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"Papá no sabe nada", por Renato Cisneros

Sobre la presunta imposibilidad de criar hijos y escribir libros en paralelo

"Papá no sabe nada", por Renato Cisneros

"Papá no sabe nada", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Trato de aislarme de la tormenta en la que se mezclan los conflictos personales y las turbulencias de la coyuntura, para escribir un diario sobre mi paternidad. No es sencillo, entre otras cosas porque para escribirlo tengo que desatender a mi hija, lo cual me envuelve en una cruel paradoja: cómo escribo sobre ella sin interactuar lo suficiente. A veces me aturde la sospecha de que el oficio de escritor –ser por naturaleza caótico, egoísta, en algunos casos autodestructivo– es incompatible con la paciente labor formativa que un hijo requiere.

Intento salir del dilema buscando anécdotas de escritores en su rol paternal. Las convivencias tormentosas aparecen de inmediato. Cuentan que Oscar Wilde fue cariñoso con sus dos hijos, pero tuvo que renunciar a sus derechos como padre luego de ser encarcelado por “indecencia grave”. Había sido acusado de sodomita por el padre de su amante Alfred Douglas, y en el juicio posterior quedaron en evidencia sus prácticas homosexuales. Ante el escándalo, su esposa decidió cambiar el apellido de los hijos y llevárselos a Holanda.

Lucía, la hija de James Joyce, era su favorita. “Maravilla salvaje”, la llamaba. Dicen que la suya era una relación “casi incestuosa”. Todo era armonía entre ambos hasta que Lucía empezó a mostrarse interesada por la danza. Joyce no veía esa vocación con buenos ojos y no cejó hasta frustrarla. Como se cuenta en el cómic La niña de sus ojos, llegó a escribirle “tú no necesitas una carrera, solo aprender a ingresar a una habitación de forma adecuada”. La oposición del padre desató en Lucía crisis violentas que derivaron en un cuadro esquizofrénico que la obligó a internarse en varios sanatorios hasta su muerte en 1982.  

Antes de cumplir 12 años, Frances, ‘Scottie’, la única hija de Francis Scott Fitzgerald ya tenía una relación accidentada con ese hombre vencido por el alcoholismo y la sensación de fracaso que era su padre. En Cartas a mi hija, correspondencia que Frances publicó en 1965, se aprecian las sabias advertencias de un Fitzgerald reiterativo que no logra remontar la depresión (“preocúpate del coraje, de la higiene, de la eficacia, de la equitación... No te preocupes por la opinión de los demás, por las muñecas, por el pasado, por el futuro, por hacerte mayor, porque alguien te supere...”). En el prólogo, la hija confiesa: “Escuchen ahora atentamente a mi padre. Porque da buenos consejos y estoy segura de que, si no hubiera sido mi padre, a quien tanto amé como odié, ahora sería la mujer más cultivada, atractiva, exitosa e inmaculada sobre la faz de la tierra”. 

Hay, desde luego, casos positivos, como la relación de J. R. R. Tolkien con sus cuatro hijos, inspiradores, según se dice, de El Hobbit, cuento que les ayudaba a dormir. O como la de J. G. Ballard, que se las ingeniaba para escribir y estar con sus tres niños haciendo los deberes, visitando museos o viendo la televisión. En un viaje, una mujer norteamericana vio el coche atascado del escritor inglés y le dijo: “¿De veras está usted solo con estos tres?”. Y él contestó: “Con estos tres nunca se está solo”.  

Aquí en Perú conocemos las lúcidas reflexiones que la paternidad despertó en Julio Ramón Ribeyro gracias a sus Prosas apátridas: “Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo. En él, más que en espejos o almanaques, tomamos conciencia de nuestro transcurrir y registramos los síntomas de nuestro deterioro…”.  

Ya en los últimos años, escritores en sus cuarenta (amén de padres chochos) como Lorenzo Helguero y Enrique Planas han firmado libros sobre las transformaciones mentales y reales que suscita la llegada de los descendientes: el emotivo Guía para padres (2014) y el profundo Demasiada responsabilidad (2017).  

A veces sirve el ejercicio del mirón: auscultar el cristal ajeno para ver de qué está hecho el propio. La tormenta persiste. La escritura también. Al menos hasta el próximo cambio de pañal.

Esta columna fue publicada el 21 de enero del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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