Por Miguel Villegas

Con su camiseta del olvidado club de Primera Pirata FC, sus zapatos de trail running y esas manos que han cultivado la tierra desde que era un niño. el señor Rafael Alcalá apagó el televisor y salió muy temprano a caminar por las ruinas de Catapalla, Lunahuana, altura del kilómetro 46 de la carretera a Cañete. Se puede llegar allí en caballo o en cuatrimoto. Hacía un sol que incinera pieles y despinta gorritos. Era el 7 de junio del 2005, día de la bandera, y el señor Alcalá, entonces unos 45 años, se detuvo delante de un montículo de tierra ocultó entre piedra caliza y botellas de gaseosa. Ya se sabe: en el Perú sobra basura y faltan tachos. Hasta ese día, Lunahuana era conocido a nivel nacional por tres razones iguales de poderosas y turísticas:

Conforme a los criterios de

Trust Project
Tipo de trabajo: