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Hugo Neira y Claire Viricel, un amor contra el ‘Qué dirán’

El historiador Hugo Neira y la empresaria Claire Viricel llevan casados menos tiempo que la diferencia de sus propias edades. Se unieron en 1991, cuando ella tenía 26 y él, 54. Hoy, son inseparables

Hugo Neira y Claire Viricel

TAHITÍ, ENERO DE 2003. A pocos días de regresar a vivir al Perú, Claire, de 39 años. Hugo, de 67. “Somos esposos, pero también amigos. Nos cuidamos el uno al otro”. (Foto: archivo personal)

TAHITÍ, ENERO DE 2003. A pocos días de regresar a vivir al Perú, Claire, de 39 años. Hugo, de 67. “Somos esposos, pero también amigos. Nos cuidamos el uno al otro”. (Foto: archivo personal)

Cliché: Lugar común, idea o expresión demasiado repetida o formularia (RAE). Hugo Neira Samanez (Abancay, 1936) cierra con un cliché las respuestas que le enviamos por correo electrónico a Chile, lo que prueba no solo que los intelectuales también se tiemplan hasta el tuétano, sino que cuando hablan de amor hacen a un lado los tecnicismos académicos y son mortales como uno. “El amor no tiene edad”, dice Hugo casi como una firma en el e-mail. El también sociólogo y periodista responde nuestro pliego de preguntas a dos manos, junto con su esposa Claire Viricel (Saint-Étienne, Francia, 1964), 28 años menor que él. La frase luego la repiten en el video que les pedimos nos enviaran por WhatsApp, siempre juntos, renegando un poquito de la tecnología y del selfvideo. “Tenemos una gran sintonía social, una vida simple, alejados de las modas. Compartimos muchos gustos; somos viajeros, curiosos, chamberos y ermitaños cuando es necesario. Nos conformamos con poco, si hay poco, ¡y no nos alocamos cuando hay mucho!”.

Se conocieron en Francia, en la universidad de Saint-Étienne, en los tempranos 80. Claire Viricel ingresaba a esa casa de estudios, donde Hugo Neira era docente. “Fue amor a primera vista tanto para Claire como para mí. Me encantaba verla disertar, porque hacía hablar a los alumnos. Ella escribía en la pizarra un mapa de ideas a la francesa, y yo no podía dejar de clavar los ojos en ese lugar anatómico que los chinos llaman ‘donde la espalda pierde su honesto nombre’. Pero mientras era mi alumna, no hubo nada”.

LA ISLA Y LA FANTASÍA

Claire tenía 26 años cuando empezó a convivir con Hugo, nombrado profesor titular en la Universidad Francesa del Pacífico, en Tahití. “Creo que es buena edad para tener una juventud plena antes y saber lo que uno quiere, ¡o mejor dicho, no quiere!”, apunta ella. Esos 28 años de diferencia no fueron ni son un problema para ellos. Pero para los demás y la sociedad, dicen a Somos, esta diferencia genera una molestia grande. “Es hasta cierto punto escandaloso. ¿Cómo va a poder funcionar? ¿Durar? Hay que vencer el obstáculo del qué dirán. En eso cuenta mucho tener una fuerte personalidad”.

Hay un segundo factor que, en opinión de Claire, jugó en los primeros años un papel clave. Ella le llama el ‘factor isla’. Dejó todo –país, familia, amigos y trabajo– por Hugo en Tahití. Era un territorio neutral y nuevo para ambos, con tan solo 70 mil almas –polinesios, chinos y franceses expatriados–, donde había que cultivar nuevas amistades. “En caso de crisis [de pareja], no había dónde ir a refugiarse o pedir consejos. Imposible tomar un tren y visitar amigos, ¡menos un avión estando a 8 mil kilómetros de los continentes! Esto hizo que la relación se fortaleciera siempre sobre la base de nuestros recursos propios y aprendiéramos a ser buen compañero el uno por el otro. E inseparables”.

Hugo es locuaz, extrovertido, compulsivo, impaciente. Claire es lo contrario. Comparten su amor por la cultura francesa, “el gusto por la libertad”. Eso los complementa y consolida. “Nos une el sentimiento de habernos sacado la suerte, como nos lo dijeron algunos observadores. También lo bailado, que no te lo quita nadie”. 

La edad claramente no es un problema para ellos, pero eso no quiere decir que no los haya. “La conversación es fundamental. Si no, se cae en la trampa de la dominación, un paso que precede al matrimonio-cárcel. Hay que saber expresar un anhelo, una discrepancia, saber hacer concesiones y también discutir civilizadamente”, nos responden.

EL BESO DE LA RECONCILIACIÓN

Nadie nos advierte, antes de casarnos, que en ocasiones hay que saber perdonar. “Es tan fácil herir sin desearlo…”, dice Claire. Hace algunas semanas, Neira habló en El Comercio de perdón en el caso del polémico indulto a Alberto Fujimori. “Es una buena invitación a reflexionar y a pasar la página”, dijo entonces. ¿Es lo mismo perdonar un indulto que perdonar a alguien que se ama? “Un indulto no repercute directamente en el bienestar de cada cual, como lo hace el perdón a la pareja”, responde el historiador. Frente a este dilema, pocos parecen preocuparse, más bien, de los efectos de la reconciliación en la pareja. “La reconciliación potencia el amor. Solemos pelear por tonterías, porque el ego está ahí y no sintonizamos. O porque creemos que el otro ‘está en nuestra cabeza’, y no es así. Aún no sabemos cómo hacer telepatía”. 

Que el intelectual Hugo Neira recurra a un mundano cliché para hablar del amor que lo une a la experta en logística Claire Viricel no lo convierte en una persona cursi. Nadie que a menudo repita que el día que cumplió 60 años, en vez de deprimirse, se casó, lo es. 

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