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Sin filtros: en la era de los selfies, estos son los últimos tratamientos y productos de belleza

Quien diga que no se ha tomando nunca un selfie probablemente miente. Nunca nos hemos expuesto tanto como lo venimos haciendo en la era 2.0. Nos miran y nos miramos más.

En 1992 una película dirigida por Robert Zemeckis y protagonizada por Meryl Streep, Goldie Hawn y Bruce Willis fue vapuleada por la crítica a causa de su realidad exagerada y fantasiosa –para algunos incluso grotesca– sobre la obsesión por el culto al cuerpo y la cirugía plástica. En La muerte le sienta bien –hoy convertida en una cinta de culto– Streep y Hawn personifican a dos actrices que se ven obligadas a entregar sus vidas a cambio de una poción para la juventud eterna, decepcionadas con los resultados de las alternativas más convencionales.

Otra habría sido la historia si ambas hubiesen conocido los beneficios del láser, la máscara de carbón activado y el caldo de patas de pollo.

CARAS VEMOS
Existen tres reglas básicas que todo aquel interesado en recurrir a un tratamiento, sea invasivo (con procedimientos que ingresan a la piel, como las inyecciones) o no invasivo (todo lo que sea superficial, desde las cremas a la aparatología), debe conocer. La primera de ellas es que nada funciona de la noche a la mañana: se requieren constancia, buena alimentación y, posiblemente, varias sesiones. La segunda es que todo tratamiento debe empezar con una evaluación personal, especialmente si se trata del rostro; una de las más confiables se realiza con un analizador de imagen que muestra el daño solar, las manchas oscuras (hiperpigmentaciones) y vascularizaciones de la piel. Créame: una vez que uno se ha observado a sí mismo en todas esas dimensiones, es difícil volver a mirarse al espejo como antes. La tercera regla es que los únicos habilitados para realizar tratamientos invasivos son doctores calificados (dermatólogos o cirujanos). En un mercado que crece a pasos agigantados, conocer cómo funciona el juego es fundamental.

“El mejor paciente siempre es el que llega referido”, indica la dermatóloga Úrsula Rivas. “Es decir, el que ha visto cómo funciona un tratamiento específico en un amigo o familiar”, explica. Para Rivas es fundamental que los clientes se mantengan informados. Revisar en Internet en qué consisten los procedimientos es un buen comienzo, pero también se sugiere leer comentarios de usuarios y –sobre todo– comparar precios. “En el Perú hay muchas tecnologías que son limitadas: hay equipos originales y luego están las variantes. Si un doctor cobra la mitad y otro el doble, hay que preguntarse a qué se debe”, sostiene. En muchos casos, algunos productos se diluyen o se administran en menor dosis. La curiosidad es una bonita virtud: pregunte al detalle.

Si bien son las mujeres mayores de 35 años quienes conforman el grupo objetivo principal, las estadísticas han ido variando. Todo depende del procedimiento. Chicas desde los 25 buscan con frecuencia tonificación y reducción de medidas (los paquetes promocionados en páginas de ofertas han disparado la demanda) y hombres mayores de 40 se administran bótox para reducir los signos del envejecimiento con más frecuencia de la que se habla. Este último, aunque satanizado, no solo ha ido perfeccionando su fórmula en la última década: también es el tratamiento cosmético más demandado del mundo.

El médico estético y especialista en láser Roberto Vargas, de la Clínica Barrenechea, se lo aplica en la frente y las patas de gallo desde los 28 años. Hoy tiene 40. “El envejecimiento de la piel empieza a partir de los 25 años”, sostiene. “Evidentemente, si viene un paciente muy joven, lo que sugerimos es una buena rutina de cremas faciales. Las cosas invasivas o mínimamente invasivas deben dejarse como última opción, para más adelante”, explica. Para Vargas hay cuidados que es mejor realizar con productos dermatocosméticos –no cosméticos–, sobre todo en lo que se refiere a la a limpieza del rostro y la protección solar. Esto es aplicable a mujeres y hombres de cualquier edad. Una mayor apertura con los segundos todavía es un trabajo pendiente para muchos especialistas.

