Por Jorge Chávez Noriega

Desde que ponemos un pie en São Paulo, hay algo en el aire —una electricidad leve, casi imperceptible— que nos recorre de pies a cabeza. Es el efecto de sentirnos observados, mientras caminamos por la avenida Paulista con la camiseta de Alianza Lima, rival del São Paulo FC en la Copa Libertadores. No lo hacemos como un acto de provocación, sino como un simple gesto de orgullo. Algunos lo entienden así, otros no tanto. “¡Arriba, Alianza!”, nos grita el mesero de un restaurante, probablemente un peruano. Es la única señal de simpatía que recibimos en nuestra primera aventura por el centro financiero y cultural de esta ciudad enorme, llena de rascacielos y autopistas infinitas.

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