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Ricardo Gareca: el redentor, por Renato Cisneros

El autor de la mejor novela hispanoamericana de la temporada, según la revista cultural Transfuge Magazine, nos habla acerca de cómo crecimos mirando con recelo al tipo que hoy lidera la esperanza para el Mundial Rusia 2018

Ricardo Gareca: el redentor, por Renato Cisneros

(Reuters)

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Recuerdo que esa tarde del 85 los narradores le dieron el gol a Passarella. Quizás se confundieron con lo enredado de la jugada previa. O quizás se dejaron llevar por la celebración del defensa argentino, quien después de meter el centro y de ver cómo la pelota cruzaba lentamente la línea del arco peruano salió disparado por detrás para encontrarse con la tribuna, acaso convencido de que el gol que clasificaba a Argentina a México 86 era efectivamente suyo. O tal vez a los narradores les pareció que era más atinado, más épico adjudicarle ese tanto histórico a un hombre de la talla del gran Daniel Passarella en lugar de darle los créditos al verdadero autor del tanto, el que empujó el balón con la punta del zapato: ese rubio flaco y pálido convocado de emergencia, un delantero que entonces pasaba algo desapercibido pero cuyo nombre, para muchos peruanos de mi generación, volvería una y otra vez en las avinagradas noches siguientes al 2-2 en Buenos Aires: Ricardo Gareca. Cuando decimos que nos robó el sueño, no es una metáfora.

Paradójicamente, el técnico Bilardo no lo llamó más. Dejaron sin Mundial justo al tipo que había marcado el gol decisivo. Para Gareca, aquella fue la mayor decepción de su carrera. En cambio para nosotros, tristes perros del hortelano, fue una venganza mísera: si Perú no iba a México, pues él tampoco.

Por eso cuando el 2007 el ‘Tigre’ llegó a dirigir a la U, lo vi con simpatía. No vi en él al ex verdugo, sino al viejo mártir. Al alcanzar el título del Apertura 2008 confirmé aquella buena impresión. Pero cuando el 2015 lo ficharon como técnico de la selección, sentí que su nombramiento dejaba servida la especulación cabalística: el hombre que treinta años atrás nos privó del Mundial volvía para abrirnos esa puerta tapiada por décadas y, de paso, para quitarse la espina él también. Mayor redención, imposible.

Si hasta hoy mantengo latente la esperanza de la clasificación, no es por Trauco, Guerrero ni Cuevita ni por ninguna razón matemática, sino por esa especie de noble justicia cósmica que a veces parece ordenar el mundo a través del fútbol. Casi nunca a través del fútbol peruano, eso sí.

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