Definir en qué ciudad del Perú se declaró por primera vez la independencia frente a España es materia complicada. Una labor de riesgo, pues involucra tocar orgullos regionales que, en otro contexto, hasta podrían derivar en peleas. Los de Supe, por ejemplo, entrarían a ese ring recordando, con el pecho henchido, haber declarado su independencia un 5 de abril de 1819, más de un año antes de que don José de San Martín pusiera sus botas en territorio peruano. Lo hicieron por su cuenta los supanos. Como se dice, se mandaron solos, confiados por la llegada de las primeras expediciones marítimas de Lord Cochrane a las costas peruanas.

Un cusqueño alzaría su voz de protesta y traería la fecha del primer grito de libertad mucho más atrás, hasta la rebelión de Túpac Amaru II (1780), o quizá al alzamiento de los hermanos Angulo y de Mateo Pumacahua, en 1814. Los ayacuchanos, por su lado, podrían solicitar al VAR de la historia la revisión del caso de los Morochucos de Cangallo, quienes se rebelaron en 1814 y cuyo trabajo fue reconocido por los mismos libertadores. En Cangallo, por ejemplo, ya celebraron el bicentenario, el 7 de octubre del 2014.

Si la emancipación se entiende como un proceso complejo, de profundos cambios sociales que llevarían a ese desenlace, como sostiene Augusto Tamayo, autor del libro Bicentenarios de la independencia del Perú –con un segundo tomo por ver la luz–, esta habría empezado muchos años antes de la llegada de San Martín. Si se la piensa solo como una campaña bélica, esta comenzó tras el desembarco de la expedición argentino-chilena-peruana a Paracas. En tal sentido, sería Pisco la primera ciudad en donde el ejército libertador declaró la independencia, un 20 de octubre de 1820. El autor fue Juan Antonio Álvarez de Arenales, general de San Martín, que en un mes liberó y declaró independientes a Huamanga (actual Ayacucho), Huancayo, Jauja, Huaura (la del famoso balcón), Tarma (que asegura ser la que dio el primer grito), Pasco y Huánuco, entre otras.

En el norte peruano, la cosa fue un poco distinta, sin expediciones libertarias extranjeras. El museólogo Luis Repetto recuerda la importancia que tuvo para la causa peruana la independencia de Trujillo, cuya proclama se realizó un 29 de diciembre en la hoy denominada Casa de la Emancipación. Si ha estado en la capital liberteña, con seguridad ha visto una casona amarilla con ventanas blancas en forma de peineta, a pocas cuadras de la plaza. Hoy es un museo y centro cultural.

“Allí se reunieron el marqués de Torre Tagle, que después sería presidente del Perú, y un grupo de notables norteños, y juntos declararon la independencia de la Intendencia de Trujillo. Por ello a esa región le ponen de nombre La Libertad”, recuerda Repetto. La independencia de Trujillo, hecha por ciudadanos, causó entusiasmo en el norte y el general San Martín, en el sur, agradecería esa mano. A los pocos días, civiles en cabildos declararon su emancipación en Piura, Cajamarca, Tumbes, Chachapoyas. Los lambayecanos aseguran que su ciudad se le adelantó a Trujillo por dos días, un 27 de diciembre de 1820.

Todas estas noticias llegaban a Lima de forma muy lenta. Todos esos cantos de libertad se propagaban por el territorio a la velocidad de un burro trotón u otra bestia de carga. Lima asistía a estas noticias con esperanza y cierto miedo. El bloqueo que las fuerzas libertadoras había hecho en la sierra central provocó escasez de productos en la capital y una crisis económica. El malestar contra las autoridades realistas crecía en las calles. El 6 de julio de 1821, el virrey La Serna abandonó Lima y San Martín ingresó a la capital tres días después. El 15 de julio se firmó el acta y la jura de la independencia, y el 28 se proclamó en la plaza principal. El proceso, sin embargo, estaría lejos de ser sellado. Habría que esperar aún hasta el 9 de diciembre de 1824, cuando en Ayacucho, luego de tres horas de lucha, se pudo firmar la libertad para todo el continente.