RespuestasEl 30 de octubre, Henry Winkler cumplió 80 años, y lo hizo con la agenda llena de proyectos. Lejos de pensar en el retiro, atraviesa una etapa marcada por la creatividad y una gratitud que no oculta. “Desde lo más hondo de mi ser, estoy profundamente agradecido de estar acá en la Tierra, de tener una familia maravillosa y de seguir sentado en la mesa. No quiero jubilarme. No pienso en jubilarme”, dice enfático al comenzar la rueda de prensa virtual por el estreno de “Historias arriesgadas con Henry Winkler”, la nueva serie de no ficción de History Channel que llegará este enero a América Latina y que le permite dar rienda suelta a dos de sus pasiones: la TV con propósito y su fascinación por las personas.
El 30 de octubre, Henry Winkler cumplió 80 años, y lo hizo con la agenda llena de proyectos. Lejos de pensar en el retiro, atraviesa una etapa marcada por la creatividad y una gratitud que no oculta. “Desde lo más hondo de mi ser, estoy profundamente agradecido de estar acá en la Tierra, de tener una familia maravillosa y de seguir sentado en la mesa. No quiero jubilarme. No pienso en jubilarme”, dice enfático al comenzar la rueda de prensa virtual por el estreno de “Historias arriesgadas con Henry Winkler”, la nueva serie de no ficción de History Channel que llegará este enero a América Latina y que le permite dar rienda suelta a dos de sus pasiones: la TV con propósito y su fascinación por las personas.
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A lo largo de los ocho episodios que conforman la primera entrega, “Historias arriesgadas” sumerge al espectador en un recorrido por prácticas de altísimo riesgo que fueron comunes en el pasado y que hoy resultan, como mínimo, inconcebibles. El primer episodio, que se estrenará el 26 de enero, explora tratamientos médicos insólitos: desde la invención de la heroína como un supuesto “analgésico no adictivo”, vendida libremente como jarabe para la tos, hasta el furor por los cinturones eléctricos que prometían devolver la potencia masculina mediante descargas directas sobre el cuerpo.
La serie avanza con un ritmo que intensifica el asombro episodio tras episodio: negocios que permitían enviar niños por correo postal a la casa de sus abuelos o parques acuáticos en Nueva Jersey con atracciones tan mal diseñadas que parecían auténticas pruebas de supervivencia. Al repasar esta primera temporada, Henry Winkler no oculta su sorpresa ante hasta dónde puede llegar la gente cuando la ambición se impone al sentido común.
“Me sorprende la gente. Porque el dinero parece ser el factor motivador, no creo que la seguridad haya sido una preocupación. Solo pensaban: ‘Veamos si este producto va a ser exitoso’. Hasta que se daban cuenta de que era una locura. Hubo una mezcla que creó una mujer en un frasquito porque los bebés no dormían. Y cuando tomaban esa mezcla, dormían como angelitos. Excepto que, al poco tiempo, eran adictos a la morfina”, cuenta Winkler.
“¿Sabes qué es lo que más me sorprendió de hacer esta serie? Que como seres humanos creemos que siempre estamos evolucionando. Y somos los mismos, somos exactamente los mismos que cuando vivíamos en cuevas de piedra, salvo que nos vestimos distinto. Y esa parece ser la gran diferencia. Repetimos la historia una y otra vez. Me impacta, pero al mismo tiempo parece… bueno, supongo que eso es ser humano. No lo sé. Pasa algo horrible y decimos ‘esto no va a volver a suceder nunca más’, y de pronto, boom, estamos otra vez en el medio de eso”, afirma con sabiduría.
El hombre detrás de cámaras
Durante la rueda de prensa virtual, Henry Winkler revela que “Historias arriesgadas” ya tiene confirmada una nueva temporada y que, debido al entusiasmo por el proyecto, el encargo creció de ocho a 30 episodios. “Un número gigantesco”, dice con ilusión. “Estoy muy, muy feliz”, agrega, antes de dirigirse a los periodistas para comprobar si la satisfacción por el resultado de la serie es compartida. “¿No les pareció fascinante? Es información increíble y, además, es divertida. Estoy muy orgulloso”; dice el actor que habla desde la experiencia de quien no solo conduce la serie, sino que también la produce.

