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“Los otros valores”, por Carlos Galdós

La bolsa –la timba pura– y los límites bursátiles

Carlos Galdós

"Mi personalidad adictiva por algún lado tenía que aflorar y fue en el juego bursátil". (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

Antes de escribir estas líneas, recibí el pedido (advertencia) de mi esposa de por favor no contar lo que acababa de ocurrirnos en una reunión de amigos. “Carlos, te pido por favor no escribas nada de lo que hoy pasó porque nos vamos a quedar sin amigos y ya nadie nos va a invitar a ningún lado”. A lo que yo contesté que si alguien se atreve a proponerle a otra persona algo de ese calibre era: 1.- que consideraba que yo me manejaba en esas formas de pillería o 2.-porque es algo normal que suele ocurrir en el mundo de las oportunidades y de ser así no debería generar conflicto alguno que uno lo publique. Entonces, si quien tengo al frente piensa que yo soy apto para ese tipo de negocio, lo que a mí me corresponde hacer en el acto es deslindar de esa propuesta. Y en caso yo estuviera de acuerdo con el trato, pienso que no tendría nada de malo que lo cuente, ya que no hay nada turbio bajo la mesa. “Sobre quedarnos sin amigos, la verdad no me preocupa. ¿Te provoca a ti conservar ese tipo de amistades? A mí no”. “A mí tampoco” me dijo Carla. “Entonces ¿puedo escribir sobre eso?”. “Si te provoca, hazlo, pero sin decir nombres”. 

Esta es la historia: durante cinco años me volví adicto a la bolsa de valores, algo que muy pocos saben en mi entorno. Nunca lo conté porque se fue convirtiendo en un acto ludopático. A todos los que juegan en el casino haciendo apuestas les diré que el verdadero juego está en la bolsa, la timba pura, la adrenalina de perderlo todo o reventar la maquinita de tus compras y rescates del día. Mi personalidad adictiva por algún lado tenía que aflorar y fue en el juego bursátil. Comprar a la baja, esperar que suba el precio, vender. Primero fueron unos ahorros, luego todos los ahorros hasta llegar al exceso de ‘invertir’ mi sueldo completo esperando el ‘corte’ para cobrar jugosas utilidades. Parece fácil pero no lo es; me había metido de cabeza en ese mundo, que me tenía pegado a todos los reportes financieros habidos y por haber. Me hice amigo de un par de economistas que me tiraban algunos datillos del mercado y finalmente quien se volvió tan cercano como mi esposa en ese momento fue mi agente de bolsa. Siempre comunicados, siempre pegado al teléfono desde muy temprano para comprar o vender y esperar el cierre de operaciones pasando el medio día sin hablar con nadie encerrado en mi escritorio comiéndome las uñas. Perdí y gané, gané más de lo que perdí, no me quedé conforme con la bolsa local y me metí a bolsas extranjeras, y como yo tengo problemas para dormir no tuve mejor idea que jugar en la bolsa de Tokio. Dicho sea de paso, la segunda más brava del mundo después de la de São Paulo y Nueva York. Quiero aclarar que, como toda adicción, no se necesitan grandes cantidades para iniciarse en ella hasta que te pegas y terminas como yo, hipotecando un departamento para seguir jugando más y más. Repito, salí ganador porque Dios alguito me debe querer.

Para llegar al punto, mi ex agente de bolsa nos invita a su casa a comer y en determinado momento de la noche saca el tema sobre la mesa. Le digo que no tengo ningún problema con que cuente mis andanzas bursátiles de años atrás y de pronto pone sobre la mesa un negocio imperdible que “estoy seguro te va a encantar, Carlitos”. “Estoy metido en el tema de remates de propiedades, tengo un contactazo en el banco y con un grupo de ‘inversionistas’ cerramos a los demás postores y ganamos las propiedades. Luego las ponemos en venta y ganamos un 30% de utilidad. ¿La haces o no?”.

No la hago, amigo. Discúlpame. Una cosa es jugar en la bolsa y otra es ser parte de una banda de delincuentes que le revientan la mano a un funcionario del banco para ‘ganar’ licitaciones de propiedades embargadas a gente que no tiene dinero para recuperarlas.
Tengo personalidad adictiva, sí. Hicimos muy buenos negocios en la época en que la bolsa llegó a ganar 200%, sí. Todo empezó como jugando y terminé casi a punto de ser internado en un centro de rehabilitación por ludópata, sí. Carla me ha hecho jurar y prometerle que nunca más lo volveré a hacer, sí. Pero no le prometo nada, menos ahora que los metales están subiendo.

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