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"La vida después de Paolo Guerrero", por Julio Hevia

Un resultado analítico adverso no ha impedido las reacciones solidarias en medio del desconcierto por la sanción a Paolo Guerrero. El ‘recurseo’ emocional del peruano lo provee de estrategias para seguir creyendo en el resto del equipo, habiendo llegado tan lejos

Paolo Guerrero

En una vereda del Centro de Lima, niños dibujan con tizas al capitán Guerrero. (Foto: Alonso Chero)

En una vereda del Centro de Lima, niños dibujan con tizas al capitán Guerrero. (Foto: Alonso Chero)

En nuestro país el maleteo ha sido un ejercicio consuetudinario. La vigencia de ciertas prácticas –como el relativamente reciente ninguneo y el más legendario y aún vigente raje– da cuenta de continuas tentaciones chismográficas, vale decir, consumadas a espaldas del afectado. Es así que sabemos ponernos, no obstante, en el lugar del más afectado, del denominado chivo expiatorio, a condición, claro está, de que este se haya visto públicamente denostado, de que resulte material de un total y unánime descrédito, de que su resbalón en el mundo de la deshonra y de las decisiones turbias emerja como indefendible. Es en esos contextos donde hasta el más vil encuentra abanderados que entiendan y comprendan sus razones, sectores dispuestos a esclarecer los motivos que nadie supo ni quizo interpretar. 

ENEMIGO EN COMÚN
Hay quien ha dicho –lo vi publicado en Facebook– que no hay nada más peruano que la situación del doping que hoy pesa sobre nuestro estandarte futbolero, Paolo Guerrero, depredador oficial de la blanquirroja y capitán indiscutible del equipo peruano. Típico imponderable en nuestro dramático devenir: es lo que sostenía el argumento original que acá invocamos. Habría que advertir que quizá la validez de la analogía tenga que ver con que, de un modo u otro, hay que comerse ese bocado, hay que tragarse ese problema, hay que digerirlo sí o sí.  

Un principio del funcionamiento grupal indica que no hay mejor activador ni más adecuado pretexto para la cohesión social que la emergencia de un enemigo común, de un adversario en el frente. Aunque no se trata de un descubrimiento hecho en el Perú, acá podríamos validar tal lógica de mil maneras. Las amenazas externas despiertan amores dormidos. Así pues, que acá pasemos las de Caín no implica olvidar el afán de ganarle a Goliat, de obnubilarle la visión y querer celebrar las hazañas que, al borde de lo imposible, le corresponden a David. Daniel Titinger ha recordado que Dios es peruano. Habría que agregar que David también lo es, máxime hoy en que, contra todo pronóstico Paolo Guerrero y la selección han merecido el insospechado respaldo de todo el país. Consideremos a las excepciones, simples decepciones.

Lea la nota completa de Julio Hevia este sábado en la edición impresa de la revista Somos

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