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La preciosa ilustración en homenaje al poeta fundador de Hora Zero, Enrique Verástegui

El 27 de julio último murió el poeta Enrique Verástegui, uno de los fundadores del movimiento Hora Zero. De todos los homenajes recibidos, quizá este sea el más bello: una gráfica del ilustrador Víctor Aguilar Rúa, lector y admirador. 

Verástegui

El ilustrador Víctor Aguilar Rúa le rindió homenaje a Verástegui con sus propias manos.

El 18 de agosto del año pasado, con ese rostro de chino negro inconfundible, ese pullover que era parte de su última elegancia y esa obra noble que miraba con la misma intensidad a la matemática y a la poesía, Enrique Verástegui habló con Somos en su casa de Cañete  -en lo que alguna vez fue su casa de Cañete-, su infancia y sus recuerdos, sin saber que sería la última vez. El 27 de julio, viernes, murió.

¿Es fácil ser poeta en el Perú?, le preguntó ese día Rafaella León.

Verástegui dijo: “Todo depende del talento y del autocultivo para producir poesía, aun cuando esta no sea para la gente una necesidad. Si la poesía suscita algo, así sea solo en una persona, entonces habrá valido la pena. La poesía es siempre un acto de buena voluntad”.

Esa misma definición, romántica y personal, motivó al artista e ilustrador Víctor Aguilar Rúa –años de experiencia en El Comercio y con trabajos en dupla con el poeta José Watanabe, por ejemplo- a rendirle homenaje a Verástegui de la única forma en que estos emocionan: con sus propias manos. Luego escribió en su cuenta personal de Facebook: “Hace unos meses, buscando algo sobre el maestro Verástegui, encontré una entrevista en YouTube muy buena que le hicieron unos estudiantes y terminé haciendo este apunte. Ayer, el mismo día en que perdimos a Marco Aurelio Denegri, se nos fue el poeta... ¿No dan ganas de llorar?”.

En 2009, Enrique Verástegui publicó Teoría de los Cambios (Sol negro, 2009). Allí dijo más de lo que dijo.

MAITREYA

Me he sentado a esperar la vejez.
No pienso ni hago nada hasta que llegue otra
generación
a desempolvar el brío, los libros dorados, las
matemáticas,
el cuerpo, el alma, el universo,
todo ese conocimiento sepultado por el rencor,
la gnosis que demuestra que lo infinito
está en lo finito
donde está, realmente, el universo.

Florecí más que nadie
pero perfidia cayó sobre mí,
doblándome como una flor,
herrumbrándome, y fui silenciado.
Maitreya pasó desapercibido como una sombra por la
vida,
¿no dan ganas de llorar?

Se llora de pena, de tristeza, de rabia. También cuando ciega la belleza.

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