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"Ratero, pero honrado", por Carlos Galdós 

Esos momentos en los que uno es feliz con los tesoros de otros

"Ratero, pero honrado", por Carlos Galdós

"Ratero, pero honrado", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

La primera vez que apareció en mis manos algo que no era de mi propiedad fue a los cinco años. De visita en la casa de mi amiguito de nido Claudio Querol, se me pegó el objeto del deseo de aquella época: un carrito Matchbox. Días después, mi madre se dio cuenta de que entre mis juguetes algo sobraba. No era muy difícil darse cuenta, pues en mi caja de posesiones lúdicas había un casco de bombero, un carro a control remoto desarmado, un ábaco y una bolsa de soldaditos de plomo, nada más y nada menos. “¡Aquí hay algo que sobra, dime qué es!”. “Nada, mami, no sé”. “Aquí hay algo de más. ¡La cuenta no cuadra! Tú tienes cuatro juguetes y aquí hay cinco”. Efectivamente, los números no fallan nunca. Cogí el autito Matchbox, estiré la mano y se lo entregué a mi mamá. Después vino lo de siempre, llamar a la mamá de Claudio, pedir disculpas por la ‘equivocación’. “Tía, discúlpame, es que me confundí con el carrito de madera que yo tengo en mi casa”. Tremenda mentira, porque ni eso tenía. Y que yo recuerde, nunca más volví a ver a mi amiguito. 

En segundo de media, en el colegio Maristas, yo me especialicé en no llevar cuaderno y mi lógica era muy simple: para qué anotar diariamente lo que 30 personas están escribiendo a la vez en sus cuadernos, si yo después lo puedo fotocopiar y encima pedir prestado el cuaderno del más aplicado de la clase. Y así lo hice bimestre a bimestre, hasta el día en que mi sobresaliente compañero de carpeta se negó a prestarme su maravilloso cuaderno impreso de sapiencia, justo el último bimestre. “¡Pero cómo me vas a hacer esto! Justo al último, qué te cuesta, ¡no seas malito!”. La respuesta fue un contundente NO. Una semana después, oh casualidad, por obra y gracia del beato Marcelino Champagnat, todos los cuadernos de mi ilustre amiguito desaparecieron. Tuve el placer no solo de ponerme al día, sino también de desaparecer la evidencia y de yapa ver llorar frente al profesor al destacado alumno justo el día de revisión de cuaderno. #LoDisfruté #NoDebisteDecirmeQueNo #AUnAmigoNoSeLeNiegaNada. 

A los 17 años me enamoré por primera vez con caída formal y su respectiva invitación al cine Alcázar. Fuimos muy felices los dos hasta el preciso instante en que las hormonas comenzaron a despertar. Yo no me atrevía a ir a un hostal, primero porque no tenía ni un cobre partido por la mitad para pagar la habitación; y segundo porque ambos éramos menores de edad. Un domingo de almuerzo familiar en mi casa, vi cómo uno de mis tíos (justo el soltero) iba perdiendo el control de sí mismo con el alcohol hasta quedarse dormido en el sillón. Eran las cuatro de la tarde y echando un poquito de pluma no se despertaría de esa mona hasta las 7 de la noche. Tres horas serían más que suficientes para entregarnos mi enamorada y yo por primera vez a los brazos de Eros… Así que no tuve mejor idea que meter la mano al bolsillo derecho de su pantalón y cuidadosamente sacar el manojo de llaves de la puerta de su edificio, la reja del departamento, la puerta de madera de su departamento y meterme cual ladrón a entregarme a los placeres de la carne. En esa época no había RedTube, así que conecté el VHS y vi una de las pornos que mi tío guardaba. 

El jueves pasado nació mi hija Camile. Cada vez que salía a pasear por los pasillos del piso, veía con profunda pena cómo la gente en la puerta de las habitaciones acumulaba toneladas de arreglos florales y peluches. Qué desperdicio, por Dios. Estoy seguro de que nadie llevaba la cuenta ni se acordaba de quién los había enviado. La puerta de nuestra habitación estaba vacía, mientras que el pasadizo estaba abarrotado de globos, peluches, flores, jarrones. O esta gente tiene mucho dinero o nuestra familia es muy misia. Es lo segundo y, para ser sinceros, tengo que decirles que no le dijimos a nadie que nacía nuestra hija: optamos por la privacidad. Al segundo día me aparecí con un superarreglo de cinco puertas más allá y Carla se sintió muy feliz por mi detalle. En la tarde me agarré un oso grandote y lo dejé en la portería del edificio donde vive mi hija Valentina. Al toque me llamó para agradecer por la sorpresa; a Luca le llevé a la casa cinco globos metálicos inflados con helio, que hasta ahora atesora sin importar que estén desinflados. Y a la secretaria de mi jefe en la radio le llegó el viernes un lindo arreglo con una tarjetita que decía “más vale tarde que nunca: feliz cumpleaños”. 

Sí, ya lo sé, soy un ratero.

Esta columna fue publicada el 09 de diciembre del 2017 en la edición impresa de la revista Somos.

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