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¿Qué significa ser limeño en tiempos de caótico tráfico, corrupción y redes sociales?

¿Cuáles son los estereotipos que existen en torno al habitante de la única capital sudamericana que tiene mar? Somos conversó con un grupo de especialistas sobre estos temas y también sobre las oportunidades de mejorar la convivencia en este panorama.

A los ojos asustados de Esteban, el pequeño protagonista del cuento “El niño de Junto al Cielo”, Lima era una ciudad intimidante que le parecía una bestia fantástica con un millón de cabezas. Estas representaban a sus habitantes, y como se deduce de su naturaleza monstruosa, cada una de ellas tenía la capacidad de hacerle daño. El relato versa sobre un chico de Tarma recién llegado a El Agustino, cuyo primer contacto con un habitante de la capital está marcado por el engaño y la estafa. Pedro, un avispado niño local, le roba su billete de diez soles y las ganancias de un día de trabajo. En el lenguaje racista y criollo del limeño de antaño, a eso le decían “hacer cholito a alguien”. Lo descrito condensa ciertas tensiones y también cómo el andino ha solido ver al capitalino: como alguien de quien desconfiar, que no es empático porque solo piensa en sí mismo.

¿Así somos los limeños? El relato fue escrito en 1954 por el escritor Enrique Congrains, en la misma época en que la capital, entonces de un millón de habitantes –metáfora revelada–, cambiaba de cara velozmente por las olas migratorias. En su estilo naturalista, como una película neorrealista en blanco y negro, presentaba una estampa de las nuevas dinámicas sociales a la vez que echaba luz sobre una cierta sociopatía que caracterizaría a los habitantes de este desierto convertido en valle. Esa condición se entiende mejor aún cuando estos viajan al interior del país.

El limeño que llega de visita a otra ciudad del Perú a veces es recibido con distancia por parte de los locales, sobre todo de los que no se dedican al negocio del turismo. No es extraño que a este visitante se le reclame, por ejemplo, por qué no saluda al ingresar a un lugar cerrado, una costumbre que parece ya perdida entre los capitalinos. “En otras partes del país, existe el estereotipo del limeño arrogante, que es despectivo, que se siente por encima de los demás, que no reconoce el derecho del otro”, apunta el psicoanalista Jorge Bruce, aunque no deja de anotar una paradoja: cuando los limeños van al extranjero, son presas de una mansedumbre insólita. “La cosa es simpática porque las actitudes cambian dependiendo de dónde están y con quién hablan. Afuera hablamos con una voz un poco bajita y pedimos las cosas de un modo muy amable. Acá no más en Argentina o en Chile, nosotros tenemos fama de ser los más tranquilos”.

Los orígenes de tales ínfulas tendrían su fundamento en la condición de Lima como núcleo que concentra el poder político desde hace 483 años, con la fundación española de la Ciudad de los Reyes. “Los limeños tenemos esa fama porque venimos de una capital que representa un centralismo atroz, que concentra la riqueza, el trabajo, la oferta cultural; entonces es lo que explica que nos sintamos especiales, pero eso al mismo también nos revela que no hemos sido capaces de construir una sociedad nacional mucho más descentralizada y repartida”, anota Bruce.

¿LOS LIMEÑOS SOMOS O NO SOMOS?
Conviene en este punto entrar al campo de las definiciones, aunque la empresa resulte tan incierta como una tanda de penales. ¿Qué es ser limeño? ¿Se trata solo de un accidente de nacimiento? ¿Hay que saber bailar marinera limeña? ¿Hay que zambullirse en la melancolía de su mentado cielo gris ‘panza de burro’? ¿Es posible caracterizar a un grupo humano tan variopinto como el que vive en la tres veces coronada villa? Hay posiciones. La de Bruce es tajante: no existe una definición de qué es ser limeño. Es una ficción que nos creamos. Lima, a su juicio, es un monstruo inabarcable, impensable, que rebasa la capacidad de cualquiera de llegar a algo que sea coherente. Lo que nos define, precisa, es que somos una ciudad desintegrada e incapaz de tener una identidad común. “Los limeños no somos. Pon eso, que juega con el nombre de tu revista”.

Lima, la gris, es caótica desde su sistema de tráfico, desordenado, violento y sin ninguna solución a la vista. Este nos enfrenta a diario en un todos contra todos brutal, y vaya a saber uno de cuántas neurosis será fuente. Es una ciudad que recela fuertemente del otro: en ninguna parte del Perú más que en Lima se encuentra tantos anuncios en los restaurantes indicando a las personas que cuiden sus cosas porque nadie se hace responsable. Limeños que dicen al otro que se cuiden de los limeños.

