Laura Huarcayo no buscaba una cámara ni escenarios. Era asistente administrativa en una universidad y estudiaba Administración de Empresas. Pero en octubre del 2000, durante sus vacaciones, aceptó un trabajo temporal como modelo en un Motorshow y, en medio de ese paréntesis, Somos la invitó a reemplazar a una modelo que no llegó para una sesión de fotos sobre tauromaquia. Necesitaban, con urgencia, a alguien que pudiera ponerse un traje de luces de torero. Laura dijo que sí.
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Hizo las fotos. Y al día siguiente, apareció en la portada de la revista sabatina de El Comercio. “’Laura: aires de feria’, decía el titular. Compré cinco ejemplares”, recuerda. “Coincidentemente, esa nota estaba redactaba por un alumno de letras de la universidad donde yo trabajaba. Bajo el seudónimo Don Juan de Marco, contaba que los alumnos inventaban excusas para pasar por la oficina solo para verme”, narra sonriente.
Esa portada cayó después en las manos de Mariana Ramírez del Villar y su equipo, que buscaban a las modelos para acompañar a Raúl Romero en “R con Erre”. “¿De dónde es la modelo?”, se preguntaron. Cuando la llamaron, Laura no dudó en aceptar la propuesta. “Raúl siempre para nosotros ha sido una máxima estrella de la música y la animación. Trabajar a su lado era lo mejor que me podía pasar”, asiente.
El ingreso a la televisión fue, para Huarcayo, una prueba de fuego. El set le imponía respeto: las luces, el silencio justo antes de salir al aire, esa sensación de que todos te miran aunque tú no veas a nadie.
“Lo más difícil era estar parada en un set de televisión. Moría de miedo, tenía mucha vergüenza, era muy tímida”, confiesa. Para soltarse, se apoyó en amigas como Patty Wong, “a quienes les encantaba el micrófono”, y en esa energía que, al principio, le servía de escudo.
Pero el aprendizaje de verdad llegó al lado de Romero. “Estar a su lado hizo que yo aprendiera a desenvolverme, aprendí de su conducción”, asegura.
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Después de “R con Erre”, el camino de Laura en televisión siguió creciendo. Llegó “Habacilar” y ahí terminó de afinar una presencia que ya no dependía solo del aprendizaje, sino de la confianza. Luego vino el salto decisivo: la propuesta para conducir un programa propio. Así nació “Lima, limón”, un espacio que la puso al centro y le exigió liderazgo y templanza, sobre todo el día en que su partner, Carlos Alcántara, renunció intempestivamente en vivo.
“En ese momento se me quitó la vergüenza y los nervios. Era como: ahora lo tengo que hacer yo todo”. No hubo tiempo para pensar ni para dudar. “Tuve que resolver, no quedaba de otra”, dice. Después vinieron otros proyectos, como “Bienvenida la tarde” y “Dilo cantando”.
Los años pasaron y Laura se fue alejando de la televisión para ocupar otro rol, igual de exigente y mucho más íntimo: ser madre. Eligió estar con sus hijos, administrar los tiempos de la casa y dejar que la exposición quedara en pausa. La televisión siguió su curso, y ella, el suyo. Durante años, no estuvo en sus planes volver.
Hubo momentos —confiesa— en que pensó que ese capítulo ya estaba cerrado. “Sobre todo el año pasado”, dice. Habían pasado casi diez años fuera de la pantalla y la vida era otra. Durante meses estuvo fuera del Perú acompañando a su hija Vassiliki en Atenas, donde cursaba el bachillerato internacional.
“Estuve casi dos meses y medio, volví a Lima y regresé otros dos meses y medio más. Cuando los hijos salen fuera, ya no tienes algo previsto en cuanto a tus tiempos”, explica. En ese ir y venir, la idea de retomar un horario fijo frente a cámaras parecía cada vez más lejana.
La duda empezó a despejarse con un reencuentro. En julio del 2025, Laura volvió a compartir escenario con Raúl Romero en “Cara de haba: de la tele al estadio”. Algo se acomodó entonces. Sus hijos ya estaban grandes, próximos a la universidad, más autónomos. “Sentí que ya podía comprometerme con algo tan serio y tan bonito como una rutina diaria”.
El regreso se concretó después de una década de silencio televisivo. Laura volvió a la pantalla en “Mande quien mande”, acompañada por Carlos Vílchez. La propuesta llegó en diciembre del año pasado y no necesitó demasiada reflexión. “Hace un tiempo ya había decidido que tendría el tiempo y la dedicación perfecta para volver a hacer televisión”, dice. La llamada vino de Mariana Ramírez del Villar, productora clave en su historia.
“No lo pensé para nada. Le dije: ‘Sí, acepto’. Es un trabajo muy lindo y hay un respaldo enorme de una producción que sabe divertir y cuidar al talento. Para mí, eso es un regalo”.
Volver a compartir set con Carlos Vílchez significó reencontrarse con la química. “Todos tenemos sentido del humor, pero hay personas que te lo sacan y otras no. Es un placer trabajar con La Carlota porque saca un humor quizá más atrevido, y eso me ayuda muchísimo”.
La Laura que vuelve no es la misma que se fue. “Los años nos hacen vivir muchas experiencias”, reflexiona. “Las mujeres y madres tenemos batallas en silencio. Todo eso nos vuelve más maduras. He pasado por momentos muy lindos y otros no tanto, pero hoy trato de disfrutar todo, lo bueno y lo no tan bueno”, confiesa.
La televisión, dice, le cambió la vida—y se lo ha dicho a Mariana mirándola a los ojos. A los 51 años, volver no era una certeza. “Después de tantos años fuera, es poco probable que alguien te convoque”, admite. Por eso valora el presente con gratitud.
Laura habla de fe, de límites, de proteger a los suyos. “Mi familia es lo más valioso que tengo”, admite. Y reconoce que lo más duro de ser figura pública, es dejar la televisión y perder, de golpe, la adrenalina y el círculo que la sostiene. “Asimilar eso puede ser muy difícil porque se extraña demasiado”.
Hoy se define en una etapa de estabilidad emocional. Más exigente consigo misma, sí, pero también más abierta a lo imprevisto. “Mis hijos me han enseñado calma”, asiente. Y esa calma —la misma que ahora le permite volver a la televisión sin la ansiedad de antes— también ordena su vida afectiva.
“Siempre estuve en pareja desde chica, siempre estuve acompañada de alguien. Me di cuenta que también era una necesidad”. Ahora no. Ahora se siente bien así, explorándose, reconociéndose y descubriendo nuevas cosas en ella que antes no veía.