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Punta Hermosa: el secreto del que nadie habla en la playa a una hora de Lima

"¡Temed la muerte por agua!”, señala el poeta T. S. Eliot en La tierra baldía. Y sobre esto –sobre los ahogados, sobre aquellos cuyo goce terminó en desgracia– trata esta crónica, testimonio de parte y evocación al paso de dos ahogados en la literatura peruana.

La playa amanece hoy con un letrero inmenso que afea el paisaje. “Zona de alto riesgo”, alerta el municipio. Los reportes de bañistas ahogados en este pequeño rincón de la bahía de Punta Hermosa son constantes. Y no es que se trate de una playa muy peligrosa. Ocurre que alguna gente es irresponsable: se mete mar adentro sin saber nadar lo suficiente, o toma el riesgo de zambullirse desde las rocas altas de la isla sin tener idea de cómo luchar contra las corrientes o contra el oleaje encrespado.

Esa gente, por alguna razón, no se baña en la pocita, nombre que se le da a una artificial ensenada hecha de rocas y que es como una piscina con olas y suelo de arena, donde, para mayor seguridad, nunca hay corrientes que impidan alcanzar la orilla. Sin embargo, los afanes al entrar y salir del agua reclaman cierto cuidado. El bañista deberá esperar a que termine la racha de olas, cuando el mar se aquieta por unos segundos, porque de lo contrario, si sigue movido, acabará golpeado contra las rocas.

Desde la terraza de mi casa he visto a gente ahogándose. Unos no lograron sobrevivir, otros se salvaron con las justas. Y esto, por lo general, acontecía los fines de semana, días habitualmente concurridos. Llevo en la memoria imágenes de tumultos que se formaron en la orilla, frente a la zozobra de bañistas imprudentes; y escenas más dramáticas y conmovedoras: la llorosa turba de amigos y familiares que escoltaban el cuerpo inánime de un ahogado, hasta que de pronto llegaba una ambulancia y desaparecía ese coro griego. Y recuerdo, también, otras escenas sorprendentes: lo que sucedía después. En menos de cinco minutos, tras haberse esfumado el ahogado y sus acongojados deudos, la playa recuperaba su esplendor, el sol brillaba más que nunca, los bañistas descansaban con serena placidez bajo las sombrillas, los niños corrían otra vez felices y alborotados por la orilla, las chicas en bikinis emergían del agua como bellas apariciones y los salvavidas volvían a sus altas torretas de vigilancia.

Ante los incesantes ahogados, la mayoría de veces alguien (no sé quién) pasaba la voz y venían salvavidas a rescatarlos. Y cuando no los había, mi mujer, que es buena nadadora, se metía al mar con una morey vieja, una tablita con cuerda que ataba a la muñeca izquierda, lo que facilitaba su tarea. Ella dominaba las más eficaces técnicas de salvataje, para atrapar y remolcar al desesperado bañista, evitando que este se le colgara del cuello, peligroso trance en el que ambos podían terminar ahogados.

Las tres de la tarde es la hora más frecuente de los ahogados. “Una hora absurda”, en opinión del angustiado Antoine Roquentin, el personaje de Sartre, en La náusea. En una traducción libre, “una hora de mierda”. Y agrega: “Siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer”. Algunos bañistas, a esa hora, se meten al mar luego de almorzar y se convierten en los candidatos más propicios para sufrir calambres y hundirse. Son ahogados puntuales.

A las tres de la tarde, bajo el fuerte sol de febrero, he visto morir a surfers novatos; a padres que instruían a sus hijos sobre los secretos del mar, predicándoles que debían de perderle el miedo, para luego, ante la vista aterrada de estos, ahogarse; y lo más común, he visto morir a borrachos. Todos eran hombres jóvenes o adultos, pero nunca vi a ninguna mujer, que yo recuerde; ninguna.