LA CAPITAL DEL CHISME
“El limeño, según nuestros estudios, es alguien que trabaja muy duro y con optimismo, pero que no puede confiar en el desconocido ni tampoco en sus instituciones y esto es un lastre para poder desarrollar bienestar. En comunidades amazónicas, en cambio, la confianza en los otros y en el líder es mucho mayor y son más felices”, cuenta el psicólogo social Jorge Yamamoto, director de la consultora Bienestar y Productividad y experto en el campo de la felicidad. Lo dicho fue parte de los hallazgos de un estudio nacional realizado hace algunos años. “Lo que encontramos fue que Lima es una ciudad paradójica, que tiene tanto características positivas como negativas. Parte de la felicidad del peruano es vivir en un buen lugar, tener buenos vecinos y gente respetuosa al lado, pero Lima concentra lo peor de todo esto: acá cunde la mala conducta cívica y los malos vecinos”.

Otra característica de la ciudad y sus habitantes, mencionada por muchos de sus escritores costumbristas como Ricardo Palma, es la maledicencia y el chismorreo, que formaría parte de un legado colonial del que no nos hemos desprendido. En un lugar organizado jerárquicamente en clases, el fracaso de uno es el posible ascenso del otro. Y Lima es el reino del rumor, de los ‘me han contado que’ y, en tiempos más recientes, del pantallazo de WhatsApp compartido subrepticiamente con los demás. “Lo que encontramos en el estudio es que en Lima se observa un nivel muy alto de envidia maletera; es decir que cuando un limeño progresa el resto comienza a soltar chismes para querérselo bajar. Hay una envidia que atraviesa todo”, anota Yamamoto. Una última característica que nos definiría es que contamos con redes de apoyo mutuo, lo que es visto siempre como un valor en el tema de bienestar. El problema es que si estas redes son pequeñas, como ocurre, se generan argollas y nepotismo. Acá hay que recordar el trato de ‘hermanito’ que se dan muchos acusados de corrupción, siempre prestos a hacerse favores entre sí y construir redes de clientelismo de espaldas al resto.

NO UNA SINO MUCHAS LIMAS
Si de por si ya vemos que es difícil categorizar la limeñitud, no es más sencillo definir qué es Lima, ese recipiente no siempre amable que nos contiene a todos. Cuando el entonces alcalde de Lima, Luis Castañeda, mandó borrar los murales que cubrían algunas paredes de la ciudad, lo hizo con un argumento bastante controvertido en su momento. Dijo que los graffitis, o el arte urbano en este caso, no eran Lima, como si esta fuese una entidad inerte o inmutable al sentir de sus habitantes. Uno de los perjudicados con esa decisión fue el artista Juan Manuel Bermúdez, de la Marca Lima, un colectivo artístico, plataforma ciudadana y agencia de comunicaciones, que desde hace años ha volcado sus esfuerzos en pensar la ciudad para los ciudadanos a través de distintas acciones, como videos sobre historias inspiradoras de limeños del siglo XXI. “Lima no es esa cosa estática que decía el alcalde o como te lo dicen las mentes conservadoras que añoran un arraigo colonial. Tiene múltiples definiciones. Nosotros hemos sacado el micrófono a la calle y hemos preguntado a la gente muchas veces qué es Lima y las respuestas son de lo más diversas. Para nosotros, es una ciudad multicultural cuyo valor principal es la diversidad y los retos que tiene en frente”, sostiene.

Si bien esta ya no parece ser la ciudad de los personajes de Pancho Fierro, de los extintos vendedores de revolución caliente, del festival de picanterías que se armaban en la Pampa de Amancaes, de los carnavales con chisguetes de éter, de las clásicas tapadas que salían a escondidas a recorrer las calles, sigue siendo nuestro hogar y se impone una visión compleja de sus necesidades, que mire en algunos casos más allá del pasado. El reciente debate sobre la distinción entre una Lima moderna (distritos pudientes de clase media/alta) y una Lima tradicional (el resto), clasificaciones que proponen los marketeros y estadísticos, y los raptos de ‘nacionalismo distrital’ de vecinas que invocan un dudoso abolengo para expulsar a niños de parques, debería marcar derroteros para construir una agenda que reconozca el derecho de todos de usar los espacios y de sentirse contentos en nuestra propia ciudad. //


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