“Lo que más nos piden los hombres, después del botox, son los rellenos”, continúa el especialista. “Y estamos hablando de un público heterosexual: hay mucho mito en cuanto a los tratamientos masculinos. Ellos mismos son quienes piensan que cuidarse no ‘está bien’”. Afortunadamente, son cada vez menos. Luis Miguel Castro tiene 31 años y vive de su imagen. Es cantante e influencer y sube constantemente fotos de su rostro y anatomía en su cuenta de Instagram. “No me da vergüenza hablar de esto”, afirma. “Se trata de verse bien y verse sano. Cuando llegas a cierta edad haces lo necesario para mantenerte así, dentro de lo que puedes y sin cometer excesos”, explica. Entre otras cosas, Castro se aplica bloqueador cuatro veces al día (es lo que recomiendan todos los dermatólogos), se ha hecho láser para eliminar el vello corporal, recibe semanalmente una megadosis de vitamina C (por intravenosa) y se realiza un blanqueamiento dental cada seis meses. No descarta en un futuro el uso del bótox, pero quiere prolongarlo lo máximo posible. “Lo que sí quisiera en un futuro cercano es un implante capilar para algunas zonas específicas”, sostiene. Chamba es chamba.

HECHIZO DEL TIEMPO
Cincuenta años de trabajo como cosmeatra le han dado a Yolanda Benavides la oportunidad de ver pasar muchas modas. Algunas de ellas, claro, preferiría olvidarlas, empezando por el ácido tricloroacético. “Se usaba para las arrugas muy marcadas, en los ochenta y noventa”, cuenta Benavides, al mando de YBES Spa. “Aplicaban este ácido y luego ponían unas vendas encima. Al sacarlas salía la piel muerta, pero a veces el efecto era tan profundo que se movían algunas facciones, como las formas de las cejas”, explica. Otras consecuencias incluían quemaduras o la imposibilidad de tomar el sol. Directamente sacado de la cinta de Zemeckis.

Benavides también recuerda el uso de yesos para la reducción de medidas, muy populares hace menos de dos décadas. “Ahora existen maravillas, como la radiofrecuencia, la cavitación o la endermología para eliminar la celulitis”, sostiene. “Pero en esa época había pacientes que llamaban para que les quiten el yeso porque no aguantaban la noche”. Las cosas han cambiado para bien, y Benavides lo sabe. Tiene que quedar clara una cosa cuando se trata de belleza: nada ocurre por obra de magia.

Para la conductora experta en belleza de 41 años Antonia del Solar, sí hay un truco universal: no obsesionarse con el tema. “Hay un montón de opciones, y muchas son muy buenas, pero si tú no sabes qué te funciona a ti (cuál es tu tipo de piel, en qué fase de tu vida estás), es muy difícil hacer una elección que sea óptima”, explica. El tiempo –no la edad, sino el día a día– tampoco juega a favor. Muchos buscamos la inmediatez de resultados, pero la paciencia aquí es requisito obligatorio. “Yo dudaría de un doctor que la primera vez que te ve te ofrece bótox”, asegura Del Solar. “Primero debe estar una rutina. El siguiente paso siempre debe ser el tratamiento; no al revés”.

El pasado mayo la conductora presentó su primer libro, Nosotras en el espejo, un manual utilitario que abarca todo tipo de consejos vinculados a la belleza. Uno de los capítulos está dedicado a pociones caseras. En él se incluye un caldo de sustancia de patas de pollo –“mejor que el bótox”, afirma Del Solar– que debe prepararse y dejarse reposar hasta que se forme una capa de grasa. Una vez listo, se puede congelar en una cubeta de hielo para consumir cuando y como mejor provoque. Es una de las mejores fuentes de colágeno que ha encontrado a la fecha.

Vivir frente a las cámaras es algo que tanto Antonia como Ebelin Ortiz entienden a la perfección. “Este año –cumplo 48 pronto– he empezado a notar las bolsas de mis ojos”, dice la actriz. “Me fastidian, pero me resisto a realizarme una cirugía en la cara”. Ortiz se ha sometido a una liposuccción y a un levantamiento de busto con anterioridad pero, de momento, prefiere quedarse con el aceite de coco que usa religiosamente en su rostro y cabello como único aliado antienvejecimiento. “Debería tener la piel más descuidada, porque me decoloro los vellos faciales desde chica”, cuenta. “Felizmente no es así”. Para Ortiz, no es necesario ser una figura pública para tener que lidiar con los cánones de belleza que impone la sociedad, especialmente con las mujeres. “¿Quién dice en qué parte de nuestros cuerpos sí podemos tener pelos y dónde no?”. En definitiva, sentirse bien es el mejor reflejo que podremos encontrar en el espejo.

Nunca está de más, de vez en cuando, pintarse un poquito la boca. //


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