Al ahogado que más me impresionó, sin embargo, no lo vi. Era de noche. Nadie había podido verlo, porque hacía una noche sin luna, oscura y nublada, y sus gritos de auxilio daban la impresión de provenir de sitios diferentes. El viento jugaba con aquellos gritos, que en un momento se oían cerca y en otro lejos. Lo oíamos como si estuviéramos ciegos. El mar estaba picado y la poca gente, agolpada en el malecón, corría de un lado a otro, aturdida. “¡Creo que está por allá!”, prorrumpía alguien de vez en cuando. Varios testigos, incluso, alucinaban brazos que asomaban en el oscuro mar, que, como es habitual, ora se agitaba por unos minutos, ora se calmaba.

En las noches, desde luego, no hay salvavidas: eso no está previsto. Y en cuanto a las linternas caseras, no alumbran con la potencia indispensable que nos permita ubicar al audaz bañista para ir en su rescate. Así las cosas, surgió la sensata propuesta de un vecino: acercar cinco camionetones a la orilla, a fin de que los faros neblineros apuntaran hacia el mar. Vimos diez haces de luz amarilla penetrando en las turbulentas aguas oscuras o en los velos de tinieblas. Y también, de forma simultánea y como el intento más experimentado de revertir la tragedia, vimos a dos surfers. Estos entraron con sus tablas y peinaron la zona de corrientes, pero igualmente resultó inútil.

Nada. Nadie alzaba un brazo en el mar que, para la desazón de muchos, se tranquilizó de pronto; y además, ya no se oían los gritos. De otro lado, tampoco la gente avistaba alguna sombra o señalaba que por ahí se movía algo. Todos habían enmudecido, como resignados ante la adversidad. Y justo entonces, en ese silencio, estalló la voz de una mujer, que un rato antes quizá debía de haberse confundido en el bullicio, y que ahora, nítida, solitaria, dejaba oír todo su desgarramiento.

–¡Mateo! –gritó la mujer. Observamos que era una chica pequeña y delgadita, de pelo negro, vestida con polo y shorts– ¡Mateo, no te rindas, por favor! –ella tampoco quitaba la vista del mar y caminaba alterada, yendo y viniendo por el malecón, o bien, con el rostro bañado en lágrimas, se detenía y se aferraba a la baranda– ¡Habla, Mateo! ¡No te rindas!

Buena parte de la gente, agobiada, se había retirado a sus casas. Ya sabían que otra vez el mar había cobrado su botín. Y ya pensaban, de seguro, que se enterarían al día siguiente de la identidad de aquel infeliz, cuando el mar varara su cadáver. Un suelto en la prensa titularía la noticia escuetamente: “Otro ahogado en Punta Hermosa”.

A mí me tocó enterarme unas horas antes. No supe el nombre del ahogado, pero sí conocí la circunstancia de su muerte. No era un veraneante de la playa. Era un foráneo, un chico de 22 años, acompañado de su enamorada (quien luego gritaría en el malecón) y de dos amigos, todos estudiantes recién graduados, que habían entrado a un bar de Playa Negra a celebrar su graduación. De tan contentos que estaban, se emborracharon con cerveza hasta que cayó la noche, y uno de ellos, llevado por un impulso, o por hacer una gracia que hiciera memorable el momento, se levantó de la mesa repleta de botellas y echó a correr como un endemoniado y se lanzó al mar.

Eso fue todo. Evoqué el primer cuento que escribí en mi vida, a los 19 años, titulado “Paren el mundo que acá me bajo”; empieza así: “Esa tarde me ahogaba” (aunque hubo un rescate, por fortuna). Y evoqué otros cuentos de maestros de nuestra literatura, Abraham Valdelomar y Julio Ramón Ribeyro. El primero escribió esa maravilla que es “Los ojos de Judas”, donde una mujer se ahoga en el mar del puerto de Pisco; el segundo escribió “Sobre las olas”, cuento sobre su juventud donde narra la muerte del primer bañista que inauguró un verano en el mar de San Miguel.

“Brillante es el mar, pero sombrío resulta su voluble temperamento”, decía mi abuelo materno. Con él, en los veranos, mirábamos largamente el mar, estudiándolo. //


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