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Paquita la del Barrio: el ícono de la canción contra los machos

Francisca Viveros Barradas, viralizada como Paquita la del Barrio, dejó de ser el fenómeno de la canción contra los machos para convertirse en una diva hasta con miniserie biográfica a su gloria. Aquí, una crónica de su último concierto y de un encuentro en México

Paquita la del Barrio

Han pasado muchos años desde que Francisca atendía y cantaba en Casa Paquita. Ahora cita a su público en conciertos masivos. El último fue el sábado 24, en el teatro Metropolitan de Ciudad de México. (Foto: Getty Images)

Está de moda decirnos zamba canuta: que somos abusivos, pegalones y resbalosos porque derrapamos al toque del piropo al acoso. La tenemos merecida y más en América Latina, el continente más peligroso para las mujeres, con un promedio de 12 feminicidios por día. Pero, salvo esos extremos de violencia, no somos la región más represiva para ellas. Eso es el islam. Aquí la mujer hace y dice lo suyo cada vez con más frescura.  

Paquita la del Barrio, por ejemplo, lleva 30 años cantándonos barbaridades. Su fama nació en México, la exorbitante sede de tantos fenómenos de culto popular; fue celebrada por Carlos Monsiváis, cazador de freaks, y por los curiosos que iban a Casa Paquita a oírla y a comer lo que servía. Ahora ya no cocina y canta de vez en cuando, pero se viraliza hasta en el público más convencional.  

En México ha mutado en estrella tan pero tan unánime que la Sony Pictures ha hecho una miniserie a su gloria y con su alias arrabalero, dramatizando su ascenso a la fama desde que se desgañitaba en Alto Lucero, su pueblo natal en Veracruz, al lado de un hombre mucho mayor que ella y que la dejó con dos hijos que a su vez ella dejó con la familia mientras se hacía un nombre en el Distrito Federal. Más bacán es el teaser de Narcos, la serie de Netflix, donde le dedica su Rata de dos patas al mismísimo Pablo Escobar. 

Paquita

Paquita la del Barrio en su último concierto en México. (Video: El Comercio)

El sábado 24 la gocé en el teatro Metropolitan del D. F. Tuve miedo de que la masividad de tres mil almas coreando sus imprecaciones le quitaran la onda marginal que me enganchó la primera vez que la oí en YouTube. Pero, desde mi tercera fila, Paquita pasó la prueba, para algunas devastadora, del estrellato. Hubo algunos tics de diva que gusta a la gente; pero los hizo tan obvios que me reconquistó ya no por sutil, sino por tosca: el himno de la rata, guardadito para el cierre de la fiesta, lo cantó con roedores gigantes en la pantalla. Me asqueé y me arrobé y me vacilé como puerco de dos patas. Lo de las ratas no es nada; esa es solo la canción más popular de la injuria. Los que más duelen son los hits de la difamación fálica. 

Tamaño cacahuete
Hasta las fans más conservadoras ya no deliran con esos versos manoseados –“animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, inhumano espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho”–, sino con la frase de batalla que encaja cada que puede –“¿me estás oyendo, inútil?”– y con las canciones que remata aproximando el pulgar al dedo índice.

Gocé la música y la infamia, arrobado de masoquismo, desde la tercera fila del Metropolitan. A mi lado una señora entró en éxtasis con Taco placero. No es solo injuria, es purita difamación donde al macho más le duele: “Ahora van a enterarse que eres un fiasco en la cama […], esa cenita contigo me supo a taco placero”. O sea, a poquita cosa, tamaño fusilli o pobre pistolita, como en el hit homónimo: “Tú roncando, pobre pistolita, no disparas nada […], qué ingrata fue la naturaleza contigo”. Tras palos, cuernos: “Tres veces te engañé, la primera por coraje, la segunda por capricho, la tercera por placer”. Las mujeres carcajean y los hombres sonríen, y el vacilón es metatextual porque la pantalla gigante tras Paquita exhibe una imagen que vale mil acordes: un par de manos apuntan con revólveres del tamaño de un pulgar. Para remate, el hit Chiquito: “Tienes los pies chiquitos, los ojos chiquitos, el talón chiquito [...], en fin que todo chiquititito”. Y Paquita grandototota en su traje rubí, otra vez aproximando pulgar e índice a distancia de un cacahuete. 

La nota completa este sábado en la edición impresa de la revista Somos.

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