El rol de productor comenzó a explorarlo en los años 80, con títulos como la recordada “MacGyver”, aunque con el tiempo se ha involucrado cada vez más en ese terreno creativo. “Finalmente, después de 30 años, llegué al siguiente nivel, que es dificilísimo. Creo que voy a quedarme en ese nivel los próximos 50 años”, afirmó en otro momento del encuentro virtual, donde repasó la evolución de su carrera desde que, a los 14 años, decidió convertirse en actor.
Tras formarse en teatro en su natal Nueva York, Henry Winkler viajó a Los Ángeles para probar suerte en la televisión. Luego de varios roles de reparto, debutó en 1974 con un papel secundario, de pocas líneas, en la serie “Días felices”. Su magnetismo, sin embargo, convirtió a Arthur ‘Fonzie’ Fonzarelli en una figura clave del programa y desató la llamada ‘Fonzie Fever’. En los años de mayor éxito de la serie, recibía hasta 55 mil cartas por semana. “Era tan intimidante salir de mi departamento que me quedaba en casa”, contó.
Pero todo tiene su final y, tras el desenlace de “Días felices”, Winkler tuvo que enfrentar el encasillamiento en su personaje y una prolongada falta de trabajo.
Él recuerda así lo que le pasó en el año 2000, tras terminar la temporada teatral de “The Dinner Party” con su amigo John Ritter: “Terminamos la obra, volvimos a Los Ángeles y yo no podía conseguir trabajo como actor. Todo el mundo decía: ‘Es muy gracioso, es muy talentoso, pero fue el Fonz’”.
Un amigo le aconsejó aprovechar ese tiempo de inactividad laboral para escribir libros. Pero a Winkler lo agobiaba una particularidad que entonces veía como un obstáculo: su dislexia. Tras una reunión con la editora Lynn Oliver nació la idea de “Hank Zipzer: The World’s Greatest Underachiever” (“Sam Zipper, un crack incomprendido”), una historia protagonizada por un niño con dislexia, inspirada en la propia experiencia del actor.
“Mi editora envió el libro a cinco editoriales. Tres dijeron que no. Una dijo que tal vez. Y otra, porque yo era una celebridad, dijo: ‘Les damos un contrato por cuatro libros’. Así empezamos a escribir ‘Hank Zipzer’”, recuerda hoy Winkler. “Esos cuatro libros se convirtieron, en septiembre, en nuestro libro infantil número 40”, añade sobre aquel primer gran paso en su proceso de reinvención.
Orgulloso de ‘El Fonz’
Al analizar su transformación profesional, Winkler no oculta la satisfacción por los obstáculos superados. No es menor si se considera que hoy sus principales actividades están ligadas a un hábito que, debido a su dislexia, le resulta más complicado que a la mayoría de sus colegas.

“La dislexia hace que leer sea muy difícil para mí. Mi ojo y mi boca no son amigos. Y elegí una profesión que se basa completamente en leer. Es una locura. Tenía miedo, estaba nervioso por tener que leer tanto material. Me lleva mucho tiempo. Sabes, leí mis libros grabados. La mayoría de los actores tienen un día o día y medio. A mí me dan 100 horas para leer mi propio libro. Pero lo hice”, comenta, consciente de que los retos lo han acompañado siempre, aunque también las satisfacciones.
“Soñé con ser actor desde que tenía ocho años. Mis padres escaparon de la Alemania nazi, llegaron a Estados Unidos y querían que yo me hiciera cargo del negocio familiar, que compraba y vendía madera. Yo no quería comprar ni vender madera. Realmente quería ser actor. Fui a la universidad porque pensaba que era importante saber todo lo posible para no ser algo pasajero, para no estar solo en un programa y desaparecer. No tenía idea de lo que iba a pasar con el Fonz. Al principio tenía solo seis líneas”, recuerda y añade que siente “orgullo” de todo lo que le ha dado ese personaje.
El actor hace una pausa y recuerda que, el día previo a la conferencia virtual que nos reunió, estuvo en Albuquerque, Nuevo México, donde varias personas se le acercaron durante una Comic-Con para contarle cuánto los había marcado el ‘Fonz’ medio siglo atrás. “Para mí, eso es un honor. Es la mejor forma de decirlo. Me siento profundamente conmovido y agradecido”, afirma.

A sus 80 años, Winkler reflexiona sobre lo reconfortante que resulta mirar cada etapa de su vida con gratitud, una idea que resume en las palabras con las que se despide de la videoconferencia: “Creo que, en general, esa es la razón por la que estudié tanto. Tengo una maestría en la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de Yale, justamente para poder hacer todo lo que se presentara en el camino, para estar preparado para todo lo que me ofrecieran. Cuando miro hacia atrás y veo todas las experiencias que tuve —algunas maravillosas, otras no tanto—, me sorprendo. Pero amo cada una de ellas como si fueran mis nietos, como si fueran mis hijos. No tengo una favorita, porque cada una me hizo avanzar. Y estoy profundamente agradecido de seguir haciéndolo hoy, ahora, en 2026”. //
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