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“No me ladres más”, por Renato Cisneros

Cuando los perros del aeropuerto te confunden con contrabandista

"No me ladres más" por Renato Cisneros

"No me ladres más" por Renato Cisneros (Ilustración: Nadia Santos)

Crucé Migraciones y me apuré en llegar a la zona donde se recoge el equipaje con la vana ilusión de que mi maleta saliera pronto. La correa número 5 empezaba a circular. Entre las personas que me rodeaban reconocí algunos rostros del avión. Puras caras de mala noche, impacientes, mirando el lento transcurrir de los bultos, a la espera de que apareciera el suyo para volver a casa. Más que pasajeros recién llegados parecían somnolientos padres de familia al pie de un carrusel, vigilando que su hijo no vaya a caerse. Algunos, por ansiosos, tomaban una maleta ajena y, apenas reparaban en su confusión, la devolvían a la cinta mecánica tratando de disimular el equívoco. 

De repente, un agente de seguridad apareció con un perro. Se notaba que estaba con ganas de trabajar (me refiero al perro). Era un precioso labrador color melcocha. Ante las instrucciones del hombre, olisqueaba las valijas con ansiedad. La actitud detectivesca del animal me cautivó. “¿Nunca falla?”, le pregunté al agente. “¡Nunca!”, me respondió. “Está entrenado para detectar sustancias prohibidas, explosivos y billetes falsos”, añadió y enseguida me miró con desconfianza, como se mira a un burrier novato buscando que trastabille y confiese. Un minuto más tarde, ocurrió lo secretamente deseado: el perro se puso a ladrarle desaforadamente a un maletín deportivo, a rascarlo con sus pezuñas como si quisiera abrirlo. Todos voltearon. El agente retiró el maletín de la cinta y felicitó al labrador sobándole el pescuezo. El perro jadeaba con la cola alborotada. “¿Drogas?”, consulté. “No lo sabemos, vamos a esperar que el propietario se apersone”, dijo el policía, en extraño uso del plural. 

Mientras aguardaba el desenlace de la situación –y la aparición de mi maleta– recordé dos episodios similares. El primero ocurrió años atrás, antes de un viaje a Arequipa. Un pastor alemán se me acercó y arremetió contra la caja de cartón que llevaba entre las manos. Gran escándalo. Dos agentes me rodearon conminándome a abrir el recipiente. El perro aullaba. Cuando les enseñé que se trataba de doce ejemplares de una de mis novelas, me dejaron ir. El perro siguió protestando. Es el primer caso, que yo conozca, de crítica literaria canina.

El otro mal recuerdo data de hace dos años. Un rottweiler se abalanzó contra mi maleta mientras hacía la facturación. Es verdad que mi ruta de viaje –Bogotá y México D. F.– podía despertar sospechas entre los funcionarios del departamento Antidrogas, pero el perro no tenía por qué estar al tanto de mi destino. Un hombre me pidió acompañarlo a un cuarto, donde tres policías procedieron a examinar mis pertenencias (nada más desagradable que un guardia manipulando tu ropa interior). Días antes, un viejo amigo me había pedido llevarle ‘unos chocolates’ a una prima que radica en Colombia; de puro confiado no exploré el paquete (debí hacerlo: ¿quién le manda chocolates a una prima?). Ahora, en medio de la incómoda revisión, aluciné que esos chocolates contenían cocaína de alta pureza y me vislumbré enmarrocado, cabizbajo, haciendo mi ingreso a Piedras Gordas. Maldije a mi amigo y estuve a punto de acusarlo ante las autoridades de ser el ‘autor intelectual’ de ese tráfico de estupefacientes en el que me había visto injustamente involucrado. Pero no pasó nada. Me informaron que era un ‘chequeo de rutina’ y me invitaron a abordar el avión. 

Dejé de lado esos recuerdos no bien apareció el dueño del maletín deportivo incautado. Lo vi y no daba crédito a mis ojos. Era mi amigo Saúl Villegas, conocido editor y cronista local. ¿Cómo era posible que Saúl llevara una vida delictiva paralela?, pensé, conteniendo el impulso de abrazarlo. Cuando se agachó para abrir su maleta, se generó enorme expectativa alrededor, pero al mostrar que su equipaje nada más consistía en una ruma de viejos CD piratas (varios de tecnocumbia) causó gran decepción entre los curiosos, que ansiaban ver coca, dolor y lágrimas. El agente lo miró con frustración, ni qué decir el perro. Solo entonces me pareció oportuno saludarlo efusivamente.

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