Miguel Villegas

Como si luego de ello volviera a aparecer el genio que allí habitaba, Jorge Arriola acaricia el estuche, lo frota, mientras enseña la lista escrita a mano de los peruanos que volvieron de la Alemania nazi, tras los Juegos Olímpicos de Berlín 36. Arriola es Chupo, acaso el primer coleccionista sobre fútbol, los mundiales y la selección que tiene el país. El genio que allí habitaba es Juan Carlos Oblitas, para todos los efectos, el mejor extremo izquierdo de nuestra historia, en una época en que se ganaba en miles, no millones. Y en este estuche, que en realidad es una caja con un respaldar de triplay y una pantalla de vidrio, de 1.5 x 1.5, lo primero que se ve en su casa de San Isidro, está intacta la última camiseta adidas que pemitió soñar a quienes hoy ya son abuelos: el modelo 1981 que usó el Ciego en aquel partido contra Uruguay en el Centenario, cuello V y mangas largas, el trébol de tres hojas en color negro como símbolo al lado del símbolo bordado de la FPF. Una camiseta que es un lujo aquí, en esta casa que es un museo, o una embajada. Y que conserva intacto el sudor que le cayó al Ciego por la frente ese domingo de agosto del 81 en que la selección parecía moverse como si no gritaran los hinchas uruguayos sino, tocara una sinfónica.

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