Ana Núñez

Yo tengo padres separados desde que tenía dos años y recién cuando tenía más o menos 15 o 16 pude pasar una Navidad con los dos juntos. Durante todo ese tiempo él había sido un padre presente, pero ya no participaba en nuestras reuniones familiares.

Nunca habíamos pasado una Navidad juntos, al menos que yo tuviera memoria. Entonces, para mí tener una Navidad con mi padre y mi madre juntos fue como “wow”, fue un momento pleno. Recuerdo que yo convencí a mi mamá. Le dije: “Mira, mamá, mi papá va a pasar la Navidad solo, por qué no lo invitamos a la casa para que venga”. ¡Y accedió! Fue la única fiesta en la que hemos estado juntos los cuatro: mi papá, mi mamá y mi hermano (para entonces aún no nacía mi otro hermano de padre). Eso fue lindo.

Fueron varias ‘primeras veces’ a la vez: no solo era nuestra primera Navidad juntos, también fue la primera vez que nos sentábamos a una mesa para cenar juntos, la primera vez que nos dábamos regalos, la primera vez que nos juntamos en un abrazo. Ese día me di cuenta de que sí podían estar ellos juntos, conversando, dialogando y no pasaba nada. Sentí que mi mamá estaba dándoles el gusto a sus hijos. Igual, ahora de grande, tengo que hacerme horarios, me reparto: primero visito a la abuela, luego a la casa de mi papá y así. Pero antes, cuando era pequeña, ellos cumplieron –más bien, me cumplieron– el sueño de poder estar reunidos.

A mí me encanta la Navidad, soy de las personas que la disfrutan mucho. No el tema comercial, sino la Navidad: juntarme con mi familia, ver a mis primos lejanos, cocinar con mi abuela. Eso es la Navidad para mí. Es más, es una de las etapas del año que espero. Así como espero el verano, así espero la Navidad.


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