Por Jorge Chávez Noriega

Una semana antes del 30 de agosto, las filas para ingresar al Convento de Santa Rosa de Lima, en el Centro Histórico, ya ocupan todo el patio y alcanzan el pórtico de este templo de la fe, construido por la Orden de los Dominicos en 1669. La mayoría de visitantes son escolares que proceden de distintos puntos de la capital: Breña, Comas, San Juan de Lurigancho. Todos llegan con una carta bajo el brazo y la ilusión de que la primera santa de América les conceda un deseo.

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