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"La tormenta perfecta", por Renato Cisneros

Crónica del día de agosto en que me convertí en el padre de Julieta

Renato Cisneros

"La tormeta perfecta", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"La tormeta perfecta", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"La tormeta perfecta", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Dicen en la radio que es una bolsa de aire muy cargada que durará tres días”, comentó Demetrio, el taxista que nos llevó el lunes pasado al Clínico San Carlos. El reporte climatológico matutino había informado que, en pleno final del verano europeo, una inusitada tormenta eléctrica acababa de desatarse sobre Madrid. Cuando desocupamos el auto eran las ocho de la mañana pero parecía que estaba a punto de anochecer.

Media hora después ingresamos al área de maternidad, ubicada en el ala norte del quinto piso del hospital. Desde la habitación que nos fue asignada podía oírse el silbido persistente del viento, la violencia con que caía la lluvia, el retumbar de los truenos, el golpe seco del granizo contra árboles y veredas. De tanto en tanto me asomaba a la ventana esperando una mejoría del tiempo (más bien suplicando por ella) pero no había suerte: el cielo era un pantano gris del que seguían precipitándose sapos y culebras. Abajo, en la calle, los transeúntes sin paraguas se refugiaban en cafés y paraderos de bus.

Me asustó pensar que todo ese estruendo podría estar intimidando a Julieta en la tranquilidad del útero, en la antesala de su arribo. Para colmo, Natalia pasó justo ahora a lamentar que su parto no fuera natural, sino una cesárea programada. “Lo normal”, rechistó, “es que los bebés vayan anunciando su llegada con las contracciones, la rotura de fuente, los dolores abdominales; yo no he tenido nada de eso”. Enseguida añadió sollozando: “Julieta no sabe que va a salir dentro de unos minutos”. Tragué saliva al escucharla y le dirigí la mirada a mi suegra, buscando su complicidad, implorándole que cambiara de tema, que contara algo divertido que nos sacara a todos de ese atasco. Su lacrimógeno “ay, mi nieta, mi nieta, pobrecita” terminó por hundirme en el desánimo.

Minutos más tarde acompañé a Natalia hasta la puerta del quirófano. Me quedé de pie, vestido con una bata verde, en la solitaria compañía de botellas de suero, monitores apagados y camillas vacías. No podría reseñar aquí todos los miedos que entonces me invadieron ni las muchas energías que invoqué para amortiguarlos. Las matronas pasaban a mi lado y me dedicaban palabras alentadoras asegurando que todo saldría bien, pero a esas alturas mi mente estaba en otra parte: sentí que caminaba a ciegas sobre una cornisa del hospital, tanteando el vacío, buscando equilibrio en medio de la tormenta furiosa, sin saber si los truenos estallaban fuera o dentro de mí.

De repente la voz de una doctora me sacó de aquel estado hipnótico. “Ven, tu hija ya salió”. La mujer me llevó de la mano por el corredor como quien arrastra una cometa rota por el pasto. Cruzamos una, dos, tres puertas e ingresamos a una sala donde, a lo lejos, sobre una manta blanca, debajo de una lámpara cuya luz amarilla me pareció demasiado potente, divisé un bulto rosado que tiritaba. Conforme fui acercándome a la criatura sus facciones iban haciéndose más nítidas hasta componer un rostro hermoso que no he podido olvidar. La niña abría la boca llenando sus pulmones de oxígeno por primera vez y movía los brazos por reflejo, como si hubiera estado nadando por meses en un océano muy tibio. Todo en ella era frágil, puro, primitivo. Blando de piernas, vacío de sentido común, apenas atiné a enganchar un dedo en su mano y a saludarla por su nombre. Julieta replegó los párpados para mostrar sus pupilas de acero, contrajo la piel traslúcida de la frente y fue separando los labios poco a poco hasta que del fondo de su garganta surgió un berrido que era de triunfo, no de protesta; de celebración, no de temor; de principio, no de final. En ese momento entendí que defenderla era tal vez mi única misión en esta vida. Capté que para eso debían servir las uñas y los dientes. Afuera, las lluvias por fin habían cesado. El reino del verano volvía a instalarse entre nosotros. 

Esta columna fue publicada el 2 de setiembre del 2017 en la revista Somos.

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