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Desde antes de nacer, Yeny Sáez (49), embarazada tras años de intentarlo, sabía que su hijo sería especial. Aquello no era una corazonada ni una intuición de madre: así se lo habían dicho los médicos. Sucede que la miomatosis uterina que padecía reducía al mínimo sus posibilidades de volver a quedar embarazada, y el feto en gestación pasó a ser considerado “valioso” por la ciencia, lo que exigía cuidados extremos, reposo absoluto y cero emociones fuertes. Mario Gilvonio nació prematuro, diminuto, de siete meses, y tan frágil que pasó semanas en incubadora. Su vida era un hilo delgado sostenido por el afecto, la ciencia y la pura determinación de su madre.

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