonio, a celebrar sus quince años a Orlando.

Así, a finales de enero los cuatro nos fuimos a Disney, Bush Gardens y Universal. La pasamos superbién. Subimos a todas las montañas rusas, simuladores, juegos y comimos todo lo que se come en Estados Unidos: hamburguesas, papas fritas, más grasa, dulces, helados, chocolates, panes con queso armados en el hotel, agua y algunas frutas para disimular el desmadre. Hasta que de un momento a otro me sentía mareada, agotada y con la necesidad de cambiar papas fritas por mandarinas y mucha agua. Pensé que era la edad. Los treinta no son los quince, pues.

De vuelta en Miami, mi mamá nos dio el encuentro. Le conté que andaba fastidiada, que no quería comer otra cosa que no sea fresco, que me iba a venir la regla. Me miró de arriba abajo, le sorprendió que pudiese llenar escotes y me preguntó si estaba embarazada. No. Es la regla, le dije. Aunque los cólicos venían, se iban, regresaban, pero no pasaba nada. Falsas alarmas. “Yo creo que estás embarazada”, insistió unos días después. Ay, mamá.

Andaba tumbada en la cama, entonces, mirando el techo del cuarto de mi hermano con una mano en la panza. Hasta que, de golpe, todo se aclaró. Lo supe con una certeza limpia; no había forma de estar equivocada. Estoy embarazada. Mierda.

Siempre pensé que le contaría a mi chico, Sebas, que estaba esperando un bebé de una manera tierna, creativa y hasta chistosa. Pero solo atiné a un WhatsApp.

- Amor, creo que estoy embarazada.
- Anda.

Me esperó en Lima, en casa, con una prueba de embarazo que usé bien temprano a la mañana. Las instrucciones recomiendan esperar unos minutos para saber los resultados, pero supe el mío en cuestión de segundos. Estaba embarazadísima. Increíble, pensé.

- Es positivo.
- Está bien, pues.
- Sí. O sea, qué loco.
- Ven, pues.

Adriana Garavito

Adriana no ha dejado de dar clases de yoga en Miraflores.

Sebas estaba emocionadísimo. Me dio un abrazo, muchos besos, más abrazos, y me pidió que me aliste para ir a sacarme análisis de sangre. Mis nervios estaban de punta, pero horas después, antes de abrir por correo los resultados oficiales solo quería leer que no me había equivocado, que estaba embarazada y que todo andaba bien. Y no solo estaba bien, sino que bien avanzada: casi nueve semanas.

Busqué una cita con mi ginecóloga, pero no había hasta en un mes. No aguantamos y elegimos a dedo a cualquier otra por ansiosos. La puerta del consultorio la abrió una doctora que no pasaba mi edad. De cintura para arriba, el mandil blanco, típico de doctor; de cintura para abajo un pantalón ancho, de tela, esos que venden en mercaditos en Barranco. Queen sonaba desde una pequeña radio mientras me preguntaba si era mi primer hijo; con la mirada en un papel, nos felicitó.

Nos invitó a otro cuarto para una ecografía. Allí escuchamos por primera vez cómo es que late el corazón de un bebé que tiene el tamaño de una pecana. Sebas me miró sorprendido, yo solté un par de lágrimas y la doctora dijo: “Allí está”. Antes de irnos nos dio un folleto y me lanzó una advertencia. “Te van a pasar cosas terribles”. Le dije que gracias, pero hasta ahora no sé por qué.

Tengo una lista de los lugares en los que vomité los primeros meses: en un par de parques en Miraflores, en la Av. Benavides, debajo del puente Villena, en el malecón de San Bartolo, y también en una trocha por Punta Hermosa. Vomité en mi baño, por supuesto, pero también en el de la casa de playa de la tía de mi novio, en un par de restaurantes (perdón Pan de la Chola) y en el de mi mamá. Escupí exceso de saliva saliendo de la Sunarp; a punto de entrar a la Sunat; saliendo de dar clases de yoga y también bajando de un taxi.

Una vez se me calentó tanto el cuerpo que me tuve que poner bolsas de hielo en la cabeza y en los brazos. Una tarde lloré porque tenía que ir a la notaría y otra porque el tráfico en Miraflores me abrumó. Me quedaba dormida en todos lados y mi cuerpo me regaló un superpoder: un olfato agudo y gases ¿Qué tal ese combo? Además, se me antojó comer cebolla en todas sus variaciones, pero lavarme los dientes era una tortura por las náuseas. Ese también fue un combo interesante. Me dijeron que todo se iría a los tres meses, pero estuve así hasta casi los cinco.

La dulce espera estaba un poco agria. No a todas les pasa. De hecho, la mayoría de mis amigas no sintieron ningún malestar durante su embarazo, lo que hizo que al principio nuestras conversaciones sean aburridas. Pero no me puedo quejar. Hasta ahora, a mis siete meses de embarazo, la bebé y yo andamos saludables. Pero voy a ser bien sincera: desde el día que me enteré que estaba embarazada he estado en una montaña rusa de emociones, tan grande como las que me subí en Orlando sin saber que mi hija andaba en la panza. He pasado por el susto y por la emoción. Por la aceptación y hasta el rechazo.

Pasé de estar en duelo por perder a mi papá, a celebrar la llegada de mi hija y sentirme mal por eso. Pasé por refugiarme con mi chico, a comenzar a llamar más a mis amigas, mi mamá, a armar tribu. Sigo pasando por tantos cambios que es tan emocionante, como duro. Estar embarazada, para mí, es como salir feliz de una montaña rusa a la que le tenía terror, y pensar que –si no hay mucha fila- podría subir de vuelta. Es adrenalina y valor. Son dudas, confianza y cambios. Muchos cambios. Pero esos son parte de otra historia de la que ya probaré escribir.

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