"Un programa de prevención de COVID-19 que no tenga un sólido componente de identificación de casos y contactos no está completo". Escribe Elmer Huerta. (Photo by Luis ROBAYO / AFP)
"Un programa de prevención de COVID-19 que no tenga un sólido componente de identificación de casos y contactos no está completo". Escribe Elmer Huerta. (Photo by Luis ROBAYO / AFP)
Elmer Huerta

Oncólogo y especialista en Salud Pública. Colaborador.

ehuertadr@comercio.com.pe

A unos cinco meses de declarada la pandemia, y ante la ausencia de un medicamento que impida la infección o el avance del SARS-CoV-2, la principal arma que tiene la humanidad para luchar contra este patógeno es la prevención. En ese sentido, el uso de mascarillas al estar en público, el mantener una distancia de por lo menos dos metros con otras personas y el lavado de manos han tomado –con toda razón– la atención plena del público y las autoridades.

El punto es que, cuando se habla de prevención, no se ha hecho suficiente énfasis en la cuarta pata de la mesa de esa importante disciplina: la identificación de un caso positivo y de las personas con las que tuvo contacto, así como el aislamiento de cada individuo infectado dentro de esa cadena de interacción social.

Tan importante como las acciones básicas para reducir el riesgo de infección (mascarillas, distancia social e higiene), es que el sistema de salud pública impida esos contagios. Y la mejor manera de lograrlo es planeando y ejecutando un programa de identificación de casos positivos y de sus contactos; de este modo, al aislarlos, se impide la transmisión. En otras palabras, son necesarios dos frentes: la prevención en el ámbito del individuo y en el del sistema de salud.

En una prepublicación de la revista “Enfermedades infecciosas emergentes”, editada por los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades de EE.UU. (CDC), se describe el sistema de identificación de casos y de contactos en Corea del Sur.

El reporte describe el riguroso programa de identificación de casos y de contactos en los primeros 5.706 casos de COVID-19 diagnosticados entre el 20 de enero y el 27 de marzo. En la actualidad, este país asiático, con más de 51 millones de habitantes, tiene solo 13.745 infecciones.

El sistema nacional de identificación de casos y de contactos surcoreano no solo usó el viejo método de epidemiología de gastar los zapatos visitando la casa de cada persona afectada, sino también se ayudó de modernas tecnologías, tales como el rastreo de contactos mediante el análisis y la vinculación de grandes bases de datos (GPS, transacciones con tarjetas de crédito y circuito cerrado de televisión). Sus hallazgos guiaron en gran medida la política basada en evidencia del gobierno para mitigar la pandemia.

El sistema de salud pública de Corea del Sur, que tiene como base el Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Corea del Sur (KCDC), posee 17 sedes en gobiernos regionales y 254 centros locales de salud pública; es decir, aproximadamente 15 centros locales de salud por región. En un modelo similar, el Perú, con 24 regiones, debería tener 360 de estos centros.

De acuerdo con el reporte, todos los casos de SARS-CoV-2 en Corea del Sur posteriores al primero que registraron –dado a conocer el pasado 20 de enero– tuvieron una prueba molecular cuyos resultados fueron enviados al KCDC.

Cada caso nuevo de infección fue denominado un caso índice, y las personas con las que tuvieron contacto los afectados fueron divididas en dos grupos: las de alto riesgo, que incluyeron a individuos dentro de la casa, y las de bajo riesgo; es decir, aquellas interacciones sociales fuera del hogar.

A todos los contactos de alto riesgo, sintomáticos o asintomáticos, se les hizo una prueba molecular. En el grupo de bajo riesgo se llevó a cabo la misma evaluación, pero solo en aquellos con síntomas; los asintomáticos tuvieron que ponerse en cuarentena por 14 días, con supervisión por inspectores de salud pública dos veces al día.

En total, el programa monitoreó –por un promedio de 10 días– 5.706 casos índice y a todos y cada uno de sus 59.073 contactos. A pesar de que solo el 18% de las personas con las que interactuaron estuvo dentro de la casa, un mayor y significativo número de contagios de COVID-19 se produjo en el hogar que fuera de este (12% versus 2%). En otras palabras, el mayor número de transmisiones se produce (quizás por el mayor tiempo que se está sin protección) cuando el caso índice se encuentra dentro de la casa.

Otro hallazgo significante, sobre todo para la peliaguda decisión de abrir las escuelas, es que –a diferencia de otros estudios– este análisis demuestra que los niños menores de 10 años, a pesar de tener un 50% menor probabilidad de contagiar que los adultos, podrían transmitir el virus a sus familiares dentro de casa cuando se abran los centros de educación y tengan más oportunidad de infectarse. Los niños mayores de 10 años poseen la misma probabilidad de contagio, dentro de la casa, que un adulto.

–Corolario–

Sin duda, un programa de prevención de COVID-19 que no tenga un sólido componente de identificación de casos y contactos no está completo. Este estudio demuestra que el conocimiento que se adquiere examinando a esos grupos es muy importante para guiar las políticas de salud pública, sobre todo, en el campo de la prevención.

Obviamente, los programas de identificación de casos y contactos deben adaptarse a la realidad de cada país. No todos tienen el desarrollo tecnológico para vincular grandes bases de datos, pero sí pueden tener trabajadores contratados para hacer el seguimiento a la vieja usanza. No en vano el símbolo de la epidemiología de campo es un zapato con un hueco en la suela.